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Manto de realidad y magia

Manto de realidad y magia


Publicación:07-05-2022
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El dinero a veces se convierte en un fruto venenoso, y a la vez suculento para quien no tiene corazón

El filo de los billetes

Carlos A. Ponzio de León

Querido Ernesto: Me parece que pudo haber sido en el año de 1984 o 1985 cuando nos agarró la nevada. Luisito tendría unos diez u once años, y me lo quise llevar rumbo a Nuevo Laredo, con miras de cruzar del otro lado de la frontera y comprarle su regalo de navidad. Fue el mismo veinticuatro de diciembre que María Luisa nos llevó en el carro a la central de autobuses. Salimos de la casa como a las siete de la mañana. Entonces todavía podía subirme a cualquier camión de Transportes del Norte sin pagar, porque había sido apoderado legal de la empresa y todavía se acordaban de mí, además de que siempre llevé buena relación con mi tío Facundo, que era dueño de cuatro o cinco unidades. "Licenciado, ¿dos para Nuevo Laredo?", me dijo la encargada de los boletos. "Si me hace el favor, Lupita", le respondí, y luego me hizo notar una mancha de cátsup que traía en la camisa, abajo del saco. Nos habíamos detenido en el camino con María Luisa a desayunar unos cocteles de camarón, en la calle de Aldama. A Lusito le encantaba la combinación de cátsup, limón y aguacate. Lo que no nos imaginábamos es que no íbamos a llegar a la frontera, y mucho menos lo que tendríamos que pasar para regresar a la casa.

Nos subimos al autobús en el andén diecisiete. No se me olvida. Las unidades se estacionaban junto a unos muros de concreto que ya para entonces estaban viejos. El camión salió a las 8:45, así es arribaríamos al destino por ahí de las 12:15. Son doscientos veinte kilómetros de distancia, que ahora con la autopista se recorren en dos horas y media, en carro. Pero en aquel entonces, el autobús nunca aceleraba por encima de los noventa kilómetros por hora, y además se detenía en Sabinas, Hidalgo, para que la gente desayunara. A Luisito le gustaba ir sentado junto a la ventana. Y noté que traía frío, así es que le presté mi saco para que se lo pusiera sobre las piernas. Al subir la cuesta de Mamuilique, sentí un mareo, y segundos después percibí que no era yo, sino el camión que se iba ladeando. Me levanté para preguntarle al chófer: "¿Hay hielo en la carretera?". Dijo que sí. Ya iba buscando dónde detenerse sin resbalar al precipicio. A cincuenta metros encontró un pedazo de cerro plano hacia donde deslizó la unidad. El autobús se fue en línea recta, ladeado, pero sin volteamos. Varios automóviles estaban parados en la carretera. Y uno se había desbarrancado, pero su conductor había sido rescatado por la misma gente. Comenzamos a caminar de regreso. Son sesenta kilómetros a Monterrey. Hacía un frío Siberiano que se metía por la planta de los pies como si no trajéramos calcetines ni zapatos, y llegaba hasta la cabeza. El viento venía con una llovizna que se nos cuajaba en los pómulos abriéndonos la piel.

Inmediatamente noté a una señora joven que llevaba en brazos a un bebé llorando. Le ofrecí cargárselo y envolverlo con mi saco. Así anduvimos unos quinientos metros, hasta que el niño dejó de llorar. Yo solo esperaba que no hubiera ocurrido lo peor. No le dije nada a la señora. Más adelantito nos encontramos con un Datsun azul oscuro que estaba atravesado en la carretera. Pidió ayuda para voltear el carro y emprender el regreso. "Súbete al asiento de atrás", le dije a Lusito, e igual a la señora, y le regresé su bebé. Fuimos tres los que enderezamos el automóvil y nos subimos al cofre cuando encendió. Nos llevó hasta un restaurante que estaba a unos cinco kilómetros de distancia.

Pregunté entre los comensales, y uno de ellos venía para Monterrey. Nos dijo que nos tría. Otro que andaba merodeando nos escuchó y también se apuntó. Él se subió adelante, en el asiento de copiloto, y Luisito y yo nos fuimos atrás. Yo iba platicando con la emoción de quien finalmente se salva del peligro, y le comenté al chófer que íbamos para Monterrey. Pero en Ciénega de Flores, a treinta kilómetros de la Central de Autobuses, el tipo que iba de copiloto le dijo al dueño del auto. "Si los dejas aquí y me llevas a mí, a mi casa en San Pedro, te doy cinco mil pesos". 

