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El Tiempo y sus Horas

Publicación:04-09-2022
TEMA: #Agora
La vida suele ofrecer esa oportunidad, la de arrepentirnos y tratar de enmendar lo que se pueda
De manera distinta
Carlos A. Ponzio de León
Cada día me levanto a las cinco de la mañana. No necesito despertador alguno, simplemente abro los ojos a esa hora. Tal vez sea la tristeza la que me levanta, o el estrés y la ansiedad. Pero lo primero que hago es revisar por la ventana la intensidad de la luz oscura, o el brillo del sol naciente y calculo la hora. No quiero estar despertando antes de tiempo. Reviso que sean las cinco de la mañana en el reloj del celular, cinco minutos más o menos, e intento no permanecer mucho tiempo bajo las cobijas, ni revisar notificaciones, ni noticias. Me coloco las pantuflas y voy directo a la cocina. Del refrigerador saco una manzana. Corto un pedazo para mí y otro para mi perrita, la Cholis, que a sus doce años ya se está haciendo un poco vieja; pero que, a pesar de eso, abre los ojos desde que abandono la recámara. Le sirvo sus croquetas y ella, con el ruidito que los pedazos de alimento hacen al caer dentro del recipiente metálico en el que desayuna, viene a la cocina desde su caja de cartón acolchonada con pedazos de sábanas viejas y que le sirve de cama desde hace muchos años.
Para cuando llego a la regadera, ya sé lo que le voy a decir a Dios. Hablo con Él todos los días, también mientras me traslado al trabajo. A veces me pregunto: ¿qué querrá él de mí? A mí me viene la necesidad de su ayuda para sacar el dinero y completar para el día. Hay veces que no me alcanza, y me aguanto. Otros días, regreso a casa expresándole mi agradecimiento. Pero cuando platico con él, también lo hago por lo de Margarita.
Ella y yo fuimos novios. Nos conocimos en la fiesta de San Mateo, en el pueblo. Éramos adolescentes, pero nos volvimos amigos y cuando yo tenía dieciséis y ella catorce, nos hicimos novios. Conocimos juntos muchas cosas, entre ellas: el amor. Nos veíamos a veces entre semana, luego de que terminaba mi trabajo, porque ya desde entonces yo trabajaba puliendo pisos. Platicábamos todas las noches hasta tarde, sentados en la barda de su casa. Nos besábamos con una pasión que me renace ahora que la recuerdo, pero que también me saca lágrimas mientras lo cuento. Y a Dios no quiero recriminarle nada, pero lo que vivimos ella y yo fue una experiencia difícil.
Pienso en Dios y me pregunto si él no querrá un día cambiar lo que dice en la Biblia. Si de verdad otorga el perdón, como dicen los sacerdotes, porque a mí, lo sucedido, no se me olvida. Se me oprimen los dolores en el pecho cuando me acuerdo.
Margarita y yo comenzamos a ir al cine y ahí la pasión crecía, nos olvidábamos de la película y nos amábamos a besos, abrazos y caricias, y quedábamos encendidos como fuego que termina en capilla ardiente, luego de que se encendían las luces de la sala. Yo la acompañaba a su casa y ella se despedía porque sus papás no dormían hasta que entraba. Era una despedida que me dolía. Pasaron los meses y nos aguatábamos cada vez más. Hasta que decidimos ir a un motelito en el centro de la ciudad. Yo junté durante cuatro semanas para pagarlo. Nos daba vergüenza entrar. Así es que ella se quedó afuera mientras yo me acerqué a la recepción para pedir un cuarto. Subimos por las escaleras; no había elevador. Encontramos la habitación y abrimos la puerta con miedo. Nos besamos con más miedo. Pero al final, la experiencia fue como la de embriagarse con un chorro de agua lunar.
Fuimos varias veces, hasta que Margarita se embarazó. La vida se nos vino encima como cascajo para pavimentarnos sobre la tierra. Ella no quería decirles a sus padres; ni yo. Pero me preguntó si creía que los tres cabríamos en casa de los míos. En mi cuarto apenas y nos ajustábamos los tres hermanos. Yo chillaba con mis amigos en las borracheras. Estábamos atrapados en una coladera. Tú sabes qué tanto, Dios. Estábamos muy chicos como para encontrar una salida.
