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Las horas y los días

Las horas y los días


Publicación:26-06-2022
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La compañía no le hacía falta: pensamiento, recuerdos, imaginación y frases que se le atravesaban sin pedir permiso

El aplauso de la tarde

Carlos A. Ponzio de León

Al entrar al casino, recibimos el soplo del cielo eléctrico, a través de los aparatos del aire acondicionado. Afuera del palacio de alfombras, más allá de los muros y a cuarenta y cuatro grados centígrados, el infierno ardía con su abismo sobre todo lo que encontraba parado sobre la calle: peatones, autos, árboles que se secaban junto a las banquetas. El sonido proveniente de las trompetas de los músicos callejeros parecía alarido de demonio o de alguno de sus dragones, y el metal de los instrumentos parecía que se convertiría en plástico arrugado. Aún faltaban dos horas para que la sombra infernal de la noche emergiera desde debajo de la tierra para subir y tapar el sol de Nuevo Laredo. En el auto viejo de mi tío Tony, color azul carcomido por el calor, de ventanas que subían y bajaban con manivelas, nos habíamos dirigido de la central de autobuses, donde me había recogido, al casino que quería que conociera con todo y sus maquinitas. Nos estacionamos en un amplio asfalto humeante, bajo la mísera sombre de un árbol muerto de hambre y sed. A mí no me excitaba la cosquilleante adrenalina del juego, sino que me parecía un desperdicio de recursos para comprar algo útil: latas frías de cerveza, que sí anhelaba tomar en casa de mi tío desde hacía al menos dos años.  “Nada más una probadita”, me dijo el tío Tony, y compramos cien pesos para cada uno, convertidos en monedas de un metal que parecía extraído de minas de cemento de un mundo artificial y verdadero. “Yo he ganado hasta medio millón de pesos en este lugar”, me dijo orgulloso.

Caminé detrás de él y cuando cruzamos el umbral y estuvimos dentro del salón, tuvimos de frente al ejército hambriento, formando filas y filas, columnas que solo la violencia de una bomba podría deshacer. Él sabía por dónde caminar. Nos metimos al tercer pasillo. Tomó asiento en uno de los banquillos y aunque no me lo pidió, yo me acomodé frente a una caja de juego junto a él. Dio de tragar una moneda y yo hice lo mismo frente a mi robot. Lo vi apretar un botón y lo seguí. Los recuadros digitales que daban la ilusión de girar, de pronto se detenían para dejar ver figuras infantiles de frutas. No era necesario conocer el mecanismo para ganar. Eso lo determinaba la máquina. Giraba, mostraba el resultado y vomitaba o no vomitaba más monedas. Otra vez: alimentar al soldado de juego por la rendija y hacer “push” en el botón. De otra manera, el mundo de la ilusión no giraba. Yo me movía despacio, sin la práctica de mi tío. Él entrenaba en ruletas de internet desde la computadora de su casa, trabajando las matemáticas de ingenieros y sus probabilidades, para luego ir a enfrentar en combate real a las máquinas del casino. “Estas no están pagando, Charly, vamos a otras”, me dijo luego de cinco intentos suyos. Yo apenas entablaba una relación de diálogo con mi aparatejo.

No nos movimos de fila. Dimos unos pasos y cambiamos de acera. Los nuevos aparatos tragamonedas tenían: no cinco, sino tres pantallitas de figuras. Moneda, rendija y botón. Nada. Moneda, rendija y botón. Nada. Quise apresurar el paso. Iba agarrando la confianza y perdiendo la esperanza. Pero había luz al final del camino. Mientras más rápido terminara con los cien pesos, más pronto nos iríamos a la terraza del hogar de mi tío, y beberíamos las prometidas cervezas. 

De pronto, la máquina le regresó diez metalitos a mi tío Tony. “Estas sí están pagando, Charly”, me dijo entusiasmado. Y volvió a darle de tragar una moneda por la rendija. Mi mundo se desmoronó. Las cervezas se retrasaban. Moneda, rendija y botón. Nada. Moneda, rendija y botón. Torreta de luces y música para saltar. Me pegaron un susto. “Le diste a algo, Charly”, me dijo el tío Tony. La máquina comenzó a escupir monedas como si yo tuviera una carretilla para recogerlas. 

Mi tío me ayudaba. “Cada una de esas vale cien pesos; velas contando”. Uno de los uniformados, humano del lugar, trajo un recipiente de plástico. Ahí las fuimos echando. “Yo creo que las cervezas nos van a salir gratis”, le dije a mi tío. “Y la carne asada”, respondió él, carcajeando. Sesenta monedas en total. “¿Cómo ves, le seguimos, Charly?”, me preguntó mi tío, asiduo jugador. No le costó trabajo condescender conmigo cuando vio mi rostro dibujando la tristeza. “Vámonos por las cervezas, tío, yo las invito”. Y salimos del lugar para recibir, no el bochorno, sino el caluroso aplauso de la tarde.

