Opinión Editorial
A un año del Covid-19
Publicación:02-03-2021
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Un año de pérdidas y confinamiento que ya casi parece llegar a su fin, pero no debemos desestimar que aún es peligroso salir por allí
El 28 de febrero, se cumplió un año de que se registrara en México el primer caso de un paciente con Covid-19, una persona que había viajado a Italia; días después, el 11 de marzo, se registraría en Monterrey el primer caso de un paciente sampetrino, que había estado en España. A partir de ese momento, la ola de contagios creció y creció hasta que el tsunami sanitario nos alcanzó. El 30 de marzo el gobierno federal realizó la Declaratoria Nacional de Contingencia Sanitaria, un tsunami que ha costado en nuestro país más de 185,257 muertos según el recuento oficial.
Tengo que confesar que yo también leo las esquelas en el periódico todas las mañanas, digo “yo también” porque ayer en La Jornada, Cristina Pacheco, en su columna: Mar de historias, narra que ella no puede evitar, cada mañana mientras toma un trago de café, leer las esquelas. En Nuevo León la pandemia nos ha costado hasta la fecha 9,616 muertos; pero no sólo me entero por el periódico de aquéllos que no lograron sobrevivir a ese fatídico 2020, también veo el WhatsApp y los muertos siguen fluyendo, así nos enteramos de buenos amigos y compañeras maestras que tuvieron que enfrentar esta terrible enfermedad y sucumbieron ante el embate del virus. Además, cuando timbra el teléfono celular o de casa, sé que puede ser alguien que me informe de otra mala noticia, más decesos en el ámbito de las amistades o la familia.
Un año de pérdidas y confinamiento que ya casi parece llegar a su fin, pero no debemos desestimar que aún es peligroso salir por allí, a pasear a lugares que antes frecuentábamos para platicar con amigos, comprar La Jornada y El Porvenir o simplemente tomar un café en el restaurant Latino, con un trozo de pan dulce suave traído especialmente desde el área de panadería. No quiero entrar en más detalles sobre los desayunos que muchas veces teníamos (aunque aún recuerdo el picante y sabroso machacado con huevo) y donde podíamos convivir con la familia o amigos, despedirnos a media mañana, cerca de las 10.00 am, para luego acudir, antes de abordar el carro, con un bolero que se ubica al salir del restaurant, allí acostumbraba subirme a esa butaca alta, colocar los zapatos sobre el pedestal para pies y esperar que el lustrabotas hiciera su trabajo, pidiéndole que sólo aplicara cera protectora, la pintura para calzado tiende a resecarlos (según me contaron) y vuelve la piel quebradiza. Mientras le daban la “chainiada” (anglicismo que proviene del vocablo shine -brillo en español-), me resultaba imposible echar un vistazo a los periódicos que Don Juan, el lustrabotas, había comprado para que sus clientes pudieran distraer un poco su atención mientras él realizaba su trabajo. Eran periódicos de nota roja, llenos de información poco apta para menores de edad, además, contenían fotos un tanto atrevidas por parte de mujeres guapas que allí eran “entrevistadas” y que formaban parte de un escueto reportaje. Después de la boleada, camino por un pasillo que me lleva a la salida peatonal, por la calle Treviño, allí, justo al cruzar la calle, estaba o está, una peluquería tradicional, de esas que tienen una lámpara giratoria color azul, blanco y rojo, atendida por un peluquero de la vieja escuela, Don Gaspar, que tiene muy buena plática, aunque tengo que reconocer que la mayoría de las veces, repite los temas una y otra vez, seguramente es por la edad. También le ayuda su hijo, un muchacho que corta muy bien el pelo, dice Don Gaspar que es su único hijo, no es muy platicador, como que está en su propio mundo, de pequeño asistió a escuelas de educación especial, allí le enseñaron varios oficios y el que más le gustó es este. A tres locales se encuentra el Mago de la Suerte, desde la banqueta te das cuenta porque cuelgan de los vitrales, series enteras de lotería, desde allí, por el ventanal, puedes ver la máquina de Pronósticos para la Asistencia Pública. Este lugar es una parada obligada, le pido a la hija del dueño del negocio, Andreita (su papá se llama Andrés), que por favor revise mis números, son los mismos que he jugado desde hace más de dos décadas. Además de lotería, venden mazapanes, chicles, papitas, refrescos y también tamales, así que no pierdo la oportunidad y compro para llevar, una decena de frijoles y otra de cabeza. Me dirijo a mi Aveo, cruzo el estacionamiento y la boleta ya está pagada, mi estancia en el restaurant lo avala, así que no tengo que desembolsar más. En el camino de regreso me detengo en una gasolinera ubicada en la esquina de Dr. Aguirre Pequeño, enfrente de la Facultad de Medicina, allí pido que llenen el tanque y que revisen las llantas. El doctor Eduardo Aguirre Pequeño fue un buen amigo mío, a él se debe la cura para la Pinta “Mal de Pinto”, enfermedad causada por la bacteria Treponema carateum, la casa donde realizó su cuarentena, ya que se autoinoculó, está en la entrada del Cañón de la Huasteca, era un lugar muy aislado en aquella época de la década de los 50.
Todo parece indicar que pronto volveremos a una normalidad en la que podré nuevamente salir cualquier lunes por la mañana, como ya lo he descrito, con el pretexto de comprar El Porvenir, disfrutar al ver este artículo publicado en la sección Editorial. Estamos dejando atrás ese 2020, que tiene aún la inercia, en este primer trimestre de 2021, de decesos y pérdidas irreparables. En la familia de mi señora María Luisa Santos, mi cuñado, el profesor Exiquio Javier, perdió, por el Covid-19, a su señora esposa, la profesora Altagracia Castillo, días después también murió su hijo Alejandro Santos, un joven adulto que no resistió el embate del virus; estuvo también el profesor Exiquio Javier, a punto de perder a su otro hijo, Javier Santos, quien afortunadamente y milagrosamente logró sobrevivir, aunque aseguran los médicos que lo trataron, sus pulmones sufrieron graves daños por la enfermedad; sin embargo, otra hija del profesor Exiquio Javier, Altagracia Santos, tampoco logró sobrevivir. Perdió así, mi cuñado Exiquio Javier, en el transcurso de un mes, a su querida esposa, un hijo y una hija, estos últimos ambos padres de familia que dejaron en orfandad a sus hijos que aún sufren esta grave y triste pérdida.
Hoy, lo que nos da esperanza es la vacuna que no llega y no llega, ya nos registramos por internet en la página de gobierno, pero eso no es tan importante al momento de que la gente hace fila para vacunarse. Por lo pronto, sigo con este confinamiento obligatorio al que ya me acostumbré; quien no logra adaptarse aún del todo, es mi señora esposa, ella quiere volver a la normalidad y poder así viajar al Real de Minas San Pedro Boca de Leones, hoy conocido como Villaldama, a saludar a la familia, mecerse por las tardes en una de esas amplias mecedoras de madera y mimbre en el pasillo del patio trasero de la casa familiar y rememorar divertidas historias que mi suegro Venancio acostumbraba contar.
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