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La mujer en la Iglesia

La mujer en la Iglesia
Sor Nathalie Becquart, en la jerarquía católica

Publicación:06-03-2021
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Ni que decir que la Iglesia es femenina y que el modelo de la Iglesia es María, prototipo también de la mujer cristiana

¿Por qué las mujeres no podemos ser sacerdotes? Es una pregunta recurrente, que se me formula en mis clases de teología para universitarios. En realidad, se encuadra dentro de una cuestión más amplia, ¿cuál es el papel de la mujer en la Iglesia?, pregunta que se completa a su vez con otra cuestión, ¿qué ha hecho la Iglesia por la mujer?

En el capítulo 19 del evangelio de Mateo Jesús pone el dedo en la llaga. Establece la indisolubilidad del matrimonio, y con ello, la paridad en el trato con la mujer. Moisés había permitido dar el “libelo de repudio” a la mujer, cabe decir que no era recíproco, la mujer no podía dar “libelo de repudio” al hombre, por agresivo, holgazán o poco cariñoso. Jesucristo coloca por primera vez en pie de igualdad a la mujer y el hombre en la relación matrimonial. En su momento fue revolucionario, hasta el punto que sus propios discípulos, machistas como la gente de su tiempo, no pudieron sino exclamar: “si es así, no viene a cuento casarse”.

La Iglesia primitiva se preocupó mucho por la mujer. Ya en los Hechos de los Apóstoles queda claro cómo se instituyó la figura de los diáconos para atender a las viudas. La Iglesia, en efecto, organizó la primera seguridad social de la historia, con el especial objetivo de atender huérfanos, ancianos y viudas. Las primeras leyes del cristianismo, la Didache, prohíbe el infanticidio de niñas, común en los romanos, pueblo machista que prefería a los varones y, al no haber aborto, frecuentemente mataban a las niñas recién nacidas. Este cuidado y atención particular por la mujer hizo que muchas mujeres abrazaran la fe cristiana, y a través de ellas entró la fe en las familias. Santa Helena y Constantino, o Santa Mónica y San Agustín, son ejemplos elocuentes de la alianza primitiva entre la fe y la mujer.

Ahora bien, permanece el problema irresoluble de que el sacerdocio está reservado a los varones. Recientemente se ha permitido que las mujeres reciban las antaño órdenes menores del lectorado y acolitado, hoy ministerios laicales. El Papa acaba de nombrar a sor Nathalie Becquart subsecretaria del Sínodo de Obispos, es decir, una mujer con derecho de voto en una selecta asamblea episcopal. Se van dando pasos adelante para involucrarlas en labores de dirección dentro de la Iglesia, pero no se trata de una cuestión de “cuota de género”, sino de un derecho adquirido con el bautismo: la corresponsabilidad por sacar adelante la Iglesia.

El tema del sacerdocio es sacramental, obedece a un deseo expreso de Jesucristo, que a distancia de veinte siglos y habidos los cambios sociales y culturales que experimentamos, no se alcanza a entender. No nos queda sino una humilde obediencia a una realidad de institución divina, que nos recuerda tangiblemente cómo la Iglesia no la hacemos nosotros alzando la mano, sino que es un misterio, proviene de Dios y muchas veces está por encima de nuestros razonamientos.

Sí cabe, sin embargo, mostrar cómo esa exclusión no supone un agravio o minusvaloración de la mujer. En realidad, el fastidio por la exclusión del sacerdocio proviene de una visión viciada, concretamente del clericalismo. La Iglesia se encuentra en medio de un proceso de desclericalización o, en clave positiva, de restaurar el protagonismo de los laicos. No se es más Iglesia por ser clérigo, no se tiene más responsabilidad de sacarla adelante. Cada grupo, clérigos y laicos, comparte la común responsabilidad por hacer la Iglesia, cada uno según su forma particular. De hecho, los clérigos están para ayudar a que los laicos puedan realizar la consagración del mundo a Dios, finalidad de la Iglesia. En ese sentido, lo importante no es ser clérigo o laico, sino ser santo. Y en eso nos dan mucho ejemplo las mujeres. Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Jesús, Santa Teresita de Jesús, Santa Teresa de Calcuta o Santa Faustina Kowalska son más importantes que los Papas, cardenales y obispos que les fueron contemporáneos. Ni que decir que la Iglesia es femenina y que el modelo de la Iglesia es María, prototipo también de la mujer cristiana, a la que se le dedica la más alta veneración y el más elevado reconocimiento. No cabe duda que el papel de la mujer en la Iglesia es todo menos secundario.



« Redacción »