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Llovizna en días vulnerables

Publicación:17-09-2022
Si tan solo supiera cómo vivir sin angustia. Si tan solo supiera cómo serán las horas por venir. Si tan solo supiera que no tengo de qué preocuparme
Un día, ni más ni menos difícil…
Olga de León G.
Si tan solo supiera cómo vivir sin angustia. Si tan solo supiera cómo serán las horas por venir. Si tan solo supiera que no tengo de qué preocuparme. Si tan solo supiera que todo pasará como otro día cualquiera. Si tan solo supiera que muestras vidas siguen el curso normal: paralelas y juntas. Si tan solo supiera que tus tiempos y los míos nunca se separarán. Si tan solo supiera…
Pero, nada sé; y eso es lo normal. La angustia vive en mí, anidó en mi espíritu y se niega a ir a ninguna otra parte. Tampoco sé cómo serán las nuevas horas… y siempre ha sido así. Y, no obstante, sé que siempre me preocuparé por lo que puede ser o no ser: es parte de mi naturaleza acelerada y adelantada siempre a todo y en cualquier momento. El tiempo es un hecho infalible que no está bajo mi poder ni mi tutela: igualmente, lo sé.
Déjame –Dios, Naturaleza o Vida- que descargue mis temores, que saque mis miedos, que los asolee un poco. O los lleve bajo la lluvia y me empape en ella. Quizás el agua refrescará mis ánimos y me dará un poco de paz, en medio de la nada y todo; que esta vida mía, es a veces aburrida y la misma, de tan monótona y sin chispa o gracia alguna; otras, tan diferente e incontenible en una sola: ¿necesitaré volver a nacer y vivir otras vidas?
No. Una será suficiente. Mi vida sin esta vida, nada sería. Entonces, ¿por qué sufro, por qué me angustio? Acaso, ¿estudiar Filosofía me habrá definido un poco, o del todo? O sería a la inversa: estudié Filosofía porque ese era mi único camino: ir por la senda del conocimiento cuestionándolo todo… cuestionándome a diario. ¡Si tan solo lo supiera!
De niña sufría por lo que veía, por lo que a otros les pasaba. Por lo que no podía remediar, porque mi amor no alcanzaba para que otros se amaran. Porque no podía arreglar lo que a mi alrededor estaba un tanto sin brújula o sin apego para darse sin medida y darlo todo por los otros, como por sí mismo.
Amar es tan sencillo, o eso me lo parece. Todos amamos lo bueno, amamos el bien y amamos sin condición ni medida, cuando nos enamoramos: pero el enamoramiento se acaba… Eso es un hecho irrefutable al que nos enfrenta el tiempo. No obstante, siempre quedan los asientos, la base que nos puso en situación tal de enamoramiento.
Y, sin embargo, sufro cuando presiento que alguien no me conoce como yo me conozco a mí misma, o creo conocerme. Qué es, pues, lo que sé de cierto: poco o nada.
¿Será eso vanidad, o es pedirle demasiado a la vida? No lo sé: nada sé de cierto. Mas, amo a Sócrates, el griego de la Antigüedad, porque puso el dedo en el meollo del asunto: “Solo sé que no se nada”. Y si esto ya es bastante saber… No es, por otra parte, suficiente. No para un espíritu inquieto que busca apaciguar sus ansias, asiéndose a una respuesta cierta y firme. A sabiendas de que filosofar no es elaborar recetas; ni siquiera un buen bosquejo, a lo mejor, solo una aproximación a la verdad.
Estoy entrando en la etapa de la vejez, aunque no me reconozco como vieja, ni me siento tal. Pero los años dicen mucho, y la séptima década ya es un puente seguro para llegar… si logramos llegar. Hay que enseñarles a los niños, a los bebés a caminar: un paso a la vez… Aunque ellos lo harán a su tiempo y a su ritmo. Quizás no gatearán, quizás se elevarán del piso un día y empezarán a correr. Habrá que ayudarlos a que no tropiecen y a que entiendan que no por caminar más de prisa o correr, llegarán primero, a su primera meta. Llegarán, no hay duda, pero que no se apresuren, que no por levantarse primero, amanecerá antes:
El sol aparecerá a la hora que debe iluminar el horizonte y se meterá, cuando el día se apague…
Hoy fue un día como cualquier otro: ni más largo, ni más corto; ni más tranquilo o más difícil; fue como tenía que haber sido hoy… Y, no mañana.
