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Hostia viva, santa, agradable a Dios

Hostia viva, santa, agradable a Dios
El Evangelio de este domingo nos presenta el primer anuncio que hizo Jesús a sus discípulos de su misión de ofrecer la vida en sacrificio por la salvación del género humano

Publicación:29-08-2020
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Si Cristo en la Eucaristía es una “hostia”, el cristiano en su vida diaria tiene que ser también una “hostia”

El Evangelio de este domingo nos presenta el primer anuncio que hizo Jesús a sus discípulos de su misión de ofrecer la vida en sacrificio por la salvación del género humano: “Comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día”.

Esta predicción de su destino tiene dos partes: por un lado, sufrir mucho y ser matado; por otro lado, resucitar al tercer día. Si el desenlace es tan positivo, ¿por qué suscita la reacción tan viva de Pedro? Éste le dice: “¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!”. Es que creían factible sólo la primera parte de esa predicción. En efecto, si no creyeron en la resurrección de Jesús una vez que ésta había ocurrido, sino hasta que la hubieron verificaron, mal podían creer en ella cuando era sólo un anuncio.

Pedro reacciona rechazando la predicción de Jesús sobre su pasión y muerte, porque esta predicción no concuerda con lo que Pedro acaba de confesar acerca del mismo Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo”. Y, sin embargo, el evangelista Mateo pone ambas cosas juntas sin percibir problema alguno. ¿Cómo se explica? Se explica, porque una situación es la de Pedro, antes de que los hechos ocurrieran –muerte y resurrección de Cristo-, y otra es la situación del evangelista San Mateo, que escribió cuando esos hechos ya habían ocurrido y, gracias a la resurrección de Cristo y a la efusión del Espíritu Santo, los cristianos, sobre todo Pedro, comprendían que la muerte de Cristo en la cruz había sido un sacrificio y que este sacrificio había obtenido la salvación de todos los hombres. Es más, ese sacrifico salvador se hacía presente y operante cada vez que celebraban la Eucaristía.

Los cristianos no sólo comprendían que en la cruz se reveló el acto máximo de amor de Jesús hacia su Padre y hacia el género humano, sino también que todos los que quisieran entrar con él en la vida eterna tenían que seguir el mismo camino: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y síganme”. Jesús lo dice gráficamente: hay que morir en la cruz, como él y con él. Pero San Pablo lo explica de manera más conceptual: “Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios” (Rom 12,1). “Hostia” obviamente significa “víctima ofrecida en sacrificio”. Si Cristo en la Eucaristía es una “hostia”, el cristiano en su vida diaria tiene que ser también una “hostia”. El que se niega a ser hostia en este mundo no puede resucitar con Cristo a la vida eterna.

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Esto es lo que aclara Jesús: “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”. Al leer estas palabras de Jesús debemos examinarnos seriamente para ver si nuestro afán en esta vida es disfrutar y pasarlo bien o si más bien anhelamos entregar la vida por Cristo, negándonos a nosotros mismos y procurando el bien de los demás. El desenlace en uno y otro caso lo ha revelado Jesús claramente: perderá la vida eterna en el primer caso; la encontrará, en el segundo. Un ejemplo preclaro de este segundo caso lo tenemos en el Beato Alberto Hurtado. Él ya goza de la vida eterna.



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