Opinión Editorial


Acapulco, ese narcoparaíso que muere…


Publicación:09-10-2021
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Acapulco lleva años así, moribundo, medio sobreviviendo

Tuve la fortuna de llegar a vivir a Acapulco cuando empezaba el siglo, en enero del año 2000, pero me enamoré del puerto muchos años atrás, como le ha sucedido a millones de mexicanos. Desde pequeño fue un sitio entrañable para mí: ahí tenía dos primas-hermanas y un primo-hermano y cuando mis padres me llevaban la pasaba muy bien. De adolescente y joven adulto lo gocé mucho más: cada vez que juntábamos dinero, amigos y yo nos escapábamos en coche, en autobús, incluso en avión, y nos divertíamos muchísimo entre nosotros, y a veces, en vacaciones, también con nuestras novias o amigas con quienes paseábamos en las playas y gozábamos las noches acapulqueñas.

La discoteca Baby’O era LA DISCOTECA, la más deseada, la más anhelada, la más admirada. Aunque su interior era superado por muchos antros más en cuanto a espacios y tecnología, esa pequeña cueva con su diminuta pista de baile era el más famoso sitio de reventón en todo México.

Hoy, es triste ver que ese lugar de tantas memorias afectivas se ha extinguido bajo el fuego criminal, pero el emblemático lugar nocturno solo era minúscula parte del andar: durante décadas lo más entrañable siempre fue la convivencia, las amistades y los amores que Acapulco estimuló y cobijó a cualquier hora y en cualquier rincón. Sus atardeceres portentosos, sus playas deliciosas, sus mares (sí, hay muchos mares con distintos temperamentos en Acapulco), su comida exquisita, su gente divertida y acogedora, su clima tan nutritivo.

En el 2000, cuando me volví acapulqueño durante cinco años que fueron una vida (ahí voté por el primer gobernador no priista en la historia local, Zeferino Torreblanca, que apaleó a Héctor Astudillo), primero viví solo en la hermosa Bahía de Santa Lucía, y después, a partir del 2001, con mi hijo mayor, Luciano, que en ese entonces tenía siete años. Acapulco estaba en su apogeo, repleto los fines de semana, atascado durante las vacaciones, todo mundo en gerundio, gozando la existencia… hasta que por ahí del 2004 el narco enloqueció e incendió el paraíso.

Como empresarios, los narcos guerrerenses siempre han sido unos estupendos clavadistas suicidas: mataron su mercado. Tenían compradores por montones: lugareños, chilangos cada fin de semana, turistas gringos y canadienses, pero su infame machismo y su codicia arrasó con todo. Se empezaron a pelear la plaza: yo te degüello a dos, yo te desaparezco a cinco, yo te ejecuto a veinte, yo te disuelvo a veinte. La más estúpida de las guerras narcas se libró en Acapulco. ¿Resultado? Los springbreakers gringos se despidieron para siempre del puerto, los chilangos de fin de semana dejaron de ir o se encerraron en sus departamentos y casas, y el lugar nunca se recuperó.

¿Y cuál fue la solución que encontraron estos brillantes delincuentes para reordenar todo ante la impavidez de los gobiernos municipales, estatales y federales que han pasado desde entonces a la fecha? Perdón por mi latín, pero el capitalismo de hamaca, el capitalismo de huevones. No hay otras palabras para describir lo que hacen: los que realmente gobiernan Acapulco son narcoextorsionadores (los alcaldes no existen, es la verdad). Estos cobradores de piso no hacen nada durante la semana y hacia el jueves y viernes pasan a cada negocio a robar, a cobrar su infame impuesto criminal. ¿A quiénes? A todos. Lo documenté en varios reportajitos: le cobran al que vende gelatinas y cocos en la playa, al lanchero, al que renta motos, al restaurantero, al hotelero, al comerciante, a las escuelas privadas, a los que tienen puestos en los mercados, al abarrotero, al taxista, a todo mundo.

Acapulco lleva años así, moribundo. Su economía medio sobrevive lastimosamente gracias a que miles de mexicanos le siguen siendo fieles en Semana Santa, verano, algunos puentes y diciembre. El resto del tiempo el puerto es una especie de zombi tropical.

Pasan alcaldes, gobernadores, presidentes, y nada: las palmeras siguen bamboleándose cada vez más abandonadas…



« Juan Pablo Becerra-Acosta »