Opinión Editorial


El gemir de la tierra ignota


Publicación:16-12-2020
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A la humanidad le han sacado tarjeta roja

Supuestamente ya no existe en el mundo algún territorio considerado como terra ignota, o tierra que aún no haya sido descubierta por el hombre.  En sentido estricto, pudiera aún haber algunos microcosmos inexplorados, entre otros, en la Selva Lacandona de México o en la Amazonia Yanomami colombiana, venezolana o boliviana.  El hecho es que el ser humano encuentra y exige cada vez más a lo que el Papa Francisco llama en su encíclica Laudato Si, la casa común. La hermana tierra “gime y sufre los dolores del parto” por el daño provocado por el uso y abuso irresponsable de los bienes que Dios ha puesto en ella al servicio del hombre, pero también a su cuidado.  A la humanidad le han sacado tarjeta roja y le advierten que, de continuar con su tala indiscriminada, los bosques pluviales podrían desaparecer en menos cien años.

Según una publicación de septiembre de la revista National Geografic, los bosques aún cubren el 30% del planeta tierra, pero áreas del tamaño de Panamá se pierden indefectiblemente cada año.  Más allá del daño provocado por leñadores furtivos y el crecimiento urbano, el inductor subyacente para despejar hectáreas de terreno arbolado es la agricultura.  La deforestación, a través de tala y fuego denominado “agricultura de roza y quema”, es una práctica común que destruye el hábitat natural del setenta por ciento de los animales y plantas que aún existen.

La deforestación también contribuye al cambio climático al ser los árboles quienes perpetúan el ciclo hidrológico devolviendo el vapor del agua a la atmosfera. Igualmente, la arboleda en los bosques absorbe los gases de efecto invernadero en la atmósfera y revierte el calentamiento global.

Debido al incremento de la temperatura planetaria, se espera una elevación de 1.5 metros en el nivel de los mares, provocando que para el año 2100, dentro de 79 años, ciudades como Tokio, Los Ángeles, Londres, Miami y Shanghái, entre otras, queden sepultadas bajo el agua. Más aún, peligrosamente el 40% de la población mundial vive a menos de 100 millas de las costas marítimas.  El tema es que no habría que esperar tanto tiempo debido a que, por cada centímetro de incremento del nivel del mar, un millón de personas tendrían que desplazarse de sus hogares, siendo el preludio de una muerte anunciada. Caray, esto explica el urgente llamado del Papa Francisco a cuidar del planeta.

Otra consecuencia de la deforestación es el crecimiento de enfermedades como el Ébola, Malaria, Sika, SIDA y ahora, el COVID-19.  Un ejemplo fue la quema en 1997, de una zona de trópico húmedo del tamaño del estado de Pensilvania en Indonesia. En ese territorio de escasa oscilación térmica, pululaban árboles frutales y millones de murciélagos que se alimentaban de ellos.  A falta de frutas, dichos murciélagos se vieron obligados a cambiar su dieta ingiriendo otros frutos producidos en zonas urbanas. Poco tiempo después, los cerdos que se alimentaban de los frutos mordisqueados por los quirópteros, comenzaron a enfermar.  De igual forma, el mismo patógeno, posteriormente nombrado virus de Nipah, infectó a los humanos provocando una severa inflamación del cerebro y la muerte de miles de personas en el Sudeste Asiático.  Claro, nada de ello hubiese ocurrido en forma orgánica si esos atemorizantes mamíferos voladores hubieran permanecido en su hábitat natural.  

Es un juego de números, entre más deforeste el humano, mayor la probabilidad de enfermedades infeccionas desconocidas, de nuevos patógenos y del surgimiento de pandemias. Más de la mitad de la deforestación mundial se debe a cuatro mercancías: soya, ganado, aceite de palma y productos maderables. Según el especialista en zoonosis de la Universidad de Stanford, Erin Mordecai, por cada 10% de incremento en deforestación amazónica, aumenta un 3% el contagio por malaria. Más aún, se estima que un 60% de las nuevas pandemias, se originaron en animales que viven en el bosque. La lista de portadores es enorme, desde piojos en venados, sanguijuelas, pangolines, gusanos, ratones, murciélagos y primates. Uy, aunque no nos guste, existe un cúmulo de pandemias potenciales esperando pacientemente en lo más íntimo de la boscosa terra ignota, aguardando ser liberadas por el mayor depredador, el homo sapiens.

A pesar de lo anterior, hay señales de que el ser humano está haciendo una tímida, pero positiva introspección para buscar soluciones.  Los países más desarrollados están planteando un cambio acelerado hacia energías renovables.  Europa, comprometida con el medio ambiente, contempla una inversión superior a los USD$1.2 billones, mayor a la economía de México.  En EE.UU., si el partido del presidente electo gana el control en el senado, tiene altas posibilidades de invertir otros USD$2 billones en reducir las emisiones de carbón para el año 2050.  China, por su parte, tiene el parque solar más grande del mundo, capaz de generar varias veces el consumo energético del Reino Unido. 

Que ironía, el mismo Coronavirus, presuntamente implicado con la deforestación, ha provocado una renovada estrategia global que considera el cambio climático, el uso de energías limpias y el cuidado al medio ambiente, procurando una deseada reducción en las emisiones de carbón y de la deforestación.  

En definitiva, por nuestro propio bien, es prudente considerar la invitación del Papa Francisco a cuidar de nuestra oprimida y devastada tierra ignota, recordándonos que nosotros mismos somos polvo, que nuestro cuerpo está constituido 60% por agua y que el mismo aire nos da el aliento para vivir. 



« Eugenio José Reyes Guzmán »