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Tribulaciones del primer novelista


Publicación:16-06-2021
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Más que inaugurar un género, Apuleyo confirmó las infinitas posibilidades del discurso literario

Es fama que, a Apuleyo, autor de El asno de oro (escrita en el año 167 de la era cristiana y considerada como una de las primeras novelas de la historia), le montaron un juicio por brujería. La magia y las artes ocultas estaban prohibidas por aquellos días. Apuleyo, nacido en los confines africanos del imperio romano, era un trashumante letrado que vivía de su talento como orador, pero para nadie era un secreto su pasión por la prestidigitación y la recitación de mitos y leyendas. Al casarse con Pudentila, una viuda rica y, para más señas, madre de su amigo y otrora colega de estudios: Ponciano, Apuleyo despertó toda clase de suspicacias por parte de la parentela de Pudentila, la cual terminó por acusarlo ante las autoridades de practicar la magia. La epidíctica Apología o discurso sobre la magia en defensa propia (circa 158 D. C.) fue la respuesta del autor: "Voy a demostrar que todas estas imputaciones son falsas, tan sin valor y tan vacías, y las voy a refutar con tanta facilidad [...], que penséis que yo mismo a propósito he sobornado y mandado al acusador, con el fin de proporcionarme la ocasión de acallar públicamente la envidia que hay contra mí".  El camino estaba abierto para convertir en ficción tal experiencia y explorar un inusual registro literario: la prosa. 

Lucio, el narrador de la célebre novela de Apuleyo, se convierte (gracias a la confusión en la aplicación un ungüento mágico) en un asno y comienza una vida llena de aventuras y desventuras tratando de regresar a su condición humana. Como jumento, es aporreado una y mil veces, pero su condición équida le permite observar y escuchar, convirtiéndose en uno de los primeros cronistas del bajo mundo de la geografía grecolatina. Fabulas, pasiones, mitos, leyendas, todo entra por sus grandes orejas y él va dando cuenta de cada detalle: "Ahora tú, buen lector, has de saber que no lees fábula de cosas bajas, sino tragedia de altos y grandes hechos, y que has de subir de comedia a tragedia".  Apuleyo desafiaba, en sus páginas, las normas tradicionales: escribía en prosa y trataba asuntos terrenales (la vida cotidiana cruzada por religiones y supersticiones de todo tipo).  Y, desde esas profundidades estructurales, le adjudicaba a sus escritos la categoría de tragedia (Aristóteles había reservado esa tipología de análisis para las obras que imitaban las acciones más nobles y dignas, dejando el submundo de los mortales y sus defectos para la comedia). Más cercano a los modernos que a los clásicos, le interesaba el devenir humano más que los caprichosos deseos de dioses y quimeras. Incluso los relatos mitológicos que se despliegan al interior de la novela suelen ser narrados por comadronas o bandidos (como el caso de la historia de Cupido y Psique).  La magia, la mitología y la religión son los parámetros desde donde describe las pasiones y contradicciones de las personas. ¿Por qué desoímos los consejos y la experiencia del pasado y elegimos siempre el sendero equivocado? Antes de responder, Lucio debe tocar fondo y desde los cimientos de las profundidades comenzar a subir de nuevo. Este tortuoso proceso representa la trasmutación de la condición del novelista: para poder escribir de la vida y sus peripecias es preciso experimentarlas en carne propia. 

Despojado del oropel que solía cubrir a los poetas y trovadores, Apuleyo inauguró una nueva relación entre la ficción y la realidad: el desvanecimiento de sus límites. También exploró un tema que se volvería recurrente con el devenir de los siglos: la siempre acechante pérdida de la condición humana.  

La parte final de la novela empata con la propia vida del autor: su conversión al culto de la diosa Isis y su consorte Osiris, en un gesto de "auto-ficción", que hoy es lugar común en la mayoría de la narrativa contemporánea. Más que inaugurar un género, Apuleyo confirmó las infinitas posibilidades del discurso literario.   Quizá por eso Alfonso Reyes solía parafrasear a Terencio y sostener que a la literatura nada humano le resultaba ajeno. 



« Víctor Barrera Enderle »