El tío de uno de mis compañeros de trabajo se dedicaba a los abortos. Todo era clandestino. Margarita encontró alivio cuando lo supo. Yo no me sentía tan a gusto. Tú lo sabes, Dios. Aunque no quería al niño, yo hubiera tratado de encontrar otra salida, de pedir ayuda, de lo que fuera por ayudar a Margarita; pero ella en lo único que pensaba era en el aborto.
El señor este… no hacía las cosas en una clínica, sino en su casa; ahí daba las consultas. Nunca te he culpado de nada, Señor. Tal vez nos lo merecíamos. No sé porqué las cosas a veces salen mal, y así me va desde entonces.
“La chica y el producto fallecieron”, me dijo el médico cuando salió ensangrentado de la habitación. Dijo que ya no podíamos hacer nada. Ni siquiera reportar el incidente. El aborto era ilegal. Los padres de Margarita la buscaron por todos lados. A mí me hicieron interrogatorio tras interrogatorio en las oficinas de la policía. El médico me preparó durante horas para todo eso. No sé, Señor, si deba yo llamar médico a alguien que quita vidas.
Y todos los días se lo digo a Dios. Señor, todos los días desde entonces te digo que, si tuviera otra oportunidad, haría las cosas de manera distinta.
Uno nunca sabe
Olga de León
Cuando fui joven siempre creí saberlo todo. O, por lo menos, casi todo. Ahora, ya entrada en el límite inicial de la vejez, a veces me río de mí, recordándome joven, una joven “sabelotodo”; otras, me avergüenzo y sufro por aquellos momentos en los que suponía saber más que quienes me rodeaban.
La vida suele ofrecer esa oportunidad, la de arrepentirnos y tratar de enmendar lo que se pueda, pero no siempre la vemos o no la aceptamos, y nos seguimos de largo con nuestro pesar en la conciencia y en el corazón. Hasta que un día, uno nunca sabe cuándo, el destino nos cobra reintegro o se compadece y nos concede el perdón: “cosas de la vida” que no se ven muy seguido en estos días aciagos.
Esa tarde, en la que me encontré frente a mi yo futuro, tuve un colapso imaginario, un síncope blanco, diría Horacio Quiroga. En el desmayo ficticio me vi en retrospectiva y supe que no todo lo pasado había sido un tiempo mejor ni maravilloso, pero tampoco muy desgraciado ni del todo despreciable; incluso lo vi en mi como un estupendo aprendizaje para lo que luego vendía.
Nada ni nadie puede arrebatarnos o borrar lo que ya vivimos. Así que mejor será que encontremos la forma de estar en paz con el pasado y amarnos lo suficiente -no de más ni de menos- para seguir caminando por la senda que el destino, las circunstancias y nuestro propio albedrío hayan trazado con antelación (¡me encanta esta palabra!, aunque la uso poco, quizás porque me parece arcaica; pero, y yo, ¿qué soy?).
La vida no es un río que se desborda, sino apenas el cause que el tiempo irá permitiéndonos llenar con sucesos, fantasías, ilusiones, esperanzas y buenos deseos, los que tarde o temprano habremos de ver convertidos en alegrías y tristezas, realizaciones y frustraciones… Habrá de todo en ese cause que se volverá río a plenitud, si tenemos la suerte y la determinación de encontrar rosas y jazmines en nuestro andar: aunque a otros les parezcan cardos y pajonales del desierto. Y es así, porque los otros no pueden ver con nuestros ojos: la belleza del campo, la grandeza del desierto, la lluvia de estrellas prendidas en el firmamento; ni saben sentir la frescura de una ráfaga de viento en el rostro en pleno verano candente, cuando el sol quema nuestra espalda y el rostro; y la luna se asoma pidiendo permiso para entrar en escena, porque tiene algo previsto que nadie sospecha qué pueda ser.
La tarde se está yendo, la noche se acerca, y yo lo sé. Pronto será un nuevo día.
La niña nunca se fue, sigue dentro del corazón de la mujer madura, a ratos cansada, a ratos agria y amargada, y porque la vida es así, muchas veces se le olvida que debe dormir, hasta que el cuerpo y la mente se enferman para recordarle que ella también es humana, no es diosa, ni hada o genio, ni una maga escondida en este cuerpo que corre hacia la última meta. La joven maduró, tuvo conciencia y su corazón se ennobleció. ¿Pero, dónde está ella ahora?
¿Y, en dónde estoy yo? Acaso, ¿me diluí, transmuté o, me integré en el otro y los demás?
¡Uno nunca sabe!, aunque cree saberlo todo… o casi todo.
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