La sonrisa de la mañana

Olga de León G.

No me limites mundo, que ahora mi corazón y mi mente son uno. Y quieren volcar su ser en torrente de palabras. Qué importa si tú no me entiendes, me basta con que yo entienda. He de sacar las palabras, que dentro de mí se ahogan… y, me matan: así, voy muriendo un poco cada noche y renazco por la mañana.

Soy poeta por esencia. Y, narradora por lujuria de hacer con la prosa poemas y baladas… y una que otra melodía que se lleva el viento hasta los confines del cielo. 

Aunque, tú, ¡no me entiendas! Qué importa, mundo… si yo me entiendo, y sé lo que sé y lo que quiero llegar a ser… cuando amanezca otra vez.

Cuando dormir es un lujo y conciliar el sueño, un acto de magia… la vida se nos puede ir como humo entre los dedos. Por eso, siento que la mía se va sin que pueda detenerla ni convencerla de que dormir no importa, más relevante que dormir, son los sueños, sean fraguados en la vigilia o en lo profundo de la mente suspendida entre la realidad y la fantasía.

Lucubraba tales ideas mientras el auto se deslizaba sobre la carretera. Ese camino ya lo había recorrido mucho, tiempo atrás. No llevaba más distracción que su mirada puesta al frente y en la campiña que parecía seguir al auto: siempre la misma, sembradíos cuadrados, algunos montones de paja o hierba recortada y reunida para luego levantarla de allí.

La compañía no le hacía falta: pensamiento, recuerdos, imaginación y frases que se le atravesaban sin pedir permiso, poniéndosele enfrente sobre el cristal del auto, eran sus fraternos, siempre que salía de viaje. Manejaba muy tranquilamente, con poca compañía por fuera: casi no transitaban autos por ese rumbo.

Tres horas continuas de manejo, y por fin llegó a un poblado, no estaba segura de que fuera el que buscaba, pero necesitaba cargar gasolina y revisar el aire de las llantas… también comer algo y tomar un café bien negro sin azúcar para acabar de despertarse. Tras resolver lo básico: ir al baño para mojarse el rostro y verse en un espejo, pues quería saber si seguía siendo ella, la misma de hacía unas horas. Al parecer lo era, salvo por los párpados que se veían algo hinchados. Había manejado llorando casi todo el camino. Y cuando no lloraba, rezaba.

- Oiga, señora, sabe usted en dónde vive don Sabas.

- La mujer apenas si la vio y se echó a correr.

- Volvió al tendajo-depósito en donde había comprado un refresco, su café negro y… Preguntó por don Sabas al que atendía la caja. El hombre mayor la miró fulminándola con sus ojos cafés redondos, nada dijo, solo le indicó la salida. 

- ¿Qué sucedía?, ¡nadie quería darle información!: o al tal Don Sabas nadie lo quería, era el apestado del pueblo o, ¿sería un demonio?

- “Es que quien habla con él enferma gravemente o muere a los pocos días”, le dijo una viejita, sentada en una mecedora al otro lado de la entrada a la tiendita.

Pero, la mujer que llegó al pueblo preguntando por el chamán que le recomendaron desde su ciudad, para que la ayudara a salir de sus problemas, no bien escucha a la ancianita: recapacita en que esa viejita, la mecedora y el porche no estaban allí cuando ella entró a la tienda-depósito.

Decidió no volver el rostro y siguió caminando hacia su auto. Ahora, salió a su encuentro una niña que con una sonrisa le señaló cuál era la casa de don Sabas, por toda razón y sin que ella le preguntara, la niña dijo, señalando con su índice de la mano derecha: en esa casa de ladrillos rojos vive el viejo brujo.

Dejó, de paso por su auto, el resto de lo que compró para el camino. Y se dirigió a la casa de ladrillos, la única en lo que alrededor se divisaba de casas.

-Ave María… entonó al estar frente a la puerta entreabierta de la casa.

-Sin pecado concebida.  – Le contestó una voz femenina desde la penumbra de la casa.

-Busco a don Sabas, - dijo la recién llegada.

-Pase usted, mi niña, la está esperando desde hace varios años.

-Mariana, que así se llamaba la mujer de la ciudad que salió en busca de una solución a sus problemas, se estremeció de pies a cabeza y casi se queda paralizada. –Será cierto lo que la gente del pueblo me ha dicho de este brujo, -pensó.

-Y, como si la de la voz dentro de la penumbra, adivinara su pensamiento, le dijo: “No tema”. “Pase usted”.  -Aquí se quedarán solo sus problemas, usted regresará por la mañana: sana y salva. 

-Y así fue: por la mañana, de ese día siguiente, se levantó con una sonrisa dibujada en su rostro, y sin recordar nada del día anterior.



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