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Una de cal y otra de arena…

Una de cal y otra de arena…


Publicación:22-05-2021
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Lo tenía solo, frente al precipicio, contemplando el vacío a donde podía lanzarlo con un simple empujón por la espalda

Suicidio

Carlos A. Ponzio de León

      Le dije que quería disculparme. Así fue como volví a tener contacto con él. Aceptó. Luego vinieron mis mensajes esporádicos por WhatsApp, los Memes, los comentarios a sus publicaciones en Facebook e Instagram, las comidas ocasionales, cada dos o tres meses, en algún restaurante del centro de la ciudad, la invitación a su fiesta de cumpleaños en su casa, los paseos por carretera con su familia y finalmente, la subida juntos al Cerro de la Silla. Lo tenía solo, frente al precipicio, contemplando el vacío a donde podía lanzarlo con un simple empujón por la espalda, mientras observaba la belleza del paisaje a mil ochocientos metros de distancia sobre tierra firme.

      Lo había conocido en una entrevista de trabajo, en el treceavo piso de un corporativo en la ciudad. Tres candidatos habíamos llegado a esa última fase del proceso. En la sala había tres entrevistadores: Una mujer: enviada por la oficina de recursos humanos, un subalterno de él, (quien podría convertirse en mi colega), y él, quien podía convertirse en mi jefe. Yo era el segundo en el orden de entrevistados. El primer candidato avisó que venía tarde. Yo, que había llegado con anticipación, esperaba en una sala contigua. Ya estaba listo para entrar, pero el insensato decidió recorrer las tres entrevistas, retrasando cada una media hora, en lugar de intercambiar el orden pasándome a mí primero, y luego al que venía tarde. Mi madre aún estaba enferma en casa y yo necesitaba dinero para sus cuidados. No dije nada.

      A la semana siguiente me ofrecieron el puesto. Mi nuevo jefe le marcó a un excompañero suyo de carrera que me conocía, para decirle que yo me había convertido en su subalterno. Yo, hombre con una maestría en Essex bajo el mando de un hombre que no había concluido sus estudios porque le había llamado la atención el dinero. Tiempo después habría de enterarme, había falsificado su título en un área conocida como Santo Domingo en la Ciudad de México. Y como imaginé desde antes de arribar a la oficina el primer día de trabajo: el área estaba llena de malandrines: por ejemplo. Jacinto, un hombre cuya habilidad más importante era ser mago amateur y robar objetos de las oficinas de los compañeros de trabajo. Otro, Humberto, era un borracho que bebía a escondidas de cuatro de la tarde a siete de la noche, en su propia oficina. Y otros más que apoyaban a mi jefe en su incesante costumbre de copiar literalmente las propuestas de política económica que se implementaban en España, sin ni siquiera hacer un esfuerzo para tropicalizar las ideas para nuestro país. Él estaba ahí, más bien, a las órdenes de los maquiavélicos manejos que le pedía el Director General.

      Había dos chicos malhumorados dentro del equipo de sus trece empleados. Eran los que realmente hacían el trabajo. Una joven y un varón. Yo quedé al mando de ellos: “Necesito que los conviertas a mi causa”, me dijo mi jefe cuando me recibió en su oficina para encomendarme la primera tarea. Como a todos los demás bajo su mando, él les había colocado algún apodo, y en sus reuniones de trabajo, no faltaba el momento en que hiciera algún comentario misógino dirigido a ella, y otro de burla a él por su aspecto físico.

      La situación, para mí, se iba complicando en casa: con la salud de mi madre y su creciente necesidad de medicamentos, y bajo el ambiente tenso en el que yo mismo era objeto de burla pública por parte de mi superior. No había reunión en la que no hiciera referencia a mi tartamudeo. “Repites algunas sílabas con un acento cada vez más curioso”, “intenta pensar toda la frase que vas a decir, antes de abrir la boca”, “bien podríamos sustituir tus intervenciones con una grabadora tocando música rap”. Yo regresaba a mi oficina, a dos cosas: a sentarme… y a llorar. “Dedica cinco minutos a la semana para escribir una carta de odio a tu jefe”, me recomendó un amigo psicólogo. “Eso te dará paz y salud”.

      Comencé a hacerlo, no una vez a la semana, sino diariamente, al final del día. Tenía una libreta especial para ello, la cual guardaba con llave en el archivero. Así, mi situación emocional comenzó a mejorar en el trabajo. Las ofensas me dolían cada vez menos. Hasta que un día, él entró a mi oficina, pasó su dedo sobre mi escritorio y encontró polvo. “Necesito que dejes tu lugar abierto para que la señora Lupita asee cuando pasa a las siete de la mañana”.

