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Paradojas entre silencio y muerte

Paradojas entre silencio y muerte


Publicación:31-10-2021
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En un día común, sólo hay mordidas entrando en mis bolsillos

La torta de un día común

Carlos A. Ponzio de León

      Laboro en la misma delegación desde hace ya diez años, a veces dando rondines por las colonias, a veces quieto en las calles. Jamás he disparado mi arma, no ha sido necesario; solo aviso a los ciudadanos sobre sus infracciones y, para no escalar los problemas, suelen darme una compensación; son los detalles de mi oficio.

      Aquel día me encontraba sobre la avenida Vallejo, con mi pareja, apenas listos para iniciar el día con una torta de chilaquiles de Doña Lucía. Ella apenas nota nuestra patrulla en la esquina y nos las comienza a preparar, sabe que debemos estar listos para salir corriendo ante cualquier llamado. La fonda se encuentra, perfectamente, a una cuadra de avenida Vallejo, frente a una gasolinera, desde donde podemos cazar fácilmente más infractores. Ese día no tenía por qué ser la excepción.

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      Por el inicio de la pandemia, los días aún estaban muy tranquilos. La gente casi no salía a la calle y era raro que manejaran de manera atrabancada. Con esa paz en la ciudad, mi pareja y yo tendríamos tiempo de masticar a gusto la torta de chilaquiles, con una Coca-Cola bien helada y, desde la esquina de la fonda, podríamos reposar el alimento mientras la ciudad se movilizaba tranquilamente. 

      El día inició perfectamente: Mi pareja llegó temprano y pasamos con Doña Lucía antes de las nueve de la mañana. Media hora más tarde estábamos sentados en la patrulla, dejando que el organismo trabajara. Pero a las merititas nueve treinta y uno, escuchamos un rechinido de llantas y el estruendoso golpe de metal contra metal y concreto. “Ya nos tocó un choque y ni vamos a tener que mover el auto”, me dijo mi pareja. “Vamos a atorarlos”.

      Bajamos del vehículo con la peculiar calma que produce haber saboreado la torta de chilaquiles. Al doblar la esquina, mis ojos hicieron contacto con el siniestro y mi cuerpo siguió andando, pero mi alma escapó.

      La gente nos pedía ayuda desesperadamente. Mi pareja regresó volado a la patrulla para solicitar auxilio. A mí no me quedó de otra más que seguir de frente. Me sentía como una botella de plástico en el océano, sin manera de salir de ahí, moviéndome al ritmo de la inmensidad del mar. Vi los rostros pálidos de los conductores y sus almas hechas nudo en sus gargantas. Escuché desde lejos: “¡Cámara poli, échelos pa’trás, antes de que volemos todos!”

      El instinto de supervivencia me empujó a moverme rápido. Los pocos conductores atrapados en el tráfico bajaban de sus autos y huían aterrados; mientras los despachadores de gasolina dirigían el tránsito hacia la única salida segura. Yo sentía el corazón en la garganta y la torta de chilaquiles danzando en mis tripas al ritmo de una maraca. 

      “Hay que cerrar el carril en lo que llegan los bomberos, regrésate por la cinta”, le dije a mi pareja cuando lo intercepté en mi camino hacia la patrulla. “Acuérdese que los recortes presupuestales nos tienen sin una. Usted aviéntese a ver si hay heridos”. Lo pensé dos veces. “Ni madres, pareja, los de rescate ya vienen volados, escucha las sirenas. En lo que vamos para allá, ya los andarán sacando”.

      Con señas y desde lejos, le pregunté a los gasolineros por una cinta. Confirmaron que tenían una, corrí como atleta y la tomé tembloroso, pero a la vez asqueado, sintiendo la torta desbordando mis intestinos. En la carrera y con la adrenalina, y mis movimientos voluptuosos y los nervios a flor de piel, mi arma salió volando. Di unos pasos atrás para recogerla. Apenas si pude hacer la sentadilla; mis manos eran unas maracas al son de Oscar de León. No podía ni desprender la cinta del pegol. Dirigí mis ojos al frente y ahí seguía el tráiler de doble caja: habiendo incrustado una pipa de gas en un poste. El sonido del fluido vaporoso que se escapaba resonaba en mis oídos, como si el diablo me susurrara sus planes.

      Los conductores ya habían desalojado. Mi pareja y yo colocábamos la cinta, como si eso fuera de utilidad. Bomberos y rescatistas entraban de prisa a realizar sus maniobras. La agitación urbana comenzó a disminuir. 

      Quince minutos más tarde, nos avisaron que la situación estaba controlada. Regresamos a la patrulla. En la banqueta había un árbol que tapaba la vista. Me detuve sobre la fuerza de su tronco y lo vomité todo.

