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Opinión Columna


Miedo e indignación


Publicación:23-01-2019
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Hoy, somos grandes y tenemos miedo, precisamente porque el miedo se ha convertido en un valor, en una posición ante la vida

Miedo e indignación, dos afectos terribles. El primero constriñe y reduce, hace que alguien se pliegue sobre sí mismo/a, renunciando a la participación, bajo la idea de estar más seguro; el segundo, divide en puros e impuros, a partir de una interpretación moralista, dando una base interpretativa para -inclusive en algunos casos- operar una violencia aún mayor sobre el otro, bajo principios considerados categóricos.


Cuándo éramos niños, los adultos nos decían: “cuando seas grande no vas a tener miedo”. Hoy, somos grandes y tenemos miedo, precisamente porque el miedo se ha convertido en un valor, en una posición ante la vida, en un medio de control social, político y de mercado.


El miedo al tocar lo más fundamental de la existencia, como es la seguridad -eso que se requiere en cierta medida para poder hacer las cosas que hacemos todos los días, haciendo la vida vivible, digna de ser vivida- hace que nos repleguemos sobre nosotros mismos, rompiendo el lazo social y la cooperación, el otro se vuelve permanentemente en sospechoso, haciendo que cada quien se vuelva egoísta, bajo la premisa de, primero lo mío, después lo mío y al último lo mío, “Primero mis dientes y luego mis parientes”. Por ello no es raro que sea el miedo, junto a la seguridad/inseguridad, el recurso más explotado por el mercado, ya que al generar una dosis mayor de miedo se eleva el consumo, instalándose un circuito interminable de “A mayor miedo-mayor dosis de ese producto (que te dijimos) requieres para sentirse nuevamente seguro”. Y como eso nunca se logra, el circuito es interminable.


El miedo cancela la posibilidad del deseo y la creatividad, pues al ser el miedo, restrictivo y reasegurador, hace creer que es mejor no “moverle”, no hacer nada, para poder estar así seguros (mejor no hablo, no voy, no digo…) presos de una burocracia infinita, que aunque mala, se cree estable, “Prefiero que nos sigan robando, pero que haya gasolina a que haya desabasto y tener miedo” –oí a alguien decir el día de ayer. Por lo tanto el deseo se ve exclusivamente como un riesgo innecesario, un movimiento que lo mismo dará vida, pero también dolores de cabeza a un gran costo, pues se puede perder la seguridad; el temeroso cree que es mejor estar aburrido pero seguro, a tener pasión por algo, pues ello es muy riesgoso. Y claro, cada decisión implica una apuesta, un riesgo, una exploración.


La indignación es igualmente terrible, pues nos convierte en moralistas, jueces de los demás. El indignado se indigna por los demás, nunca por sí mismo/a, sino por lo que los demás hacen y dicen. Considera su propio comportamiento, si no intachable, al menos justificable en cada detalle que los demás encontrarían inaceptable. Dureza con los demás, flexibilidad ante lo propio. A menudo quien juzga exclama que a él o a ella solo Dios puede juzgarle, a manera de consuelo y justificación. Como si dijera, solo entre Dioses nos juzgamos.


La indignación hace que cada indignado se convierta en un portavoz de la moral y juez experto, alguien que posee respuesta para todo; es un discurso perverso, que sostiene que las leyes y disposiciones morales son para los demás, no para sí mismo/a, son los otros quienes deben seguir esos lineamientos, no ellos, pues ellos tienen “fuero” para hacer y deshacer, son tan buenos, sea porque algún punto de su vida les da valor, una “carta blanca” para hacer lo que les plazca, como el sacrificio o el sufrimiento que han vivido; se ven a sí mismos/as como paladines de la justicia, seres necesarios que realmente saben lo que es ser un ser humano, un ciudadano modelo.


Perpetuar la indignación sobre el otro, buscar a cada momento un objeto de indignación les permite imaginariamente tomar distancia de eso extraño insoportable de sí mismos, colocándolo en otros, en el vecino, aquel otro exterior relacionado con algún punto íntimo, que no se desea ver ni asumir como también constitutivo de lo propio.


camilormz@gmail.com



« Redacción »
Camilo Ramírez Garza


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