Opinión Editorial
Milo J, Gabriel y el abandono
Publicación:05-06-2026
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Yo había creído que acompañaba a mi hijo a su concierto. Pero era él quien me había llevado hasta ese encuentro con mi padre
Entonces ahí estaba. Enredado en la complicidad de un imberbe de 19 años que desde el escenario dictaba el pulso de la noche, y con mi hijo Gabriel, de 14, quien me había llevado. Así terminaba el día en que el almanaque me marcaba los 56 años. El destino, con su ironía perfecta, nos había citado en el concierto de Milo J, el muchacho de Morón, Argentina, que parece llevar un siglo en la garganta.
A mi lado, la estampa de la pureza: una niña y un niño de escasos siete u ocho años, vistiendo la camiseta albiceleste con el 10 en la espalda. A sus flancos, papá y mamá compartían el mismo ritmo. La familia entera escuchaba, cantaba y bailaba, fundida en esa marea de miles de adolescentes encantados por la magia y la poesía de unas canciones que viajan sin pasaporte entre el trap, el rap, el pop, las baladas y esos toques nostálgicos del folclore argentino.
Comenzó el ritual. No fue un concierto ordinario; la voz de Milo J entró al recinto con la gravedad de un rezo, una letanía de alabanzas donde la música no solo agitaba los cuerpos con saltos y danzas, sino que sacudía el alma, esa corteza que a veces se nos olvida que llevamos dentro. A mí, en lo particular, esa marea me arrastró hacia atrás, hacia mi primera luz, recorriendo en un segundo el inventario de mis 56 años.
Al mirar a Gabriel, envuelto en el trance de su generación, cantando con el pecho abierto y saltando en una comunión que parecía congregar a almas viejas atrapadas en cuerpos nuevos, entendí el peso de sus letras. Los muchachos coreaban con una madurez casi dolorosa: "Hoy recordé cuando moría, pero creo que era en otra vida" o "Hoy me voy al sol porque Dios me llamó para el downtown".
En un instante suspendido, busqué los ojos de Gabriel. Pero el espejo del tiempo hizo un truco de magia: no lo vi a él, me vi a mí. Me vi reflejado en su alma, en su asombro. Justo cuando el cuerpo cedía al cansancio de los saltos, cayó la calma sobre el escenario, el aire se volvió denso y tierno, y llegó el abrazo de la música.
Entonces, casi al final del concierto, un susurro se coló entre los acordes. No era la voz de Milo, o quizás sí, pero traía el eco de Don Roberto, el abuelo que Gabriel nunca conoció. Mi padre venía a felicitarme. Pero en ese microsegundo de iluminación, yo ya no tenía 56 años; volví a tener 9, la edad exacta en la que él se marchó para siempre, en silencio, sin una despedida.
La voz del argentino se transformó en una canción de cuna, un puente místico entre el más allá y mi vejez prematura, traduciendo lo que mi padre, con su ausencia de casi medio siglo, venía a susurrarme al oído: "Niño, apoyate en mis recuerdos, intentá dormir en paz/ Siento el peso en tu conciencia por el llanto de mamá/ Vi que el miedo al abandono no te deja respirar/ Siento el nudo de tu panza cuando te hablan de papá/ Niño, haz las paces con la vida, La nostalgia de tu antes no te deja caminar/ ¿Quién mató tu sonrisita de ilusión y de bondad? Sé que te querés dormir pa' no volver a despertar/ Hijo, me robaron tus ojitos, los momentos que perdí/ Pedí tiempo a mi destino, y dijo: Hoy te toca a ti, Sé que, un día, serás grande, sé que, un día, entenderás/ Los consejos de tu viejo, estoy descansando en paz."
La música cesó gradualmente y la realidad me devolvió al adulto, al padre, al presente. Sentí el calor del abrazo de Gabriel, me miró con una sonrisa y me dijo al oído: —Gracias, papá, por traerme a este concierto... aunque fuera tu cumpleaños.. En ese momento entendí algo. Yo había creído que acompañaba a mi hijo a su concierto. Pero era él quien me había llevado hasta ese encuentro con mi padre, con el niño que fui y con una herida que, por una noche, la música logró abrazar.
« José Luis Galván Hernández »



