Opinión Columna


Galería amorosa


Publicación:01-05-2019
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El milagro del amor –si podemos decirlo así, incluso en términos laicos- es el de experimentar lo insustituible de quien amamos

Es imposible explicar el amor, así como el por qué se ama a tal o cual persona; describirlo en todos sus detalles, ya que el amor porta siempre un imposible de definir. No obstante, seguimos hablando, escribiendo, cantando al amor. El amor da de que hablar.


Existen diversos supuestos retratos del amor, formas que se suponen equivalentes al amor, pero que en algún punto quedan desenfocadas, forzadas; son respuestas genéricas que intentan tapar lo real del amor: su carácter contingente en tanto encuentro y sorpresa.


Uno de ello es el de considerar al amor como si fuera una mercancía a elegir, algo que se puede adquirir como se compra un objeto en la tienda; destinado a ser reemplazado por un modelo más reciente. Bajo esta lógica el otro es reducido a un accesorio, que de perder su brillo, es desechado o intercambiado; la idealización del amor porta consigo ya su necesaria frustración, la precipita.


Otra forma de retrato “amoroso” consiste en separar defensivamente el deseo de la ternura, dos vías –que pueden confluir o no en una misma persona- que alguien puede considerar peligrosas al mezclarse, llevándole a plantearse mantener una distancia-protección, deseo-sexual sin ternura o ternura sin deseo-sexual, sin posibilidad alguna de síntesis. De esa forma se alzan los enamoradizos en serie, poetas tiernos que ven en el auto-sacrificio de su deseo sexual un motivo de orgullo y protección ante el supuesto mal del deseo-sexual, “¡no somos como esos que solo desean revolcarse!” mientras que otros, anverso moralistas del primero, igualmente temerosos del amor por su costado tierno, declaran su libertad de cama en cama, orgullosos de vivir relaciones puro sexo sin amor como bandera, para ellos una relación es en parte sinónimo de prisión, de pérdida de libertad y de potencia, una camisa de fuerza de la cual –a pesar de haberlo ellos/as mismos/as elegido- desean ser liberados.


El retrato amoroso del/la escapista que solo desea ser admorado/a –por llamarlo de alguna manera- consiste en buscar convertirse en una persona necesaria para alguien, seducirle, que alguien les extrañe, les desee en su vida, para una vez conseguido esto, desaparecer; desear ser “oxigeno” vital para el otro (que le admiren, que le quieran, que le deseen…) pero para no responderle, para mantenerse en la distancia-idealizada, “Oh aquel amor que no fue…”
El retrato amoroso del/la busca culpables: establecer una relación con alguien bajo la sola lógica de convertir al otro en el deudor/a de la felicidad tan deseada; en esta forma de relación el otro, la pareja, es colocada en el lugar de quien debe hacer feliz, y como eso nunca lo logra, deviene entonces en el/la causante de todo mal. El sacrificio, la queja y el reclamo son sus formas de diálogo y explicación del por qué las cosas no andan bien en la relación, incluso en la vida: “De no ser por él/ella, mi vida sería…” Haciendo del lamento eterno (¡Yo que tanto le do! ¡Sacrifiqué mi vida por ella/él) la forma de respuesta ante las contingencias y riesgos que tiene la vida. Entre muchos otros más…


¿Qué tienen en común estos retratos amorosos? El intento de programación, la planeación, el cálculo sobre el amor y sobre otro, lo que supuestamente se espera-exige de él, como de una forma de protegerse de lo inconmensurable de la vida, lo no calculado. Pues la contingencia y la sorpresa se aprecian angustiantes; ¿Y qué tal si no controlo lo que siento, lo que tenemos, y entonces estoy dependiente de…?


Amar implica por un lado vivir algo que nos trasciende: no está en nuestro poder decidir de quién o cuándo enamorarnos; como tampoco controlar el qué sucederá en caso de confrontarnos con el ejercicio de la libertad del otro, ¿Y qué tal si no me corresponde? ¿Qué tal si no siente lo mismo? ¿Qué tal si se acaba el amor? ¿Qué tal si esto que hoy tenemos, se esfuma? ¿Qué tal si lo que tenemos crece? ¿Qué tal si me dicen que si?


El milagro del amor –si podemos decirlo así, incluso en términos laicos- es el de experimentar lo insustituible de quien amamos: no sabemos cómo y por qué, pero no podemos simplemente prescindir de él o ella; algo nos trasciende, da un sentido y fundamento a la existencia; que más que querer ser amados (satisfechos) por el otro, deseamos amarle, compartir la vida con. Advirtiendo que al mismo tiempo, toda forma o intento de control, marchita la inercia del amor mismo, el encuentro, la creación que lo crea y recrea una y otra vez, pues no existe, ni es fijo, sino es, siendo, andando, amplificando.


camilormz@gmail.com

 



« Redacción »
Camilo Ramírez Garza


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