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Invisibilidad y pesadez

Publicación:18-12-2022
TEMA: #Agora
Rocío tenía todo lo que necesitaba en la vida a menos de quinientos metros de distancia
Alas ligeras
Carlos A. Ponzio de León
Publicó en Facebook la imagen de un moño negro, expresando su luto. “No sé qué haya pasado, Rocío”, le escribió su amiga Esther en los comentarios, “pero te envío un fuerte abrazo”. “Es demasiado dolor el que traigo, solo quiero dormir y llorar. No puedo ni hablar”, respondió Rocío. Su madre había muerto cinco años antes. Sufría de esquizofrenia y se colgó con la ayuda de un mecate. Su padre había fallecido de un tumor cerebral hacía tres años. Dos años antes, su único hermano, quien también había sido diagnosticado con esquizofrenia, fue brutalmente asesinado en su propia casa. El padre de su hija había fallecido en un accidente automovilístico hacía tres meses. El único miembro de su familia que sobrevivía hasta ese momento era su hija de dieciséis. “Tengo una noticia terrible”, le dijo Esther a su propio marido, “creo que la hija de Rocío falleció”.
Rocío y Esther se habían conocido como vecinas en un edificio de departamentos en renta, luego de que el hermano de Rocío hubiera sido asesinado. Rocío y su hermano habían habitado en la casa de sus padres, dividida en dos, cada una con su puerta de entrada. Luego del incidente, a Rocío la invadió el pánico. Salió de su casa con todo e hija para rentar en otro lugar, hasta que recobrara la calma, hasta sentirse segura de volver a su hogar. Mientras tanto, en el vecindario del nuevo departamento, conoció a Esther. Los viernes por las noches organizaban fiestas de karaoke, amenizadas con tortas de cochinita y bebidas alcohólicas artesanales, propias del Estado de México. Los domingos por la tarde salían a chismosear y comer un churro con cajeta. Había una churrería a cuadra y media del edificio donde vivían. La atendía el mismo dueño. Un hombre en los cuarenta, físicamente poco agraciado, pero económicamente afortunado. Vivía en un espacio amplio en el piso de arriba de la misma churrería, y el negocio le proveía lo suficiente como para tener un Ford Mustang GT del año.
Rocío le echó el ojo al hombre y aunque ella tampoco era físicamente una actriz estelar de telenovela, pensó que con sus encantos de mujer podría seducir al churrero. Y como dicho, fue hecho. Comenzaron a salir. Se veían cualquier día de la semana después de las nueve de la noche, que era la hora en la que la churrería cerraba. Iban a cenar al centro de la ciudad y las noches de pasión las pasaban en algún motel cercano, porque en el departamento de él también vivía su padre. Un hombre temeroso de que el negocio familiar fuera a extraviarse en un lío matrimonial de su hijo.
Rocío tenía todo lo que necesitaba en la vida a menos de quinientos metros de distancia. Trabajaba desde la sala de su departamento, impartiendo clases de inglés en línea; podía encontrar al amor de su vida trabajando en su negocio, a cualquier hora del día, y al lado de la churrería podía hallarse un consultorio médico atendido por una doctora de ojos azules, pulcra y esbelta… egresada del Instituto Politécnico Nacional. Amor, dinero y salud a unos cuantos pasos de casa.
El churrero llenó diariamente a Rocío de dulces palabras, de besos aterciopelados y atenciones acogedoras. Hasta que un día, la invitó a cenar a un restaurante que brillaba de elegancia. Subieron la escalera de madera en forma de caracol y tomaron asiento en una mesa del balcón que había sido previamente reservada por el hombre de Rocío. Comieron de un plato de quesos y bebieron una copa de vino tinto: Merlot. “No quieres algo más sustantivo?”, preguntó él. “¡A lo mejor quiero algo más verbal, en lugar de sustantivo!”, respondió ella y se echó a reír, pensando que la palabra “sustancioso” era más adecuada para ese momento. “Sí, voy a ordenar algo más porque no comí”. Ordenó una hamburguesa de cuatrocientos cincuenta pesos.
El motivo de la cena dijo él, era que había llegado el momento en que debían despedirse. A él siempre le había gustado la doctora del consultorio que se encontraba al lado de la churrería. Pero aquella nunca le había prestado atención, ni había otorgado seriedad a sus pretensiones. Pero esa semana, las cosas habían cambiado. Finalmente, la doctora cedió. Y como el churrero no quería que Rocío se la espantara, le pedía que desapareciera de su vida. “¿Y nuestro noviazgo de más de un año?”, preguntó Rocío. “Nunca fuimos novios, hemos sido sola y únicamente amigos”. “¡Pero nuestra relación!”, “¿Cuál relación? Son cosas que te inventaste, que quisiste creer. Ya ves lo de tu familia, tú también has de estar tocada”.
