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Sueños sin cancelar

Sueños sin cancelar


Publicación:13-11-2022
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“Qué importa si un premio Cervantes, Villaurrutia o Rulfo, y menos un Pulitzer o el Nobel de literatura, nunca toca a mi puerta”

La conversación de las nubes

Carlos A. Ponzio de León

James se graduó con honores, en composición, de la Escuela Juilliard de Nueva York. Pensó que, en diez años, su música estaría siendo interpretada por las mejores orquestas del mundo. Probablemente tendría un estudio con una ventana mirando al bosque, donde él compondría de tiempo completo: música para orquesta, para grupos de cámara, para películas, usando la computadora, para ensambles pequeños de cuerdas y alientos e incluso, quizás, “jingles” caros para comerciales de Coca-Cola y Apple, o para videojuegos. Probablemente, para entonces, habría entablado amistad con los directores de orquesta más importantes del mundo, escribiría sinfonías para la Filarmónica de Berlín, óperas para el Metropolitano de Nueva York, sería cercano a solistas como Maxim Vengerov y Joshua Bell y estaría componiendo conciertos para Mitsuko Uchida, Martha Argerich y sus descendencias. El número de obras que le solicitarían bajo comisión no le dejaría tiempo para pasear los fines de semana, pero sí para viajar alrededor del mundo escuchando los estrenos musicales de su obra.

Pero al concluir sus estudios en Juilliard, lo que apareció fue la pandemia de Covid-19. No hubo plazas que se abrieran para enseñar en escuelas de renombre. Esperó seis meses hasta que se vio obligado a aceptar una posición en un bachillerato de New Hampshire donde no le quedó más que adaptar los cursos y la enseñanza de música para ensambles a clases por Zoom, de manera no presencial. Decenas de orquestas cerraron, algunas despidieron a la mitad de su staff y los recontrataron de manera parcial, y la mayoría redujo los salarios de los músicos y los presupuestos para la comisión de obras nuevas. El tiempo que James dedicaba a preparar materiales para sus clases era el doble de lo que hubiera necesitado en modalidad presencial. Había adivinado: no tenía tiempo para sí durante los fines de semana, pero no era por la cantidad de música que tuviera que componer, sino por el trabajo que le encorvaba diariamente doblándole el lomo.

Su obra iba y venía por las orquestas sin una respuesta afirmativa o sin una fecha para presentarse. Las agrupaciones seguían recibiendo partituras de los alumnos más sobresalientes del mundo que seguían graduándose de las universidades. Mientras tanto, la obra de James iba quedándose al fondo de la pila de partituras que llegaban a las orquestas.

Las compañías productoras de música para comerciales se aferraron a sus compositores de siempre. La caída en la actividad económica mundial redujo el gasto de las empresas para comerciales de televisión. Amazon creció como fruto enfermo en primavera, dejando atrás a las cadenas comerciales de siempre sin necesitar de música alguna para sus ventas. La inflación impactó el rendimiento obtenido por ahorradores y trajo consigo una caída en el poder adquisitivo de los consumidores. La mercadotecnia de Facebook demostró ser un fiasco. Si había algún futuro, éste parecía estar en Marte o en alguna otra charlatanería. ¿Los marcianos demandarían orquestas y música de concierto?

Para cuando la pandemia se declaró asunto superado y las orquestas reiniciaron conciertos, las pilas de partituras en las orquestas, para revisión, se habían acumulado lo suficiente como para no recibir la atención debida. Se eligieron al azar las obras para estreno. James continuó su búsqueda de un mejor empleo, pero las universidades estaban interesadas en los candidatos más recientes, no en aquellos graduados dos años antes.

Las perspectivas de James se apagaron como tizones empapados por la lluvia. “Todo está en la mente”, le escribió una amiga, “concéntrate en lo tuyo; lo que no está adentro de ti, es una ilusión”. Con el advenimiento de las clases presenciales, James finalmente tuvo tiempo para seguir componiendo. Terminaba clases y arribaba a casa a las siete de la tarde. Se dedicaba a sus propias partituras hasta las once de la noche. El día concluía y la hazaña de la enseñanza para jóvenes escépticos sobre el valor de la música iniciaba a las siete en punto de la mañana. James comenzó a esperar sin esperar que algo llegara. Dejó que el pulso del tiempo de la vida corriera su camino. De pronto, la vida le regalaba un “accelerando”; otras veces, un “ritardando”. Pero algunas cuantas cosas de las que se había prometido a él mismo, efectivamente iban arribando. Música sin precedentes… a la que solo él estaba atento. Rugidos de un tigre que, enjaulado, brama para calmar su propio dolor. La expresión de un arco del mismo color de la sangre del fuego, cruzando el firmamento. Troncos quietos que soportan las peores tempestades.

