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Proust

Proust


Publicación:30-01-2022
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Proust es un Balzac ordenado y con una idea clara de lo que quiere contar

Proust es un Balzac ordenado y con una idea clara de lo que quiere contar.

Su estructura narrativa es tan derivativa como la de Balzac, que en cualquiera de sus novelas mezcla la psicología, con la filosofía, con el relato social, con las especulaciones de toda suerte y condición. Ese proceder, desordenado y fragmentado y desplegado a la velocidad de la luz, constituyó el “estilo Balzac”. Proust en cambio convirtió todo lo que en Balzac aparece derramado y desperdigado en un cosmos unitario y en cierto modo piramidal.

Durante un largo periodo de la narración, el pueblo solo hace de comparsa en el tejido social de Proust, a veces de comparsa musical, como aquella vez que nos cuenta las diferentes melodías que emplean los vendedores callejeros para publicitar sus productos. Un momento bastante memorable, por cierto, y del todo naturalista. Un momento Balzac.

En el último libro de La Recherche hay un giro fundamental que ya estaba previsto (cuando la pirámide social se resquebraja y el narrador dicta su juicio final), y es que Proust fue concibiendo un plan general muy bien trazado, que abarcaba el tiempo de su generación en su totalidad, y tenía tan clara la dirección de su relato que el primer libro que escribió de la serie sobre el tiempo perdido fue el último. Sabía a dónde quería llegar, si bien el relato pasó por dos fases. Originariamente La Recherche se iba a componer de tres volúmenes. Al margen de ellos, Proust quería escribir un ensayo en torno a la homosexualidad, pero más tarde decidió juntar ambos flujos narrativos en uno solo, ya que en su vasto artefacto la pura narración podía convivir con el ensayo sin el menor problema. De esa manera La Recherche se convertía en una aventura tan literaria como filosófica que desbordaba los límites del naturalismo y a la vez lo llevaba a su más elevada consumación.

William Burroughs, el intelectual más dotado de la generación Beat, decía que es bueno saber a dónde quieres llegar cuando empiezas a escribir una novela.

Todo lo que se dijo de Proust acerca de la memoria involuntaria es una hipótesis demasiado vaga y que puede conducir a errores. La Recherche es una narración esencialmente lineal. Empezamos conociendo los personajes que precedieron a la vida de Marcel tras una presentación brumosa y casi arqueológica del narrador y de la región de Normandía. Enseguida aparece el narrador de niño y nos va contando exhaustivamente su vida y la de la gente de su entorno, hasta el crepúsculo final, algo goyesco pero que contiene las reflexiones más definitivas de Proust, un intelectual tan completo que uno no sabe si considerarlo un gran “poeta persa” (el concepto es de Barthes), un excelso novelista o un brillante pensador perfectamente capacitado para abordar problemas filosóficos de hondo calado.

Proust (2)

Mientras me licenciaba en Historia, estuve trabajando de portero de noche en el hotel Marigny de París, cerca de la Madelaine. En ese mismo hotel Turgueniev había escrito Nido de nobles, en 1857, y allí iban a visitarle a veces Tolstoi y Nekrassov. Más de medio siglo después, Abert Le Cruziat, lacayo del príncipe Radziwill, transformó el Marigny en un burdel de chicos, ayudado económicamente por Proust. Muy pronto el escritor convirtió el hotel en el teatro íntimo de sus ceremonias sádicas, y fue en los sótanos del Marigny donde Proust llevó a cabo el ritual de las ratas laceradas con agujas.

Cuando yo trabajaba en el Marigny, el establecimiento distaba mucho de ser el Templo del Impudor, como llegó a ser llamado en tiempos de Proust, pero algo quedaba de su antiguo esplendor. Un alto porcentaje de sus clientes habituales eran homosexuales, y a menudo acudían prostitutas: unas eran chicas de bulevar, que abordaban a los transeúntes junto al café de la Paix y el Olimpia, y otras procedían de agencias dedicadas a la prostitución de lujo y venían acompañadas de ejecutivos de Arabia Saudita. Solían ser chicas muy hermosas, y tanto ellas como sus clientes buscaban la máxima discreción: en el Marigny la tenían asegurada. Era la norma de la casa: el que pierde palabras pierde amigos, me decía el amable y hermético propietario del establecimiento, que me trataba como a un hijo y que me dio grandes lecciones sobre el arte de vivir. Era un hombre católico pero de mentalidad luterana y estaba obsesionado con el ahorro, si bien conocía “el arte de la generosidad comedida.”

Había leído a Proust pero no sabía que el establecimiento del que era propietario había estado muy vinculado a uno de los escritores más asombrosos de todos los tiempos. Vivía en la ignorancia y estaba libre del fantasma de Marcel, tan presente todas las noches, y tan ausente.

La noche es el verdadero alambique de las pasiones, que destila lo mejor y lo peor de nosotros mismos, y es de noche cuando mejor se ve la rueda del deseo. Desde esa perspectiva, la recepción del antiguo hotel de Proust se convertía, con el caer de la noche, en el mejor mirador para observar al animal humano de la frondosa jungla de París. También era un buen lugar para desplegar tus armas psicológicas, si las tenías, y si no las tenías era el mejor lugar para adquirirlas rápido. En el Marigny vi toda clase de combinaciones posibles entre cuerpos y personas: parejas, tríos, juegos de cuatro y de cinco, relaciones escandalosamente edípicas, incesto. Se trataba de asuntos a veces trasparentes y a veces no, que te ayudaban a comprender mejor el ambiguo tejido del mundo y su alto contenido de deseo.

La imaginación se despegaba porque a menudo la mecánica de la noche la podía superar. Bastaba con tener los ojos abiertos para derivar de esa noche deseante las mejores creaciones de la imaginación, las más audaces y trasparentes, y también las más despojadas de esa mezquindad y esa falta de miras en la que a menudo ha caído la literatura realista. Todo lo dicho no convertía la noche del Marigny en una sucursal del infierno de Dante. Muy al contrario, las noches en el Marigny eran suaves como el aire de algunas novelas de Fitzgerald, y se respiraba una gran tranquilidad unida a una intimidad muy especial y a la vez muy parisina.

Proust adornó algunos espacios del Marigny con totografías y muebles de sus familiares, de modo que se sentía como en su casa, junto a la butaca de su padre y la imagen de su madre. A veces le encantaba que los chicos del hotel insultasen a algunos de los personajes de sus fotografías y los calificasen de gente degenerada y lasciva.



« Jesús Ferro »