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Entre manchas de pinturas y palabras

Entre manchas de pinturas y palabras


Publicación:11-09-2022
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Fernando dejaba de ser él y se transformaba en el pulso del mundo a lado de Dios

El pulso del mundo

Carlos A. Ponzio de León

Cuando era niño, su padre le hablaba de Picasso y Velázquez, de Rembrandt, Leonardo y Caravaggio. “Fueron capaces de capturar la esencia de la vida. El futuro. Tan hábiles como un director de cine o teatro, que pueden construir escenas e inmortalizarlas, y además fotografiarlas con el pincel para darles un significado universal. La historia jamás dejará de hablar de ellos”. Cada vez que se inauguraba una exposición en un museo, su padre llevaba al hijo a conocerla. Estaban al tanto de los pintores contemporáneos más importantes. De los movimientos pictóricos de actualidad. Y el pequeño Fernando se entusiasmaba cuando veía a su propio padre dibujar un rostro sobre algún pedazo de papel. El momento más feliz en la vida del niño fue a los seis años, cuando un amigo de la familia, otro pintor, les dijo: “El pequeño Fernando tiene un talento sobresaliente para la plástica”. Su padre comenzó a enseñarle lo que sabía, luego le consiguió clases particulares: composición, teoría del color, figura humana, luz y sombra, proporciones y veladuras. El pequeño Fernando estaba convencido de que llegaría a convertirse en uno de los Grandes Maestros de la Pintura.

Leyó las biografías de los artistas más importantes de la historia. Mostraba aptitudes: no solo para la plástica, también para las clases regulares en primaria y secundaria. Cuando concluyó el bachillerato, tuvo su primera exposición, organizada por una galería de Polanco en la Ciudad de México. Su destino como artista, sentía él: estaba asegurado y su padre apoyaba la idea. No se molestó por ingresar a estudiar una carrera. A los veinte viajó a España para quedarse allá otros diez años, financiado por cuadros que vendía gracias a una galería madrileña. Visitaba el Museo del Parado y el Centro de Arte Reina Sofía con frecuencia, además del Guggenheim de Bilbao. De pronto escapaba un par de semanas para estudiar las obras situadas en los museos de Paris. Ser pintor lo era todo para él, aunque a los treinta años aún no alcanzaba lo que siempre soñó: Llegar a ser el suceso más importante en la plástica mundial, después de Picasso.

Entonces su padre murió en la Ciudad de México. Fernando dejó de pintar. La situación lo devastó: se hundió dentro de un frágil nido para aves, sin fondo ni luz. Dejó en Madrid su obra. Las manos le temblaban cuando tomaba un pincel. Lo único que podía plasmar sobre la tela eran las lágrimas que le brotaban cada vez que se paraba frente al lienzo. Llanto ácido capaz de inundar el globo y acabar con la humanidad. 

Comenzó a trabajar en una tienda Oxxo. Diez años atendió la caja, colocó artículos en los estantes y limpió los pisos del almacén. Hasta que un día soñó con su padre. Ambos atravesaban las salas del Museo San Carlos de la Ciudad de México. Fernando seguía siendo un niño tomado de la mano del viejo. Mirando un cuadro de Goya, el adulto le dijo al chico: “Encuentra el valor necesario para que el dolor guíe tu pintura. Recuerda el cuento en el que las lágrimas de una niña se convierten en perlas. Tu pintura se transformará si logras escuchar tu dolor”. Fernando despertó agitado. Notó en el reloj que eran las 4:46 de la mañana: la misma hora en que su padre había sido declarado muerto diez años atrás. Fernando levantó las cobijas para destaparse.

Se sentó. Buscó a tientas sus pantuflas. Pudo ver en la imaginación la escena que vivía en esos momentos y a boca de jarro se le ocurrió cómo plasmarla en un lienzo. De un tajo, con los ojos cerrados y humedecidos, vio los colores que necesitaba con la claridad de un brillo estelar. Salió de su cuarto y descendió por las escaleras hasta el sótano. Encendió la luz buscando los tubos de óleo y acrílico de juventud. Los encontró dentro de una caja de madera cubierta en polvo. Más allá, junto a la puerta del baño, descubrió tres telas en bastidores recargadas sobre las patas de su viejo caballete: un puente de luz solar. 

Fernando volvió a pintar. Al regresar del trabajo, cada noche llenaba los viejos lienzos del sótano con los colores encontrados: frescos como madera que flota, sin hundirse, en el profundo mar.

