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Los que se van y los que vienen…

Los que se van y los que vienen…


Publicación:01-01-2022
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¿Cuánto pagaría porque las cosas volvieran a ser como eran antes? Que le suelten un número, una cifra

El año del Tigre

Carlos A. Ponzio de León

Nadie: Dios abrió las puertas del cielo, por encima de las nubes y no encontró a nadie formado, haciendo fila para el trabajo que había anunciado: convertirse en Año Nuevo. “Voy a tener que subir el salario que ofrezco”, se dijo. Regresó a su mansión y se dirigió a la oficina. Se sentó frente a la computadora para realizar otra publicación en redes sociales. Incrementó la compensación anual en cincuenta por ciento. Apretó el botón de “Enter” y el anuncio apareció en Facebook, Instagram, Twitter y, por supuesto, en LinkedIn. Pensó en crear un perfil falso: una mujer atractiva y publicarlo en Tinder, a ver a quién atraía. Realizó llamadas a Head Hunters en Nueva York, Paris y Londres, y a otros tantos en El Cairo, Moscú, Jerusalén y Tokio. Quien lo escuchaba por teléfono, lo notaba desesperado. “¿Con qué características necesita a su Año Nuevo?” “Alguien optimista, convencido de las diferencias entre el bien y el mal, que tenga el temple de los políticos para tranquilizar y aparentar que no está pasando nada, cuando en realidad se esté viniendo abajo el mundo. Pero no me traiga a un mentiroso compulsivo, un engañador perverso: Más bien necesito a una persona de bajo perfil, que casi nadie conozca y no tenga mucha cola que le pisen. “¿Para cuándo?”, “A la de ya. Debo encomendarle tareas antes de que inicie el año”. “Está muy complicado, señor Dios. ¿No podrá repetir el 2021 para el 2022?” “Ni me diga. Consiga a alguien”. Y Dios colgó el teléfono.

A las dos horas le llamaron desde un pueblo perdido en el Amazonas. Un hombre con acento ruso: “Encontramos a su empleado, señor Dios. ¿Puede recibirlo hoy mismo?” “Mándelo en avión”. Cuando el Creador abrió la puerta, se encontró con un miembro de la tribu de los Korubos. Venía semidesnudo, de cabello largo a media espalda, alto y musculoso como nadador olímpico, cargando sobre su espalad con una balsa. “Acompáñeme”, le dijo Dios, y lo guio a la sala B.3412 de su mansión. “¿Ha lidereado algo en esta vida?”, le preguntó el Señor cuando lo tuvo sentado en la comodidad de sus aposentos de algodón de azúcar. “A mi pueblo. Cada año los salvo de naufragios por tormentas e inundaciones de los ríos”. “¿Tiene esposa?”. “Varias”. “Las va a extrañar en este puesto. Es extremadamente demandante. ¿Le importa?”. “¡Claro!” “¿Y si le aseguro que al final del año, aunque bastante desgastado, será más atractivo para muchas otras?”. Curaray el Tigre se quedó pensando un largo rato. “¿Y qué sucederá con mis actuales mujeres y sus hijos?” “También a su pueblo guiará hacia el nuevo futuro de la humanidad”. Curaray siguió pensando. Miraba el techo de estrellas y las paredes de mar. “De acuerdo”, dijo finalmente, desamarrando de su espalda la balsa y colocándola en el piso de madera. “¿Viene seca su embarcación?”, preguntó Dios. “Una gota de agua aquí podría convertirse en lluvia torrencial para la tierra”. El Korubo revisó su balsa y al final le dijo: “Seca como valle de la Antártica”.

“Mire, señor Curaray el Tigre”, comenzó diciendo el Creador, “hay un tema de salud pública en la tierra; no sé si ha escuchado de ello”. “La tribu cuenta con televisores, Señor Creador. Aunque a nosotros no nos ha afectado”. “Pues le va a parecer un poco extraño al hombre civilizado que vaya usted a ser el Año Nuevo. El punto es que tendrá que ingeniárselas para ir soltando sobre la tierra, una noticia que en principio no se ve muy buena. Hasta ahora, todo mundo mantiene la esperanza de que un día volverá la normalidad. Ya volvió la normalidad. La gente va a tener que vivir con este virus el resto de los días. Y los nuevos que vienen, porque seguirá mutando, multiplicándose: de pronto volviéndose más, y en otras ocasiones menos peligroso. Lo buenos es que ya hay lugares donde la gente anda por la calle como en su casa, sin precauciones. Sobre todo: donde la vida está devaluada. Súbase al metro de la Ciudad de México y lo comprobará. A esos no les va a tomar por sorpresa la noticia. El tema, sin embargo, será para los países desarrollados, que tienen un nivel de consciencia diferente, no les va a gustar. Esos andan por la vida persiguiendo el futuro y ven en él nada más y nada menos que el progreso, la mejoría, y continuarán armando el rompecabezas de la ciencia que acabe con el virus. Aunque ellos probablemente sobrevaloran la vida, ahora tendrán que acostumbrarse a su propio estancamiento, a hacer de la sobrevivencia su prioridad. 

