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Pasado y futuro, los tiranos del presente

Pasado y futuro, los tiranos del presente


Publicación:24-04-2021
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Hoy soy tan diferente que casi nada ni nadie logra que calle lo que siento que debo gritar

Regreso a la universidad

Carlos A. Ponzio de León

      Me han dicho que debo regresar a la universidad a terminar la carrera que dejé inconclusa, que es la única manera en que puedo mantener mi trabajo. De otra manera, seré despedido del gobierno. Con la pandemia, no sería fácil encontrar otro empleo. Y aunque solo me faltaba un semestre, no entiendo nada de los temas actuales. A los treinta años, voy a tener que reaprenderlo todo: cálculo diferencial e integral, lenguajes computacionales que no existían en mis tiempos, softwares que son nuevos y otros tantos temas sobre presentaciones, diseños gráficos y vídeos.

      Me siento atrapado en un túnel en el que alcanzo a ver una luz al final, a seis meses de aquí, pero cuyo trayecto, de pronto noto, se va alargando a medida que camino, crece a lo largo mientras doy pasos, los cuales comienzan a volverse lentos. Pero no tengo otra opción más que estudiar, no cuento con auto para convertirme en taxista, ni existen periódicos que se vendan ya en las vías; y me siento débil, sin fuerzas para cargar ni siquiera una olla de tamales a la esquina. Mi trabajo es lo único que me libera de la posibilidad de andar pidiendo dinero en esta vida.

      Arribo al campus de la universidad y observo el transitar de su gente. Me veo en el reflejo de una ventana del salón de clases. Y ya no tengo treinta, sino cuarenta años. Los profesores son de mi edad o más jóvenes, bien vestidos; y los alumnos, unos niños. Mi situación es un espanto. Es como si hubiese un grafiti interminable dentro del túnel que, para comprenderlo, requiero viajar varios siglos al pasado y estudiar jeroglíficos egipcios. Me quedaré andando dentro de las pirámides hasta morir. Tal vez sea mejor que cometa algún delito y me deje atrapar, para que el Estado se haga cargo de mí. 

      En clase, los avances en las ciencias computacionales van mucho más de prisa de lo que yo puedo absorberlos. Me piden que lo domine todo, que no hay lenguaje de programación que pueda omitir. Y la mente ya no me alcanza; estoy saturado. Vuelvo a mírame en la ventana, y ahora tengo cincuenta años. Huyo del salón a los pasillos y me siento como si caminara en un desierto poblado, donde cada uno avanza; pero me van dejando solo, atrás. El sudor de mi rostro entra por mi boca. Pronto moriré de sed. Jamás podré volver a lo que era el estado de mi vida, como la vivía antaño. Siento un mareo...

      Abro los ojos y me encuentro en una celda. ¿Cometí un crimen? ¿Estoy en el hospital de la universidad? Noto un espejo en la pared. He envejecido aún más. Detrás de mí, el demonio me observa con su sonrisa llena de sarcasmo. Me he perdido y ni siquiera ha sucedido mientras intentara conquistar el mundo. Lo único que deseaba era sobrevivir, aprendiendo; intentando mantener una libertad que ya poseía a medias, porque trabajaba todo el día. Ahora, he quedado atrapado en un lugar que me sofoca hasta las tripas y me entorpece, que me impide pensar.

      Intento levantarme. Me he vuelto aún más lento. Y al parecer, quedaré solo en este calabozo. Entre ratas, moriré sin despedirme de los seres que más quiero. Nadie sabe que me encuentro aquí. Mis movimientos son cada vez más lentos. Me convertiré en una estatua. Poco a poco dejaré de moverme hasta quedarme quieto entre los muros, imposibilitado para aprender. Recuerdo que: solo aprendiendo podría recuperar mi vida y movilidad.

      La mente me advierte que pronto aparecerá otro ser, doble mío, más joven, engañando a todos, haciéndolos creer que sigo vivo, mientras mi cuerpo se pudre en esta oscuridad. Mi doble perderá su tiempo paseando por los patios de la universidad, sin entrar a clases, sin aprender: lo que significaría la salida para mí.

      ¿Por qué no pude conformarme con mi libertad pidiendo dinero en las calles? El objeto malicioso que me trajo hasta aquí fue mi mente. ¿Cómo puedo deshacerme de ella, sin morir? Necesito tomar alguna pastilla que la engañe. O quizás deba conjurar fantasmas, o un espíritu que me posea y cambie mi forma de pensar, que me libere y devuelva al lugar de donde vine. Veo mi rostro en el espejo y se ha vuelto el de un hombre de setenta años. Batallaré más para aprender.

