Opinión Editorial
Apuntes sobre el 9-11 israelí
Publicación:11-10-2023
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Nunca desde 1948, año de su fundación, había sufrido Israel un ataque tan descarado y sangriento dentro de sus propias fronteras
Nunca desde 1948, año de su fundación, había sufrido Israel un ataque tan descarado y sangriento dentro de sus propias fronteras. Si bien hoy no lucha como entonces por su supervivencia, tiene ecos de la guerra de Yom Kippur de 1973, cuando Egipto y Siria tomaron por sorpresa a Israel durante el día más sagrado del judaísmo, al liderar una ofensiva árabe. Es poco probable que sea una mera coincidencia el que Hamás lanzara su ataque terrorista un día después del 50º aniversario de esa guerra. Este trauma nacional complica gravemente las opciones del primer ministro Benjamín Netanyahu, quien dice que su país enfrenta una "guerra larga y difícil". El ataque en suelo israelí, y la manera en la cual los generalmente impecables —e implacables— servicios de inteligencia israelíes no lo han detectado y prevenido, ha hecho que todo el paradigma de seguridad del país se haya hecho añicos de una manera en la cual ni siquiera 1973 lo hizo. Y esto tendrá repercusiones geopolíticas, diplomáticas, políticas, de seguridad y militares durante años —si no es que décadas— por venir en Oriente Medio.
Es probable que una confluencia de factores —la irracional e irresponsable política de asentamientos judíos en los territorios ocupados; la creciente derechización del gobierno bajo el Primer Ministro Benjamín Netanhayu y la preocupante erosión del Estado secular israelí; la efervescencia social e ideológica en su sociedad; la distracción de Washington con Ucrania y su pulso creciente con Beijing; la polarización política estadounidense; el reacomodo político en el apoyo social a Israel en EU; el plausible papel de potencias extra-regionales (Rusia) y regionales (Siria e Irán) alentando y facilitando el ataque; y la convicción de que el potencial establecimiento de relaciones diplomáticas entre Israel y Arabia Saudita impulsado por la Administración Biden al amparo de los llamados Acuerdos de Abraham, que ya han normalizado relaciones entre Israel y un puñado de naciones musulmanas, aventará a los palestinos a las vías del tren— hayan detonado el terrorismo deleznable e inaceptable de Hamás. Y es posible que una vez recuperado el pleno control de territorio israelí, la respuesta a los ataques del fin de semana probablemente será de una escala tal que efectivamente retrase los esfuerzos de EU encaminados a la normalización saudita-israelí, si no es que los torpedeará por completo. La realidad es que si bien Hamás ha disfrazado el ataque como una respuesta a las recientes incursiones israelíes alrededor de la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén, optó por desencadenar este conflicto –en este momento y en la forma en que lo hizo– como una manera de dar un manotazo en ese tablero diplomático más vasto.
Y mientras tanto, y a manera pie de página, el gobierno mexicano, que ya anunció el secuestro de tres ciudadanos mexicanos, emitió a través de la cancillería mexicana un comunicado anémico e impresentable que obvió la condena a Hamás y su terrorismo. La cancillería siempre ha tenido un ADN, un cableado estructural, que le impide irreflexiva y sistemáticamente señalar a Hamás como grupo terrorista. El que suceda de nuevo ahora no sorprende y tampoco el que el presidente de México, de manera deplorable, se niegue a condenar por nombre a Hamás. Ésta es la cara de la política exterior mexicana hoy: un presidente que no llama a Putin agresor, invasor y violador del derecho internacional, que no llama dictadores y autoritarios represivos a Díaz Canel, Maduro y Ortega, y que ahora se resiste a llamar terroristas a Hamás. Pero que ocurra en momentos en los cuales el peso, la reputación y credibilidad diplomática mexicana están por los suelos cortesía de López Obrador, es otro clavo en el ataúd de la no política exterior de este gobierno mexicano.
« Arturo Sarukhán »