La fragilidad del vidrio
Carlos A. Ponzio de León
Ingresó a la universidad sin esperanzas de sobresalir. Los temas de precios, consumo, inversión y gasto público, que había escuchado eran tratados en la carrera de economía, no le llamaban la atención. Pero entonces escuchó en los pasillos de la facultad que un área como la economía solo era inteligible para unos cuantos. Se hablaba de la frase de Keynes que decía que los economistas, ya no los buenos, sino tan solo los competentes, eran auténticos mirlos blancos. La idea de que los conocimientos eran de difícil acceso, le atrajo. Comenzó a leer libros adelantados al nivel que cursaba. Se imaginaba ingresando a alguna de las escuelas norteamericanas de mayor prestigio: Chicago, Stanford, Harvard, MIT, donde enseñaban los economistas más famosos e influyentes del mundo.
Ramiro también se enamoró de la facilidad con la que los economistas podían traducir el comportamiento humano a un conjunto de ecuaciones, a partir de unos cuantos supuestos. Iba a los cafés a pasar las tardes leyendo, resolviendo ejercicios de los libros avanzados y revisando que sus respuestas fueran las correctas al cotejarlas con las claves que los autores daban al final de sus libros. Aprendió que Adam Smith, David Ricardo y Alfred Marshall, habían trascendido su tiempo, dejando ideas para la posteridad, de las cuales aún se hablaba. Quería llegar a ser como ellos.
A mitad de la carrera, escuchó que los economistas más famosos de su tiempo vivían como estrellas de cine. Decidió buscar a algún profesor que le enseñara las reglas y procedimientos que deben seguirse para producir investigación económica. Seguía soñando en realizar un doctorado en los Estados Unidos. Enfocado en las materias centrales de la carrera, las aprobaba con la mejor nota del grupo. Comenzó a ganar los premios a los mejores trabajos finales en su facultad.
Pero al final de sus estudios se topó con una barrera importante. No sabía inglés. Reprobó los exámenes de lengua que eran necesarios para ingresar a un doctorado en Estados Unidos. Solicitó ingreso en una escuela en Barcelona, y lo mismo, las clases eran en inglés. Escuchó que, si realizaba una maestría en alguna escuela importante de la Ciudad de México, tendría posibilidades altas de ingresar a un doctorado en el extranjero. En la maestría era obligatorio tomar clases de inglés durante los dos años de estudios. Se mudó a la Ciudad de México.
Apenas arribó, envió sus inicios de investigación, traducciones de artículos extranjeros al caso de la economía mexicana, a revistas académicas del país. Publicó varios. Seguía con la mirada puesta en realizar su doctorado en alguna de las mejores universidades del mundo. Pero eso no le impidió declararle su amor a una compañera de escuela. Se casaron. Esperarían unos años para tener hijos; tal vez en el doctorado.
Cuando el momento de las solicitudes al extranjero llegó, había acumulado cuatro publicaciones en revistas internacionales, las calificaciones en lengua extranjera por encima del mínimo exigido por las universidades, y una nota dentro del uno por ciento más alto, a nivel mundial, en los exámenes de coeficiente intelectual en razonamientos matemático y analítico.
Fue aceptado en la universidad en la que había soñado, desde hacía siete años: Chicago; abundante en Premios Nobel. A inicios de septiembre arribó con todo y esposa, más cuatro maletas. Las dificultades con el lenguaje fueron evidentes desde que abordaron al avión. Ramiro no entendía nada, ni siquiera las indicaciones que el piloto daba en inglés y desde la primera semana de clases descubriría que no entendía el inglés pronunciado por norteamericanos y profesores extranjeros. Encontró un abismo entre el inglés de la escuela mexicana donde había estudiado su maestría, hablado por un connacional, y el inglés real. Pagaba un precio alto en horas de lectura y estudio que compensaban su falta de comprensión en el salón de clases. Pasó con notas extraordinarias algunas materias al final del primer semestre, pero con calificaciones bajas en otras.
Ramiro aprendió que su sensibilidad al estrés no era resistente. Se deshizo como pedazo de pastel pisoteado por un elefante. Fue internado en los servicios de salud mental de la universidad. “Tenemos que regresar a México, acepta que no estás pudiendo con esto”, le dijo su esposa. Tres semanas más tarde, cuando el medicamento hizo su efecto, Ramiro encontró que no podía concentrarse y su habilidad para aprender había sido reducida a papel carbonizado. Ramiro y su mujer hicieron maletas de regreso a México. La obsesión que había guiado cada acción de Ramiro durante los último ocho años, se quebró como bola de cristal a la que se le aplica fuego directo, hasta que se le hace estallar.
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