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Misterios por resolver

Misterios por resolver


Publicación:16-05-2021
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La víctima decidió dejar de sufrir y pudiera decirse que ella se mató

Muerte imposible

Carlos A. Ponzio de León

      

      En el charco de sangre podía ver el reflejo de la luna menguante. La sangre ya había tomado un tono oscuro, como la sombra de un ave dolida que cae al precipicio, como la del cuerpo que apareció en la orilla de la banqueta, boca arriba, con los pies sobre la calle, desangrado: resquebrajado desde su nuca y por la cabeza hasta el rostro y la boca. Junto a él se encontraban escombros de madera y: cuerdas: blancas la mayoría; otras: rojas y azules. De su propio edificio lo identificaron como el inquilino del departamento 902. 

      El camino de su departamento que daba al barandal desde donde el hombre había sido lanzado, estaba despejado. Pero la puerta de entrada al departamento se encontraba cerrada con llave, con el cerrojo de adentro puesto. Imposible que alguien hubiera podido salir de ahí y haber echado candado. “Últimamente, era un hombre solitario”, dijeron sus vecinos, “no era problemático; pero durante la madrugada se escucharon gritos que venían de su departamento”. Al parecer, discutía con alguien, o con varias personas, y de pronto encendía la licuadora, o un taladro, y se escuchaban golpes de martillo por toda la casa. 

      El comandante González acudió al llamado con dos de sus agentes. Tuvieron que forzar el cerrojo para entrar. Notaron un fuerte desorden en la sala, donde encontraron herramienta de plomería, albañilería y cerrajería, algunas estaban encima de la mesa y otras distribuidas sobre los muebles. Incluso en la cocina, donde también hallaron la licuadora y una batidora, encontraron herramientas eléctricas conectadas a la luz. En el baño, faltaba el inodoro. Presumiblemente había sido lanzado por el patio central del edificio, desde la ventana, porque ahí encontraron escombros de porcelana. Pero era el barandal junto a la sala era el que daba a la calle con el hombre muerto: a una distancia vertical de nueve pisos.

      “Eso era un arpa jarocha”, le dije al comandante González cuando llegué a la escena y vi los pedazos de madera unidos a las cuerdas, sobre la banqueta. Más tarde, un vecino confirmó que la víctima tocaba con un grupo regional, pero que hacía meses que no se reunían para ensayar, al menos no en ese departamento. Lo primero que noté allá arriba, fue un teléfono celular sobre la mesa de la cocina. Una decena de llamadas habían salido durante la madrugada, a tres teléfonos distintos. 

      Esperé hasta la madrugada siguiente para marcar desde mi celular. El primer número se trataba de un consultorio dental, de una tal doctora Mondragón. La máquina contestadora, en ese momento, ofrecía otro número telefónico, en caso de que se tratara de una emergencia. El número coincidía exactamente con el segundo de los números marcados desde el aparato telefónico de la víctima. Marqué y nadie contestó a esa hora. Por la mañana descubrí que se trataba del número personal de la doctora Mondragón. Ella confirmó que había visto varias llamadas perdidas por la madrugada, pero hacía meses que desconectaba su celular para dormir: ya nadie solía molestarla por las noches, con tantas farmacias y consultorios abiertos las veinticuatro horas del día. Pero la víctima le había dejado varios mensajes: “Doctora, este dolor es insoportable. Estoy clamando por su ayuda”.

      ¿La víctima se había lanzado desde el noveno piso, por un dolor opresor, infame y cegador, de muela? ¿Cómo explicar, entonces, el inodoro lanzado al patio central? ¿Y el arpa? El comandante González y yo regresamos al departamento de la víctima, que para entonces ya sabíamos que su nombre era Víctor “N”. Encendimos su computadora y con ayuda de nuestras tecnologías, enchufamos su máquina a otra nuestra: copiamos su disco duro sin necesidad de la clave de su computadora. Mientras tanto, en el laboratorio forense revisaban el cuerpo.

      Lo que encontramos fue que: durante seis horas, entre las once de la noche y las cinco de la mañana, Víctor “N” buscó información en internet sobre cómo quitarse una muela en casa, sin el instrumental odontológico. Visitó casi ciento cincuenta sitios de internet. Encontró de todo: muchas bromas sobre el tema, soluciones que tomaban veinticuatro horas, y hasta la propuesta para abrirse la dentadura empleando ácido. Del laboratorio forense nos confirmaron que había empleado varias soluciones que solo le empeoraron el problema, volviendo el dolor una carnicería de heridas a cuchilladas sobre su cabeza, que nunca terminan por quitarnos la vida para detener el dolor.