      En un día común, sólo hay mordidas entrando en mis bolsillos.

      

Rondín de una noche blanca

 Olga de León G.

No había día en el que ella no se apareciera, por cualquier calle, plaza, casa y lugares diversos. Los periódicos y las noticias de radio y televisión daban cuenta de su presencia diariamente. Su fama la precedía desde hacía mucho tiempo. Y si ciertamente la muerte no era bien recibida casi en ningún lado, todos acababan dándole la razón en cuanto se aparecía.

La noche era propicia para sus recorridos. Por doquier la luz se había ocultado, todos vestían ropa oscura, como si quisieran también ocultarse de algo o de alguien. Y aunque aún era temprano -antes de la media noche-, la gente se preparaba para festejar la fecha como cada quien quería, o le gustaba, hacerlo.

      En casa no acostumbramos festejar “Halloween”, día insulso, de festividades en derredor de crímenes, sangre, brujas que nunca fueron brujas, y sin sentido social. Más bien era un día para divertimento y asustar a los ingenuos. 

      Así nos lo habían inculcado nuestros padres: ¿qué es eso de andar de pedigüeños de golosinas?, con el riesgo de ser recibidos, en el mejor de los casos, con sus naranjas podridas, o dulces baratos. O, no abrir sus puertas y mantener la casa a oscuras, para que nadie se acercara.

      Quizás por vivir muy cerca de la frontera, tampoco teníamos arraigado festejar el “Día de muertos”, nosotros no poníamos altares para recordar a nuestros seres queridos que ya hubiesen partido al “más allá”, como suelen hacerlo en el centro y sur del país.

      La muerte era cosa seria y como tal la respetábamos. Pero, creo que ningún niño nacido a finales de los cuarenta o primeros años de los cincuenta del siglo pasado, se perdió al menos de una o dos historias, contadas por los tatas, los parientes lejanos o las nanas y mujeres de servicio en casa. Historias que nos relataban cuando nuestros padres no estaban.

      De esas historias recuerdo más de una truculenta, de terror, y que -en lo personal- me ponían de punta todos los pelitos de mis tiernos brazos y piernas. Ahora, después de más de cincuenta y tantos años, se me ocurre pensar que lo hacían con el fin de que pronto quisiéramos irnos a la cama, para así, poner en silencio la casa sin la alharaca de los niños aún despiertos.

      Luego que crecimos hasta ser adolescentes, recuerdo buscar por estas fechas, “Día de muertos”, lecturas cercanas al silencio de la muerte. Así fue que di con Juan Rulfo a muy temprana edad… y me enamoré de su prosa, de sus historias vueltas cuentos, y de la propia que yo tejía en derredor de la figura del escritor, como un hombre que amaba el campo, la convivencia con los peones del rancho de sus abuelos, de la biblioteca que tenían en casa de ellos y de su amor por la tierra y todo lo nuestro.

      La muerte también la frecuenté en otra literatura, la anglosajona, a través de Edgar Allan Poe… Igual me encantó, si bien me causaba más miedo que el oír platicar a un muerto con sus muertos que le antecedieron, yendo en busca de su padre, Pedro Páramo, el padre de todos los mexicanos.

      Tal vez, solo tal vez, mi generación fue privilegiada, inició en época de bonanza para el país –tras algunos años después de la Segunda Guerra Mundial-. Y, fuimos educados con principios que se nos repetían una y otra vez, hasta asegurarse de que entendíamos el mensaje, la paradoja o comparación con la realidad; entonces, nuestros padres se sentían satisfechos de lograr algo bueno con sus hijos.

      ¡Qué de bellos recuerdos tengo, de esa época!; y, sin que aplauda la idea de que todo tiempo pasado fue mejor, a veces y ante la superficialidad y ver pasar ante mis ojos vidas dilapidadas en soeces copias ajenas a nuestra idiosincrasia y cultura, a propósito de estas fechas, no puedo evitar reflexionar en: ¿qué hicimos mal los de mi generación, como padres? …para que los hijos piensen, que la diversión y alegría son el último y único fin de esta vida.

      Y esa noche, la esquelética mujer no se llevó a nadie, se fue con un palmo de narices, como verdadera “Malquerida”: todos estaban dentro, escuchando historias interesantes sobre ella. Solo se asomó por una ventana, y no pudo dejar de sonreír… y alejarse. ¿Contenta, defraudada?, no lo sé… y quizás no lo sabré jamás. 

      La “muerte” sigue siendo uno de mis Leit Motiv y temas predilectos. La respeto, tal vez, demasiado; por eso, no sé burlarme de ella.

      



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