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Opinión Editorial


Los efímeros derechos humanos


Publicación:04-05-2022
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Es hermosa la premisa fundamental de que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y que tienen derecho a la vida, la libertad y la seguridad

Hablando de derechos humanos, hace unos días durante una interesante sesión de trabajo del Diplomado en Capitalismo Social del Centro Eugenio Garza Sada, Armando E. abrió la polémica sobre si dichos derechos eran anhelos o premios de consolación. Así es, más allá del argumento del tiempo o lugar ideal para aprender de ellos, en ocasiones parecen más un piso de partida o un justo mínimo que una meta a la cual los humanos tienen derecho a aspirar. Para dimensionar dicho argumento, habría que remontarnos a su origen.

Pocos años después de haber concluido la segunda guerra mundial, en 1948, la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas, bajo la presidencia de Eleanor Roosevelt, inauguró la Declaración Universal de Derechos Humanos (DUDH). El haber llegado ahí fue una tarea titánica ya que el proceso fue como la Torre de Babel donde los diplomáticos no hablaban el mismo idioma, no tenían la misma religión ni compartían principios axiológicos. De hecho, a falta de consenso entre los asistentes, en ese momento no se pudo firmar como un tratado internacional vinculante sino solo una declaración. Afortunadamente, hoy en día no solo son tratados internacionales vinculantes, están consagrados en las leyes de casi todos los países, son superiores a cualquier tipo de ordenamiento jurídico y son indivisibles, inalienables, universales e inherentes a la condición humana, independientemente de distingos.  De hecho, actualmente la violación de los DH se considera un delito, no prescribe y debe ser mundialmente perseguido.

Hilando fino, la piedra angular de la DUDH descansa en las distintas concepciones de la “dignidad humana” y en forma marcada en las enseñanzas escolásticas de Santo Tomás de Aquino. El teólogo y filósofo italiano del siglo XIII, sostiene que todas las leyes positivas y racionales se derivan de la ley natural. Ahora bien, el fraile católico define a la ley natural como la participación del ser humano en un proyecto o voluntad de Dios inscrito en el corazón del hombre con miras a lo eterno. Tomando esto como base, parece que en efecto la redacción o interpretación de la DUDH pudo haber sido más empírea.

Es hermosa la premisa fundamental de que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y que tienen derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad. Sin embargo, la dignidad humana y sus derechos están siendo cuestionados, banalizados e incluso legalmente pisoteados, pero sobre todo limitados, acotados y minimizados. Veamos, hablando del derecho a la vida, solo en 2021 fueron registrados 42.3 millones de abortos, casi diez veces más que los fenecidos por COVID-19. Sostengo que la vida es sagrada y su dignidad irreductible. Sobre ello, San Juan Pablo II subraya que: “Matar a inocentes es una ofensa contra Él y contra la dignidad humana”. Y el Papa Francisco previene que: “No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana”. No por nada advertía Ángela Merkel que: “Cuando se trata de dignidad humana, no podemos hacer concesiones”. 

En cuanto a libertad, y sin hacer juicios, el Departamento de Justicia de EUA estima que hay aproximadamente 10.35 millones de personas en las cárceles. Con respecto a vivir en paz y seguros, solo en el año 2018 se calcula que globalmente había 52 conflictos activos en 36 países. De modo tal que francamente no se respeta la vida, ni la libertad y tampoco hay condiciones de seguridad para los moradores terrenales.

Pero volviendo a la idea germinal, la dignidad humana invita a soñar con derechos humanos elevados, a aspirar a vivirlos dignamente y a anhelar lo eterno. ¿Por qué no pregonar que más allá del derecho a la vida, todo bebé tiene derecho a una familia con un padre responsable y a una madre amorosa? Sería bueno especificar que todo bebé tiene derecho a un hogar y una familia donde se le inculquen valores y principios y se le enseñe; ¿quién es?, ¿de dónde viene? y ¿a dónde va? ¿Por qué no anunciar que toda persona tiene derecho no solo a esta vida pasajera, sino también a la vida en la patria definitiva?

En cuanto a libertad, esta no se limita solo al tránsito, al encarcelamiento, a la esclavitud, a la prohibición o al sometimiento. Por supuesto que todo lo anterior es un derecho, pero no deja de ser un punto de arranque. Si queremos contemplar el derecho a la libertad, precisa una mirada de largo plazo. ¿Por qué no decirle a toda persona que tiene el libre albedrío de aspirar a una vida plena en esta vida y la siguiente? En consonancia con la nobleza de su dignidad, ¿por qué no exhortarlos a volar libremente tan alto como las águilas y no limitarse a hacerlo como aves de corral?

Con respecto a las jóvenes que sienten temor, más allá del exigir poder caminar libres y sin miedo por la calle, también hay que repetirles que pueden reclamar su derecho a ser cuidadas, respetadas y apoyadas por la sociedad en su conjunto. Y a los varones que piensan en su libre determinación, también hay que recordarles el derecho a la hidalguía de tratar a las damas con respeto, el honor de acompañarlas, la nobleza de ensalzarlas y la honra en la caballerosidad. Tocante a ello, habrá que recordar las hermosas palabras de San Juan Pablo II: “Cristo asigna como tarea a cada hombre la dignidad de cada mujer (y viceversa)”. 

Insisto en que los derechos enarbolados por DUDH se han quedado cortos al ver la excelsa dignidad del ser humano por su relación filial con el Creador. Hago votos para que la humanidad conozca que el derecho a la vida, la libertad y la seguridad emanan de la dignidad humana y que esta última alcanza su plenitud en la fe, la esperanza y la orgánicamente obligada caridad. Después de todo, la esperanza de una vida eterna es consecuencia de las obras de caridad realizadas libremente con el compás moral de la fe. 



« Eugenio José Reyes Guzmán »
Eugenio José Reyes Guzmán

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