      Caí. La historia me la contó su chófer, meses después. La idea la elaboraron entre el mago ladrón, el subalterno borracho y mi jefe. Encontraron páginas y páginas en mi libreta, con la frase: “Mi jefe es un PENDEJO”. A los pocos días... me despidieron. No tuve dinero para las medicinas y mi madre murió al mes siguiente.

      Y ahora, ahí estábamos, en el Cerro de la Silla, yo con este miserable disfrutando del aire limpio rodeado de árboles enormes. Lo observé levantar sus brazos en señal de triunfo, inspirando el éxito por haber llegado hasta la cumbre. Me le acerqué detrás y observé su espalda. Luego me detuve en su cuello. Di un paso al frente para situarme junto a él: “Debes estar orgulloso de tu familia”, le dije. Soltó una carcajada. “Creo que te van a extrañar”. Segundos después escuché el eco del primer golpe. Luego, un grito seco, sin escándalo. Bajé acompañado… por el silencio y la alegría. 

      

La camisa rota del diablo

Olga de León G.

Treinta años más tarde, los cinco mejores amigos de la secundaria iban a escalar la montaña más alta de su región, según habían acordado entonces, durante su graduación. Lo harían un fin de semana de la primavera, iniciando las vacaciones. 

      Pensaron los entonces quinceañeros, que sería un grato reencuentro, al que todos querrían asistir. Tendrían al menos cuatro días de vacaciones y si algunos no tuviesen trabajo, sería mejor, pues tendrían más tiempo libre y espacio para reflexionar sobre su amistad.

      En su primera juventud, gustaban de subir al cerro más próximo a la colonia donde todos vivían con sus padres. El líder era el “diablo”, apodo que se ganó por una playera de nylon medio elástica, de color rojo intenso que intercambió con su amigo el negro (apodo que no requiere mayor aclaración).

      Todos continuaban siendo amigos en bachilleres, y se reunían en el descanso entre clases, a media mañana, en la plaza de Colegio Civil, para echar carrillo. 

      La playera roja creo que nunca más volvió a su dueño original, y el diablo fue el diablo por esa playera, al menos dos años completos durante los cuales la usó muy frecuentemente. Todo porque una compañera le dijo que se veía muy bien, que incluso lucía más su cabello medio castaño con visos de pelirrojo.

      Llegaron a profesional, y cada amigo escogió una carrera diferente. Cuando se cumplió la fecha del pacto para escalar la montaña, como era lo más natural y lógico, no todos estaban en disposición de hacerlo: uno se había radicado en el extranjero; otro, el químico vivía en otro estado, se casó y divorció, y ahora iba por su segundo matrimonio: el amor es infranqueable ante cualquier pacto de amigos

      Los tres restantes, recordaron la promesa y acudieron al celular y sus correos electrónicos, para ponerse de acuerdo sobre en dónde verse. 

      Cuando por fin se reunieron, no podían dar crédito a la persona que ahora era cada cual. Uno fue en su impecable traje sastre en lana y seda, hecho a la medida, con camisa blanca y corbata, zapatos duros; no tenis: acababa de salir de la oficina. Otro, con treinta kilos más encima de las piernas, el abdomen y la espalda, pero con los ojos brillantes de gozo y la risa de siempre. 

      El tercero llevó la playera roja, ahora desteñida y algo gastada de cuello y codos: el diablo seguía delgado, sin canas y con un cuerpo que dejaba ver el tono muscular bien marcado en brazos y piernas, y con abdomen plano.

      - ¡Qué suerte tienen los “jodidos” !, -exclamo hilarante, el que acudió tal como vestía para la empresa donde trabajaba. 

      - Así es, soy un suertudo.

      Ni esa mañana ni ninguna otra subieron a la montaña; estuvieron un rato, dos de ellos hablando de los tiempos idos, de sus triunfos... mientras el diablo se limitó a escucharlos. 

      Finalmente, ambos le preguntaron: - ¿qué has hecho diablillo?, ¿qué es de tu vida? 

      - Nada; -contestó. 

      - A qué te dedicas. Dinos: qué haces para vivir y mantenerte en forma. 

      - Al fin, respondió: - Me levanto a las cinco de la mañana y me voy a escalar la montaña, de lunes a sábado. Descanso los domingos… porque voy a misa. 

      - ¡Tú!, - exclamaron sorprendidos. 

      - Claro, después de matar a uno que otro mentiroso, tengo que pedirle perdón al Señor. 

      Pies para qué son: “los amigos” salieron sin pagar la cuenta y sin decir adiós.

     



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