Así es que cuando Rocío publicó en Facebook aquella imagen con el moño negro en señal de duelo, no era porque se le hubiera muerto nadie, más que su relación con el churrero. Quedó destrozada, como jitomate apachurrado en la carretera por un auto deportivo que corre a doscientos cincuenta kilómetros por hora. Lloró durante dos semanas, hasta que desapareció su tristeza y se inundó de odio. Decidió imprimir varias decenas de páginas con los mensajes de amor que había intercambiado con el churrero durante su tiempo de relación, así como veinte fotografías que claramente demostraban el cariño que se habían prodigado durante más de un año y que demostraban que ella y el churrero habían sido más que un par de tortolitos. Cargaría con toda esa evidencia para la doctora, para que supiera la clase de hombre con la que se estaba involucrando. Rocío subió a su auto, regresó a su antiguo barrio y se estacionó frente al consultorio. La doctora no estaba, pero sacó cita con su asistente para el día siguiente. Luego fue a visitar a su amiga Esther para contarle de sus planes.
Esther trató de tranquilizarla. Incluso llamó a su madre para ver si entre las dos la hacían razonar. “Ese hombre te mimaba y tú tienes la necesidad de ser mimada. Pero esto no lo va a hacer volver contigo y olvidará los buenos recuerdos de tu relación. Ni hallarás la respuesta que esperas de la doctora. Ese vacío que sientes, hay que llenarlo de otra manera, porque ya no se puede colmar con alguien que no está dispuesto, ni disponible”. Rocío soltó las hojas y fotografías al suelo, como si la carga de tanta pérdida que había sufrido en la vida, de pronto se convirtiera en un par de alas para volar.
El elefantito y un gusano X
Olga de León G.
La hormiguita apareció de nuevo, con todo su entusiasmo y energía: yendo y viniendo de un lado a otro llevando con ella, más de lo que tres hormiguitas podían cargar.
Pasaba justo por allí, un regordete gusano negro; uno de esos que cualquiera jamás desearía encontrarse, sin sentir el imperioso deseo de aplastarlo; y luego seguir de frente, sin remordimiento… Pero, la hormiguita no pensaba así. Ella creía que todos teníamos una tarea asignada desde el cielo, antes aún de nacer y de llegar a este mundo terrenal y prosaico: eso pensaba nuestra buena y trabajadora amiguita colorada.
Bueno, eso creía la ilusa y soñadora creadora de cuentos y fábulas, a quien le encantaba añadirle siempre cualidades y no defectos a uno de sus personajes favoritos, la hormiguita colorada. Pero, la verdad, dicha sea no de paso sino a ciencia cierta y con seguridad, la hormiguita buscaba empatar y ver cómo mejorar las relaciones, siempre apegada a la verdad, y no con mentiras o subterfugios, Sola ella podía hacer tal cosa.
Mientras tanto, el gusano esponjoso y negro cual lúgubre noche, que en realidad era más flaco que una lombriz y tembleque como gelatina, solo que, inflado su ego, parecía regordete, quedose allí escondido entre el pasto y algunas hojas caídas durante el día, a la espera de escuchar qué decían de él.
Al día siguiente, invitó a un selecto amigo, más que de él, de la ciencia y la verdad, a que lo acompañara a una cena que había organizado en su oficina… porque habréis de saber que el gusano tenía despacho y clientela que era atendida por algunos colegas de él, mejor posicionados en los asuntos de las leyes.
Pues he aquí que el gusano llama a su amigo y exmaestro, para invitarlo a celebrar el Fin de año con otros concurrentes que estarían felices de verlo; habrá mucha comida y bebida, Doctor, le dice por el auricular.
El invitado no argumento imposibilidad para acompañarlo. El viejo elefantito se rasuró, bañó y vistió adecuadamente para la ocasión y la temperatura. Su amiga, la hormiguita, solo le recordó que no ingiriera alcohol, ya que no debía hacerlo por los medicamentos…
Preocupada de que a su amigo aún no lo trajera el gusano que se lo llevó, la hormiguita permanecía sentada cerca de la entrada, entonces, escuchó un auto que arrancaba, y detrás, su nombre: Oba, Oba…
Lo más rápido que pudo bajó los seis escalones y mientras decía en voz alta: ya voy, ya voy… por favor no te muevas, yo te ayudaré elefantito, imaginando como así resulto ser que su amigo se había caído, pues el que se lo llevó no lo ayudó a llegar hasta la entrada de su casa.
Debió ser uno de esos que pertenecen a la “generación X”, nacidos a la mitad de los años sesenta y hasta la década de los ochenta, para quienes los viejos no son visibles, como si no existieran: ellos no los ven ni toman en cuenta.
A menos, que su interés tenga...
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