Las telas se convirtieron poco a poco en una cama cubierta por aves y flores que eran caricias contra el dolor. La pintura sanaba su herida… hasta que de pronto, la llaga volvía a abrirse con la facilidad con que se destapa un tubo de pintura. Fernando dejaba la paleta y se sentaba en su viejo sillón mientras permitía que el llanto fluyera. Luego, con las lágrimas secas, volvía al lienzo y transformaba las aves y flores en música que harían renacer el corazón de cualquiera que mirara el cuadro. Fernando dejaba de ser él y se transformaba en el pulso del mundo a lado de Dios.

Cada verso, una línea menos 

Olga de León G.

Cuando el hado nos abandona, cuando sentimos que nada tenemos para dar ni decir algo bello, algo valioso o interesante para muchos… ¡Qué podemos hacer! Tirarnos sobre la página en blanco y dejar que las letras y palabras nos atropellen: No sería una mala idea, si pudiéramos hacerlo.

Quizás en esos casos, lo mejor es no escribir. Pero, hay un compromiso, una responsabilidad y un anhelo oculto o no, porque el hado vuelva a nuestro sendero y nos ilumine con su creatividad.

En mi tintero sé bien que guardo muchos recursos y más asuntos de los cuales quisiera decir algo grato, entretenido o de plano ingrato y osco; pero no es mi momento de ni de reclamos, ni de regocijos… Estoy como en un trance que no me permite escribir con absoluta libertad: las buenas conciencias, los buenos modales, las ideas sensatas, los pensamientos nobles y altruistas…

¡Vaya!, que esto no es un circo, ni un foro para lucimientos personales, tan solo es una página que he de llenar con manchas negras y grises que dejen alguna huella, aunque sea en otros pocos lectores. Vamos pues, esto me va gustando: escribiré poesía que no se le parezca al poema, pero que esté escrito en líneas con algún metro y alguna cadencia o ritmo: “Yo soy yo y mi circunstancia”, mi amada carrera de Filosofía, te sacaré a pasear y que nos sigan los que saben leer y entender… Hemos dicho.

I

Que de qué se puede escribir, de todo y de nada.

Me gusta escoger escribir de nada, 

así tengo manga y línea largas

para hablar de todo,

sin comprometer mi alma.

El sentido de las cosas nunca se pierde,

si ves el rumbo, y tu brújula es fina.

En cada verso voy empeñando

algo de vida, sé que me acerco al final

mas no temo a la línea blanca;

apenas si encuentro un rayo de luz

en cada mancha que cae sobre de ella.

Como que conozco los límites

entre muerte y vida…

 entre su ausencia y la presencia mía.

II

Dejé que triunfara tu soberbia.

Dejé que te sintieras poderosa

en medio de la confusión gloriosa

que te llevó a creer que yo era una diosa:

“Nada más alejado de mi esencia”.

Soy de barro, de ese que un día fue crudo

y se tostó al sol intenso 

de un verano norteño.

Fraguo grandes y mínimos errores, 

todos sin intención de cometerlos.

La emoción le gana al tiempo

y la pasión se instala

en el centro de mi corazón.

III

Nací del amor, e hija fui, 

también madre de miles:

¡desde niña hasta ahora! 

Desconozco de la insidia

toda su infame traza.

Vivo con los ojos cerrados:

a la maldad y al sinsentido.

Soy feliz en mi mundo alado.

Podrá la vida golpearme

a hurtadillas… también de frente…

mas nunca dejará huella.

El viento que es mi aliado

raudo correrá a borrar el cruel rastro.

IV

No tengo la paz que todos anhelan.

En cambio, me acompaña un torbellino

festivo, alegre y a ratos silencioso,

de sucesos que ni busco ni abrazo.

Pero, allí están, tocan a la puerta de mi casa

y me insisten, si presto no les abro.

Mejor vivir muriendo que nunca haber vivido:

dicen quienes del sufrimiento se alimentan

cuando más no hay para su sustento.

Vivir siempre riendo no es lo mío.

Me gusta sonreír y reír, 

cuando eso tiene algún sentido.

Nunca a costa de los demás.

V

Atesoro amistades en tiempo y espacios,

aun después de más de cincuenta años.

“Que la vida no es nada, 

apenas si un soplo…” …perdido,

huraño y esquivo,

que espera por nosotros

para pasear en carruaje

tirado por corceles blancos,

entre las sombras de verde follaje 

y un manto de estrellas sobre cielo azul.

VI

Vida déjame darte mi mejor regalo de amor: 

mi vigilia y desvelo tejiéndote versos.

Dame tú, uno realmente valioso: 

Tiempo, siempre un poco de tiempo más.



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