Diez años después, James no era la figura musical que había soñado. Pero, sí era él mismo y sin pretensiones. Un adulto que iba dejando una obra que, sin poder decirlo con certeza, bien terminaría en el absoluto anonimato de la historia… o que: quizás un día sería valorada por la brillantez de su propio trueno: el de las voces sumergidas entre las profundas conversaciones de las nubes.

Horadando la senda de la vida

Olga de León G.

El piano sonaba como desafinado, y no lo estaba. Era que Patricia estaba practicando las lecciones 6 y 7 del método Beyer que la maestra le había encargado preparara muy bien, para la siguiente semana. La jovencita se esforzaba, más que por ella misma, por su padre. Fue él quien desde pequeña le inculcó la idea y el amor por la música clásica: la llevaba a conciertos; y en casa se escuchaba mucha música clásica, piezas de Beethoven, Liszt, Chopin, Tchaikovski, Bach y más…

Cada fin de semana el padre le hablaba de que en cuanto creciera un poco más y le pudiera comprar un piano, la pondría a estudiar. Él, en su arraigada ilusión y su amor por la música y el piano, soñaba con el día en que estaría toda la familia sentada en alguna de las primeras filas del teatro, escuchando las interpretaciones y magníficas ejecuciones al piano, de su primogénita, Patricia. 

La niña ya casi adolescente, un día, optó por desilusionar a su padre: no seguiría con las clases de piano. También ella se había soñado muchas veces tocando con virtuosismo las piezas que tanto le gustaba escuchar en el tocadiscos de la casa. Amaba esa música selecta. Había leído las biografías de por lo menos cinco o seis de los grandes compositores… y se enamoró de dos o tres de ellos.

Su padre entendió, había visto que la niña primero, y luego la adolescente, no tenía aptitudes especiales para el piano. Sí, en cambio, para la escritura creativa, la lectura de libros sobre Literatura, Ciencia ficción, Historia, Divulgación científica… y, sobre todo ello, tenía una increíble capacidad para la inventiva oral o escrita de historias y relatos fantásticos o reales. La veía rodeada de niños, contándoles algo que ella inventaba o leyéndoles algún cuento clásico: y la escuchaban embelesados.

Así fue como a partir de los trece años comenzaron sus elevaciones del suelo y de la realidad: de día leía y escribía; de noche viajaba a las nubes, se transportaba su espíritu hasta ellas viajando con el viento, y se llenaba su mente y su pecho de hermosas ilusiones. Desde entonces, tuvo un gran secreto que a nadie le relevaba, pues temía que contándolo nunca se volvería real. Y la sola idea de que eso pasara, la hundía en una fuerte desolación.

No soñaba con ganar el Nobel de Literatura, ni el Pulitzer, o el Cervantes ni el Rulfo o el Javier Villaurrutia en Poesía, que por esos tiempos y en la tierra que vivía, no eran muy conocidos… No entre los menores, y eso era ella. No, además, Patricia no les ponía un nombre a sus reconocimientos. Pero en el fondo de su tierno corazón, si esperaba que algún día las obras que publicaría fueran conocidas y leídas por muchos. Y que quisieran conocerla los que no supieran quién era Martha Patricia Alonso de la Barca.

Sus tristezas por lo que aún no sucedía, eran nada junto a lo que la esperaba por vivir. Jamás pudo imaginar, lo que el destino le tenía deparado.

Al piano lo siguió acariciando -o arañándolo-, todavía después de casada y ya teniendo a sus hijos. A veces le arrancaba casi completa la Für Elise de Beethoven, un poco el Claro de Luna ¿el de Chopin o sería de Beethoven? Y algunas canciones románticas, como “Júrame”. Había olvidado tanto, casi todo… Menos sus sueños inscritos entre las nubes. A donde subía de cuando en cuando, para sentirse viva, porque la tristeza y el desamparo que cayó sobre su familia contando ella, la mayor, con apenas veintidós años enraizaron fuertemente.

Durante muchos años, los sueños no existieron, tan solo una realidad apremiante. De pronto, la vida le abrió una ventanita: publicaría en un periódico de su localidad. Le gustaban los cuentos, pero también las reflexiones filosóficas y los ensayos… y el relato, y la fábula. Y, volvió a sonreír, a ser feliz en medio de todas las vicisitudes y las piedras de que estaba sembrado su camino.

Un día no muy lejano, cerca de Comala o del camino a Luvina, empezaría a preparar tierra fértil para sembrar jazmines y rosales, se dijo. “Qué importa si un premio Cervantes, Villaurrutia o Rulfo, y menos un Pulitzer o el Nobel de literatura, nunca toca a mi puerta”. “Tampoco aspiro a plantar geranios en las nubes; aunque, podrían dárseme. Tengo buena mano con lo que siembro, eso: lo sé”, concluyó. 

Mientras, seguiré sentada en el primer escalón a la entrada de mi casa, a punto de salir al mundo para seguir caminando: horadando la senda de la vida.



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