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En tres días lo levantaré

En tres días lo levantaré


Publicación:06-03-2021
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“Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”

El Evangelio de este III Domingo de Cuaresma, nos refiere el primer viaje de Jesús a Jerusalén durante su vida pública con ocasión de la Pascua de los judíos. En esa ocasión, “al ver en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos, “devorado de celo” por la casa de su Padre, haciendo un látigo con cuerdas, Jesús echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes, desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas”.

Ante esta actitud insólita de Jesús, las autoridades judías reaccionan preguntándole: “¿Qué signo nos muestras para obrar así?”. Concentraremos nuestra atención en la respuesta de Jesús: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”. En ese momento nadie creyó en esas palabras de Jesús, ni siquiera sus discípulos, y todos reaccionan incrédulos: “Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”. Nadie repara entonces en que Jesús ha usado un verbo que no es propio de la arquitectura: dice “lo levantaré”, en lugar de decir “lo reconstruiré”.

Esas palabras quedaron así, incomprensibles, hasta mucho después. Quedaron como un objeto que está en la penumbra. Y entretanto sus discípulos las olvidaron. Hasta que un nuevo hecho proyectó sobre ellas una potentísima luz que las trajo a su memoria y les permitió comprenderlas en toda su profundidad y su fuerza de “signo”: “Cuando Jesús fue levantado de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso”. Reaparece el verbo “levantar”; pero está vez en su campo semántico propio, es decir, aplicadas a quien está caído a causa de la muerte.

“Se acordaron sus discípulos”. En realidad, todo lo que dijo Jesús acerca de su misterio quedó en la memoria de sus discípulos sin ser comprendido, hasta que intervino el gran signo de su resurrección. Entonces todo adquirió luz y pleno sentido; entonces pudieron sus discípulos comprender: “Él hablaba del templo de su cuerpo”.

Jesús llama a su cuerpo “este templo”. Nadie había osado decir esto antes, porque en cualquier otro caso habría sido falso. Pero él es verdaderamente el “templo de Dios”, porque “en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2,9). Y esto, que es propio de él, es verdad también en nosotros, por participación, por gracia, como asegura San Pablo: “Vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo que habita en vosotros” (1Cor 6,19; 3,16). Nosotros hemos sido constituidos templos de Dios desde el Bautismo. Por eso, también nosotros seremos “levantados” de entre los muertos.

Esa capacidad de “acordarse” de las palabras de Jesús y de comprender su sentido pleno es la que debemos desarrollar en este tiempo de Cuaresma, como preparación al gran día de la Pascua de Jesús. Esa capacidad crece solamente en la oración y en la contemplación de las obras de Dios. Entonces comprenderemos la promesa de Jesús: “Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre” (Jn 11,25-26).



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