Se me trabó la quijada. ¿Pues no crees que el chófer se estacionó inmediatamente en un restaurante y me dijo: "Hasta aquí llego"? Me bajé con Luisito, sintiendo como si me hubiera tragado un bolillo hecho piedra y se me estuviera mezclando con engrudo en el estómago. Caminamos quince kilómetros hasta el entronque con Salinas Victoria, con el viento que nos empujaba y que cubría de blanco todo lo que tocaba, incluyendo el cabello negro y el rostro de Luisito. Caminamos tres horas hasta que pudimos ver el primer camión urbano, uno de la ruta Álamo que nos llevó a la Punta de la Loma.

Lo que es usar el dinero para hacer daño, Ernesto. El dinero a veces se convierte en un fruto venenoso, y a la vez suculento para quien no tiene corazón.

Los juegos de Vero 

Olga de León G.

La niña seguía en cama, su padecimiento la mantenía adherida al lecho y poco podía hacer para levantarse, por más que lo deseara. Los niñas y niños del barrio ya la extrañaban, tenía más de quince días sin salir a jugar: ¡dos sábados y dos domingos! Para quien era el alma de sus juegos, esos días de ausencia, habían sido los peores de sus vidas. Pero, ella, ¿qué podía hacer? Nada, solo esperar que, a sus padres, los doctores les dijeran que lo peor había pasado y que la niña podía regresar a su vida de escuela, juegos y cuanto hacía antes de enfermarse.

-Ya falta menos, hijita, -le dijo ese día su papá, una semana más tarde. Justo, un día antes de que todo cambiara.

Tocaron a la puerta de la casa de Verito, tres señores vestidos de blanco, con batín como el de los médicos y con sus respectivos portafolios. Como sus padres no acudían al llamado, y la niña al fin pudo levantarse de la cama, ella fue a abrir la puerta:

-Niñita, ¿están tus papás en casa? –Creo que no, pues de ser así, ellos ya estarían aquí y no yo.

-Bueno, no importa, por ti, es que venimos y por quien estamos aquí, hoy. Necesitamos que nos acompañes, te llevaremos a un gran viaje de exploración que seguro te gustará. –Decían todo eso, al mismo tiempo que extraían unos frasquitos con cierto líquido que rociaron sobre la cabeza y todo el cuerpecito de Vero: mojando su camisón color de cielo y sus pantuflas en un tono más fuerte, pero también azul-celeste.

Pronto la niña cayó en una especie de letargo y uno de los hombres de blanco la sostuvo para que no se cayera y no golpeara su cabecita contra el piso. Cuánto tiempo transcurrió entre su desmayo y "el viaje", no se sabe con certeza. Ella despertó y en cuanto lo hizo se dio cuenta de que estaba en un lugar que le era y no desconocido, pues no sintió miedo, era como uno de esos lugares que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos visitado en sueños o hemos imaginado estar en ellos.

Rodeada de un hermoso jardín con fuentes, lagos miniaturas, mariposas revoloteando en derredor suyo, algunos conejitos pequeños y otros animales pacíficos, aunque fueran algunos felinos y reptiles, que iban y venían de un extremo de lo que alcanzaba a ver, hasta sus pies, Verito gozaba del espectáculo. Entonces, miró en su derredor y no vio ni a sus papás ni a los tres hombres de blanco que la sacaron de su casa. En cambio, si empezó a distinguir a otros niños, entre los que reconoció a algunos de sus amiguitos, los que con ansias esperaban se aliviara, para que pudiera salir a jugar con ellos.

Ahora, ya estaba allí, donde quiera que fuera, pero estaba fuera de la casa y con amigos conocidos que de inmediato se le acercaron, llamándola: -Vero, Verito, ya te aliviaste, ¡qué bueno! 

Pero, ella no alcanzaba a escucharlos y poco a poco, tampoco pudo verlos: las siluetas se fueron desvaneciendo.

Apareció nuevamente en su casa, los hombres de blanco la miraban callada y solo preguntaron por sus padres. La niña se dio la vuelta y los buscó dentro de la casa: en efecto, estaba sola, pero no era su casa, era algún lugar mágico en donde encontró una salida a sus problemas, solo tenía que invocar a su hada madrina, la que la bautizó, y que hoy, este día, como por arte de magia, ella se levantó de su cama... Y, se fue a jugar a las escondidas con Dios y los ángeles que se la llevaron... ¡al Paraíso!



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