      Víctor “N” afectó su sistema nervioso mortalmente, así como el equilibrio químico de su cerebro. Cuando perdió contacto con la realidad, intentó seguir una idea que vio en un programa absurdo de televisión, amarró su muela al inodoro para luego lanzarlo por la ventana. Se destrozó parte de la encía. El dolor jamás paró. Debió haber sido instintivo lanzarse por el barandal con lo que, según sus amigos más amaba: su arpa jarocha.

      

¡Demasiado tarde!

Olga de León G.

      No había sangre en ninguna parte de la habitación, ni en el resto de la casa. Pero había un cadáver. Eso era obvio, e imposible negar que la mujer estaba muerta. Bien muerta. Bueno, no sé si bien o mal, pero muerta. 

      ¿Cómo murió, de qué, o cuál fue la causa de su muerte?, preguntó el auxiliar de la policía que recibió la llamada que lo hizo acudir a ese domicilio. Y, sus preguntas nadie las escuchó; solo en su mente las había elaborado, quería ensayar antes de expresarse ante su superior. Era su primera vez como investigador.

      Cuando por fin se animó a hablar, tras examinar varios detalles y recorrer el cuarto donde la mujer fue encontrada sin vida, dijo en voz alta: este es un caso muy particular. Nadie escuchó algo raro antes de la llamada a la jefatura de la policía, según había indagado entre los vecinos y la servidumbre… Pero, llamaron avisando de un asesinato: así de claro: se acaba de cometer un crimen: no debe privar la impunidad: acudan de inmediato.

      Los expectantes –cinco personas-, quienes fueron requeridos para reconocer a la víctima y atestiguar sobre las primeras indagaciones, se miraron entre sí y siguieron en silencio. Nada más tenían que declarar. Todos coincidieron en los detalles: Nada extraño escucharon… La mujer vivía sola, era muy reservada, ignoraban si tenía familia o pareja, salía muy poco de su casa: en los últimos meses, ni siquiera de su habitación; y no tenía problemas con ninguno de ellos.

      La mujer que se encargaba de la cocina y mantener limpia y en orden su ropa personal, de cama, baño y cocina, era la única que se quedaba a dormir allí. Tenía su cuarto detrás de la cocina, en la primera planta, mientras que la dueña, la dama muerta, casi todo el día lo pasaba en la planta alta. Allí estaba su recámara, baño personal con yacusi, vestidor y cuarto de secado o reposo, cuarto de ejercicios o gimnasio, una sala amplia con todo lo requerido para una reunión de diez o doce personas, o simplemente ver cine, televisión o leer. Abajo, una sala para reuniones formales, con piano y otros instrumentos: tenía amigos músicos y algunos melómanos o amantes del baile de salón. 

      En el jardín de atrás de la casa, había otro gimnasio que podían usar la familia o algunos amigos cercanos, estaba junto a la piscina, que se hallaba rodeada por los vestidores y baños de ducha y saunas. La mujer vivía bien, había tenido varios triunfos con su arte y ahora, después de que se había retirado de las competencias, disfrutaba de sus logros con amigos y familia que la visitaban en ciertas temporadas.

      ¿Quién la mató? ¿Por qué alguien querría matarla? Nada robaron, todo estaba en su lugar. Y, ¿las llamadas…? ¿desde qué número de celular o teléfono habían salido? ¿Cuántas llamadas hubo?

      Cuatro llamadas, de tres diferentes teléfonos y separadas las primeras entre sí, solo por un par de minutos. La primera fue a la Cruz Roja. Había sido una llamada anónima, señalando que debían acudir rápidamente, para que salvaran de morir a alguien. Como quien llamó no proporcionó más información que una dirección: no la tomaron en cuenta, pensaron que se trataba de alguna mala broma, que querían reírse de ellos. La segunda fue a la Jefatura de la Policía, desde un celular: la voz era de una mujer y decía que un asesinato acababa de cometerse. A la pregunta de ¿Quién habla? La respuesta fue: la asesina.

      La tercera llamada se hizo desde el primer teléfono, cuatro minutos después de la primera: “Demasiado tarde”. “Ya no hay a quién salvar”, se escuchó. Entonces, quien recibió las dos llamadas a la Cruz Roja, llamó a la policía (esta fue la cuarta llamada), y les dio la dirección que había recibido. Al mismo tiempo, una ambulancia salió a toda prisa rumbo al Pedregal.

      Tras media hora de lucubraciones, el auxiliar de investigación de la policía, se dirigió al Comandante: La víctima decidió dejar de sufrir y pudiera decirse que ella se mató. Pero, no fue así de simple. Necesitó la ayuda de alguien más. Alguien que se anticipara, en un momento de titubeo ante lo que su ama quería hacer. Desgraciadamente, ella también actuó, ¡demasiado tarde!



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