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Hilvanando el día de madres

Publicación:08-05-2021
TEMA: #Agora
En esta historia no hubo gallina degollada, ni almohadón de plumas, ni misterio qué desentrañar, ni gritos en la media noche
Crack is Wack
Carlos A. Ponzio de León
Para mi madre
Los agentes entraron por la puerta trasera, porque la delantera estaba trabada. Encontraron sangre en cada pared: parecía haber sido embadurnada con una brocha, y podíamos imaginar que con esa misma brocha habían escrito la palabra “WACK” en el muro más grande de la sala, empleando la sangre de la víctima. Pliegos del piso laminado faltaban en la entrada al baño. Sobre una mesa permanecían cinco colillas de cigarro, pero no se localizó ningún cenicero en la casa. Algunos instrumentos musicales estaban distribuidos en la planta superior: un piano digital, dos guitarras electroacústicas y un contrabajo. En el piso yacía el cuerpo de la víctima, estrangulado con un cable. Me marcó al celular, el comandante González: “Detective Craft, lo necesito en Coyoacán. La víctima parece ser otro músico”.
Llegué a la escena del crimen acompañado por Thompson, un expolicía jubilado con el que yo había trabajado en Nueva York y con el que ahora solía beber cervezas de vez en cuando en la Ciudad de México. Un hombre escrupuloso en el manejo de la evidencia. “¿Notaste el lápiz labial en el congelador?”, me preguntó cuando salimos a media noche del lugar. “Aún no tenemos elementos para establecer la presencia de una misma mujer en todas las escenas”, le respondí. “No olvides revisar el periódico en la mesa de la cocina”, me dijo para continuar: “Pero, es tu caso. Volvamos a nuestra conversación sobre arte callejero. La obra de Banksy me fascina”. Abordamos un Didi para ir, ya no al lugar del que habíamos partido, sino a una cantina en la Zona Rosa.
Yo aún no me recuperaba de los tragos de la noche anterior, ni del entusiasmo de Thompson por el arte del grafiti, cuando el comandante González marcó a la mañana siguiente para comentarme que, en el periódico de la escena, había un reportaje sobre una de las víctimas. “La cantante de Mixcoac”, le respondí, y continué: “Quiero que compares las fechas de nacimiento de las demás víctimas con las fechas de publicación de los periódicos”. Colgamos. Yo tendría ensayo esa tarde, con mi banda de jazz. La escena encontrada la noche anterior me había causado sumo estrés: me hacía sentir que, de alguna manera, yo estaba conectado con los crímenes.
Por la noche, González confirmó lo que sospechaba. Las fechas impresas en los periódicos correspondían con la del cumpleaños de la siguiente víctima. “¿Qué los conecta?, me preguntó González. Le pedí tiempo; más tiempo. Intuí que debía involucrar en el asunto a Thompson. Quedé de encontrarme con él para tomar una cerveza el viernes, un día antes de la presentación que mi banda tendría en El Rockefort.
Frente a mi excolega puse todas las cartas sobre la mesa, concluyendo: “Los crímenes van siguiendo cierto orden: primero, una víctima nacida en enero; luego, otra de febrero. El día va en descenso dando saltos cada cuatro: en enero, el treinta y uno; febrero, veintisiete; marzo, día veintitrés… Su siguiente golpe será sobre alguien nacido el quince de mayo”.
Thompson se mantuvo pensativo, contemplando su vaso, adivinando lo que yo no mencionaba aún: que el asesino tenía acceso a la base de datos de la Sociedad Nacional Mexicana de Músicos. Entonces me dijo, tranquilamente: “La próxima víctima será una con la misma fecha de tu cumpleaños”.
“Resumamos”, le dije a Thompson. “Al parecer una mujer diferente se introduce al grupo. Decide seguir a la banda para celebrar en la casa del líder. Se queda a dormir con la víctima, luego de que el resto del grupo se ha ido”. Thompson asintió dando un trago a su cerveza helada y luego espetó: “Pero ninguna está actuando sola. Droga al anfitrión, según los análisis toxicológicos, y permite la entrada a sus cómplices para destruir el sitio”. Le pedí a Thompson que me acompañara al concierto que mi banda daría al día siguiente, eso me daba tranquilidad. Él cargaría con su pistola sobaquera.
Al llegar al bar, observaba desde una mesa al fondo. A media noche, el grupo bajó del escenario, bebimos agua y salimos a la calle. Nadie se nos había acercado a la mesa. Thompson me dijo: “Debo levantarme temprano. El lunes continuamos”. Le respondí rápidamente: “Tengo una idea que conecta a los músicos”. Observé su pequeña mueca de cansancio: “Esto podría salvar una vida”, le dije.
