Opinión Editorial


Juan Francisco Salazar


Publicación:31-07-2020

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La pandemia del coronavirus ya nos llegó de la forma más inesperada, incróspida e increíble, y nos ha privado del privilegio de la amistad, más bien fraternidad

La pandemia del coronavirus ya nos llegó de la forma más inesperada, incróspida e increíble, y nos ha privado del privilegio de la amistad, más bien fraternidad, de un ser querido, que en su segundo apellido llevaba su definición: Leal. Así es, Juan Francisco Salazar Leal nos fue arrebatado por ese mal casi apocalíptico, producto de la naturaleza o de lesa humanidad, al rato se sabrá su verdadero origen. 

Juan Pancho, le decían todos, Juanito le decía yo, porque así le decían en su familia en la que él siempre me consideró. Hijo único varón, tenía puras hermanas, Nelly, entre otras, tan agradables como él, tan sinceras, tan norteñas, como nosotros. 

Conocí a Juanito cuando yo estaba en el célebre periódico Más Noticias, con compañeros de generación como David Casas, Raymundo Hernández, Cresencio Cuevas, Angel Quintanilla, y periodistas señeros y señores como Daniel Dimas, Facundo Ríos, Hugo Martínez, Guillermo Contla, Gerardo Castro, Félix Ramos, de quienes aprendí la magia y la tramoya del periodismo. Juanito llegó al periódico en busca de una oportunidad. Estaba en sexto semestre de la facultad de comunicación. 

      Lo recuerdo: grande como un huizache, robusto como rey godo gordo, vestido con una camiseta celeste y naranja con el número 4 de algún equipo de futbol americano. Eso parecía, un jugador de ese deporte gringo. Parecía un ser joven dedicado a otro menester menos al periodismo. Muy bien –le dije en mi carácter de encargado de la sección culturales, sociales y espectáculos, que así se llamaba antes –viene a hacer el trabajo social. No –me dijo– iba pasando por aquí y me animé a pedir trabajo para ir aprendiendo, vivo aquí cerca. Comprendí entonces que estaba en el nacimiento de un verdadero periodista.      

De risa resultó entonces encomendarle a Juan Francisco la cobertura de quinceañeras, los clubs sociales (de la rosa, del clavel), las meriendas de las señoras de alta sociedad; llegaba con su estampa de leñador de Canadá a tomar nota del té canasta. Yo me reía, pero de mí mismo, porque yo hacía lo mismo. Amigable como era, al rato era amigo de todos en la redacción. Con un gran defecto: no tomaba. O tomaba poco. Era un contraste porque el Más Noticas navegaba en un mar de alcohol. Por eso era un gran periódico. Todos los días les ganábamos notas a los competidores.  

Nuestra amistad creció. Casi todos los días, cuando los eventos o las noticias imprevistas lo permitían, me invitaba a comer a su casa, en la calle artista, la privada Conchita. Ahí conocí a su mamá tan maravillosa como la comida que hacía. Y a su papá, tan platicador. Y a sus hermanas, Juan Pancho sólo tenía hermanas. Por eso procuró siempre tener amigos. Vivía en el cuarto de servicio arriba de su casa. Y ahí nos encerrábamos a leer y a platicar. 

Después, se graduó, ahí estuve. Después ingresó a El Diario de Monterrey, del cual llegó a ser director, bajo la batuta de Jorge Villegas. Y me llevó. El día del terremoto del 85 Juan Pancho fue a México a una convención del periódico El Día, del cual era corresponsal. Yo estaba allá, con su permiso, para asistir al primer aniversario de La Jornada, periódico del que yo era corresponsal. Habíamos quedado de vernos allá para estar unos días más. Pero a última hora decidí regresarme. Cuando llegué a Monterey, al otro día en la mañana, me enteré del terremoto. Y corrí hacia El Diario donde todo era confusión y angustia. Juanito vivió. Luego después de muchos años se colocó en la jefatura de comunicación del IMSS regional, institución a la que entregó su vida.  



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