Pasará el tiempo y al final erradicarán lo que tenga que erradicarse. El mensaje que, ya usted mismo encontrará la forma de enseñarlo, es: Comiencen a valorar la vida diferente, porque la muerte les andará por ahí rondando durante mucho tiempo. El momento de la fraternidad ha arribado. Eso quizás les traiga una nueva visión de la libertad y la igualdad; sobre lo que es importante en esta vida. Y al final, por favor, no deje de preguntarle a cada ser humano: ¿Cuánto pagaría porque las cosas volvieran a ser como eran antes? Que le suelten un número, una cifra. El próximo año hablaremos de los bienes públicos y del valor del arte, de la ciencia y de la creatividad…

El que va en camino

Olga de León G.

Iba caminando por la acera de una calle cualquiera, con la mirada perdida entre el cemento crudo y real de las banquetas. Ya parecía no importarle mucho si llegaría a tiempo, un poco adelantado o ligeramente retrasado. Sabía solo una cosa con toda claridad: “Llegaría, a donde quiera que sus pasos lo condujeran, habría de llegar”. Era lo único que tenía por seguro.

Algunos transeúntes de a pie o en auto, lo saludaban: unos más efusivos que otros, algunos de plano le negaban el saludo y hasta la mirada, ni de reojo querían verlo ya. Era como si supieran que se había declarado en bancarrota.

Un pequeño lo ve y se le llenan sus ojos de tristeza, el corazón se le estrujó como trapo viejo demasiado desgastado y sus brazos y manos apenas si alcanzaron para señalarlo y con ellos extendidos, llamarlo: ¡Abuelo!, siempre te querré, regálame un abrazo...  El anciano pareció cobrar vida, pero no acudió al llamado; tenía que llegar a donde fuera que iba… 

Dios que siempre está al pendiente de todas sus criaturas, si bien no a todas las puede ayudar de la misma forma ni con la premura que ellas lo requieren, a pesar de ser el guardián del tiempo y de la salud como de la enfermedad de sus hijos, sean grandes o pequeños; más buenos que malos o incluso perversos pues Él siempre ve por todos, y ahora, como nunca antes, se sintió apesadumbrado:

El mundo no camina en el sentido que yo les enseñé, mi ejemplo no ha sido suficiente, pero tengo que dejar que cada uno asuma su parte, como yo asumí la mía por todos.

De pronto aquel hombre que parecía cansado en extremo y extraviado, se detuvo. Se sentó a la orilla de un arroyo que encontró en el camino por donde iba, elevó con gran esfuerzo la cabeza para mirar al cielo: “Señor -imploró en silencio-, ¿acaso no hemos castigado suficiente a los humanos, todo este tiempo en el que mi dominio quedó preso de la nueva peste del siglo XXI?”. Dejadme retirar con cierto decoro, concédeme que quien viene detrás de mí no los invada con otras variedades de pestes y contagios.

El niño aquel que le extendió sus bracitos unos minutos antes, se acercó junto al viejo débil y cansado, y le dijo: “Abuelo, tu turno ha terminado: cierto es que te llevaste muchas vidas; pero, también dejaste que vivieran muchos”. Y una voz más, se sumó para decir: no ha sido del todo la culpa tuya, venerable anciano: cada uno tuvo parte de responsabilidad en su pasado, en su presente, y la tendrá en su futuro.

Los tiempos cambian, a veces para mejor; otras, para igual, o para empeorar. Yo no soy arcano ni sabio, apenas si comienzo a vislumbrar algo: unas lucecitas que me dicen que estoy llegando al principio de todo lo que tú ya terminas hoy, cuando las doce campanadas del reloj del mundo en cada nación, marquen el Final del viejo año, y el Principio de un Nuevo Año… Niño y abuelo desaparecieron. Este se fue al retiro de los tiempos pasados. El pequeño, a vestirse de gala para su entrada triunfal: ¡Feliz Año 2022!



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