Continuamos la charla en mi departamento; mi grupo se retiró a las dos treinta. Cuando nos quedamos solos, le dije a Thompson: “Los efectos femeninos en los congeladores de las víctimas son de fabricante francés; pero su mercado no es el de mujeres. El asesino podría ser un hombre solitario”. A Thompson no le sorprendieron mis palabras; la borrachera comenzaba a tener sus efectos sobre él. “Tengo que ir al baño”, me dijo. Se levantó de la mesa para balancearse golpeándose contra la pared. De la bolsa de su pantalón, cayó un objeto. Un tubo cilíndrico negro. Me tomó una fracción de segundo advertir que se trataba de un rímel. Thompson quiso alcanzar su sobaquera cuando vio que me le abalanzaba. En el forcejeo logró propinarme un puñetazo, pero a base de rodillazos pude someterlo y arrebatarle la pistola.
Jadeante, tirado en el piso, doliéndose de los golpes en el estómago, me dijo: “Conocí a Keith Haring en Nueva York, Craft. Comparto su crítica a la falta de acción policial contra el uso de la cocaína. He llevado su lucha al siguiente nivel. Estos músicos eran unos junkie, Craft, y tú, que eres un policía, no hiciste nada para detenerlos”. “Estamos retirados, Thompson. Y yo no vine a México para eso”.
Luego le marqué al comandante González para decirle: “El caso está resuelto. Envíame una patrulla inmediatamente”.
Nadando entre el miedo y el horror
Olga de León G.
Casi nunca acudía al cine cuando exhibían películas de terror. Le gustaban las policiacas y de misterios por resolver que no involucraran crímenes demasiado sangrientos o infames. Sé que no hay crimen que no sea sangriento ni poco infame; pero algunos rompen los límites.
Él se entendía y yo lo comprendía, cuando usaba esas expresiones, sabía muy bien a qué se refería. Por ejemplo, la lectura de ciertos cuentos de Poe, eran excelentes para él.
Podía perfectamente leer: “Un corazón delator” de Poe, o “Los crímenes de la rue Morgue”, pero sufría con el desenlace de “El almohadón de plumas” y nunca llegaba al final de “La gallina degollada”. Desde que adivinaba el posible final, prefería allí mismo, en ese punto, dejar de leer tan cruel cuento. No se explicaba cómo podía alguien escribir tales historias, y no dejarlas truncas por el horror que su propia escritura le estaría causando.
Su madre había tenido sentimientos semejantes sobre el horror y los crímenes de algunos cuentos y películas. Pero, ella se lo atribuía a la educación religiosa que recibió en los colegios de monjas y a la forma apasionada con que vivió la instrucción religiosa en sus primeros años. Algunas monjas asustaban a las niñas con el diablo y lo mal que les iría ante la más inofensiva mentira dicha a ellas o a sus padres.
Cuando creció y se alejó de las monjas, fue como si su corazón hubiese vuelto de una parálisis en la que estuviera sumido.
Descubrió por sí sola que el mal y los diablos solo estaban en su imaginación. Por eso, los crímenes y la muerte en la literatura, para aquella niña, fueron un renglón resuelto, cuando se propuso abandonar esas creencias que tanto la perturbaban, pues no dejaba de pensar que el mal atraía a más mal, y se resistía a aceptar que pudiera invadirla.
Siguió creciendo, y la adolescente cambió las calcetas por medias. Y, conforme se alejaba de la religión de su madre, fue acercándose más a la ciencia y al estudio. A los diecisiete años, el héroe era el padre: tan humano; y no necesitaba asistir a misa los domingos para tender la mano al necesitado. Definitivo: quería parecérsele más a él, al carácter de justicia, verdad y ciencia que en sus charlas y actos transmitía.
En esta historia no hubo gallina degollada, ni almohadón de plumas, ni misterio qué desentrañar, ni gritos en la media noche de alguien que estuviese horrorizado al percatarse de que su sirviente lo asesinaría brutalmente, no. Nada parecido.
Solo el colegio, los castigos injustos de una monjita de la primaria… y, particularmente, ciertas ayudas domésticas en casa. De las cuales, una, que cuando los padres salían de noche, mientras les planchaba ropa, contaba historias truculentas al par de niños que no podían dormir porque las sombras de las ramas de los árboles, que se perfilaban en la ventana de su recámara, los asustaba.
…..
Se casó, tuvo su primer bebé, y le puso fin a sus demonios y pesadillas. No quería trasmitirle sus miedos al hijo.
Cuando le infundió el amor por la literatura, incluyó a Poe y Horacio Quiroga… ¡y el milagro sucedió!
El hijo -a veces- también escribe ficción sobre crímenes, terror y misterios: un verdadero desafío a la creación de tramas.
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