      De pronto: veo un destello y despierto de la pesadilla. La carrera de sistemas, que tanto deseé en mi juventud, nunca se quedó incompleta. Respiro agitadamente, pero libre, sobre mi propia cama. Veo una fotografía al lado, en la mesa de cama. son mis hijos y mis nietos que vendrán hoy domingo a visitarme. Conversaremos en libertad. Pero dirán: “Abuelito, abuelito, cuéntanos un cuento”. 

      Aunque no existe necesidad de tener que aprobar exámenes y sigo en casa, ahora estoy jubilado y recibo una pensión. Parece que esta pesadilla por fin dejará de perseguirme: ahora que he cumplido los setenta años.

      

      

    Volver a la Secundaria

     Olga de León G.

      En aquellos años últimos de la década de los cincuenta habíamos llegado a radicar a Reynosa, veníamos de Matamoros, aunque mis padres, el mayor de mis hermanos varones y yo habíamos nacido en Monterrey. Reynosa se nos metió en el corazón y aún llevamos en él y en la mente bellas memorias de los años allí vividos

Es una vieja historia y solo puedo decir que como nunca fui ni chismosa ni traidora, si sabía de algunos comportamientos inmorales o indebidos en otros compañeritos de mi primaria y secundaria, me quedaba callada. 

      Realmente yo no me sentía dominada, pero mi amiga no tenía otras amistades, por lo que siempre me buscaba y procuraba que hiciéramos todo juntas. Me daba un poco de pena que nadie la quisiera. Ambas fuimos excelentes alumnas, por eso algunos profesores nos confiaban el pasarles las calificaciones del grupo, en sus listas. ¡Grasso error! A ella no le temblaba la mano para alterarlas y poner otras notas, además, desde luego a ella misma, si no tenía el 10, se lo adjudicaba. 

      Tenía trece años cuando alguien me vaticinó que jamás sería libre e independiente, si no me alejaba de esa amistad. Fue mi maestra de dos cursos: Geografía, Dibujo y manualidades. Ella era una señora de bajita estatura, muy blanca y con el cabello corto rizado y canoso, casi blanco: no se lo teñía, a pesar de no ser realmente muy mayor, andaría por los cuarenta y cinco. 

Pero esas acciones, y sobre todo la opinión de mi maestra de Geografía, me determinaron a darle la razón a ella, la Sra. Garrido. Durante el tercer año, yo ya sentía la asfixia de esa amistad y como la educación me contenía, seguía aguantándola… Así que, al mismo tiempo, empecé a trabajar con mis padres la idea de irme a estudiar la preparatoria a Monterrey.

      Conseguí no sin insistencia y muchos ruegos que mi padre me concediera venirme a estudiar el bachillerato en la UANL. Un mundo diferente me esperaba acá. No sabría si mejor o no, que en el que había vivido en Reynosa. Pero sí abismalmente avanzado, más abierto y menos sumiso y conservador, más libertario.

      Un día, cuando cursaba el segundo año de Filosofía, en la facultad de Filosofía y Letras, sufrí una alucinación de ojos abiertos y totalmente despierta. Teníamos una de esas clases aburridísimas, en donde nada se aprendía del profesor, aunque él se esforzara, pero solo lograba que más de uno se durmiera o saliera de la clase por media hora, al menos. Esto fue lo que a mí me sucedió esa tarde de verano:

      No sé explicar cómo pasó, pero yo no estaba en el salón de la clase de… sino en Reynosa, en mi Secundaria José de Escandón. Sí, un cuerpo igual al mío seguía allá en Ciudad Universitaria, pero estaba vacío. Yo me había traslapado por una coordenada invisible a la secundaria.  Y, lo sé de cierto, porque años después, aquella compañera que hasta terminar su preparatoria vino a estudiar a Monterrey, a la facultad que estaba al lado de Filosofía, ella me contaría lo feliz que se puso de volver a verme afuera de la Secundaria, justo ese día que tuve tal evento fantástico; viajé a través del tiempo y del espacio, sin necesitar de mi cuerpo, pero sin perder ni figura ni esencia.

      Y, ¿a qué volví a mi secundaria, si ya me había liberado de lo que me ataba y maniataba? Nada menos que a decirle a la Señora Garrido que tenía razón en su percepción sobre mi sometimiento dócil a la compañera dominante y absorbente. Fui a agradecerle que se hubiese atrevido a hacerme sufrir por un momento, con la crudeza de sus palabras, pues eso me abrió los ojos y miré más alto: me vi fuera de mí misma… y en aquella época no me gustó lo que vi.

      Hoy soy tan diferente que casi nada ni nadie logra que calle lo que siento que debo gritar. Y, grito cuando tengo ganas de hacerlo solo para recordarme que soy yo misma, pero con otra voz y voluntad férrea por lograr lo que vale la pena proponerse alcanzar… sin gritos, con razones. Nunca serán vanidades, ni nimiedades.



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