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El que la hace, ¿la paga?

El que la hace, ¿la paga?


Publicación:26-09-2020
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Negar la realidad ayuda a sobrevivir, solo por un tiempo; mientras se despierta del sueño o se inventa una nueva realidad: más allá del Arco iris

Hambre insaciable 

Olga de León González

Negar la realidad ayuda a sobrevivir, 

solo por un tiempo;

mientras se despierta del sueño

o se inventa una nueva realidad

más allá del Arco iris.

Mire, compadre, nadie sabemos bien a bien de qué se trata esto. Solo le digo que yo nunca antes había aceptado un trato así; tan arriesgado por desconocido y por inesperado. Pero, acepté porque no me dejaron otra cosa qué hacer: aceptaba o me quedaba sin trabajo. Y los tiempos no están para pensarlo mucho, porque el hambre de los hijos no se calma con oraciones; o, usted cree que sí.

Fue todo lo que dijo el hombre y se metió en sus pensamientos. Estaba esperando, no sabía qué, pero esperaba... solo esperaba. A lo mejor lo volvían a buscar para que pasara recados o, simplemente, irían por él y se lo llevaban...

Eran tiempos muy revueltos. Un día el sol brillaba e iluminaba las techumbres de las humildes casas y chozas, tanto que sus moradores se levantaban antes del amanecer y se infundían ellos solos ánimo para alistarse e ir en busca de alguna chambita. Se iban, si bien había, con un buche de asientos de café recalentado, o solo con unos tragos de agua, y enfilaban pa´ la calle... sin rumbo definido, a veces. Pero hoy sí, tenían un rumbo, la Quinta de un patrón que hacía tiempo no les daba trabajo y ellos lo entendían, las cosas andaban mal para todos, hasta para los patrones. 

Otros, ni eso podían hacer, no podían salir en busca de trabajo porque el aguacero de toda la noche los había obligado a estarse en alerta, por si el río se crecía de más y, entonces, tendrían que levantar con lo que pudieran cargar, además de sus chiquillos.

Ese día, algunos salieron contentos, hasta la bendición de sus mujeres pudieron recibir los que se iban con una ilusión en el corazón y una esperanza en mente: El patrón los había mandado llamar, solo podía ser para una cosa, para darles trabajo.

      ¡Juan!, gritó una mujer: No se te olvide persignarte al pasar frente al templo. Y Juan no volteó la mirada, pero le hizo una seña asertiva con la mano a la mujer y luego le dijo con la misma mano, adiós. Cómo se le iba a olvidar, si todos los días lo hacía dos veces: de ida y de vuelta. Lo que empezaba a preguntarse Juan, era si el señor de ese templo no se habría cambiado para otra parte, pues ya hacía mucho que no les daba señal de vida ni respuesta a sus plegarias y las de sus mujeres.

      Cuando al fin llegaron a la Quinta, Juan, sus vecinos y los que del rumbo habían sido llamados dos noches antes, por medio de un aviso que les llegó en taxi, se encontraron con extraños movimientos, no salió el capataz, los portones estaban tirados, las puertas rotas y las ventanas igual. Pronto entenderían lo que sucedía: los dueños eran otros, los anteriores, en la mejor de las suertes, habían huido; otros no corrieron con tan buena suerte: todavía olía a sangre la tierra y los pastizales. 

      El espectáculo era espeluznante: cuerpos colgando de árboles, mujeres violadas y asesinadas, algunos cuerpos estaban despedazados, cortados con sierras y machetes... Y lo peor de lo peor, niños quemados, ahorcados o asfixiados... Solo bajo el influjo de estupefacientes alucinantes o dementes pudieron haber cometido tales crímenes.

      Para ellos, los peones, ese drástico cambio sería un infierno que ni siquiera podían imaginar, no en su total dimensión. Ya no tendrían un duro y mal pagado trabajo; ahora serían esclavos del narco. Juan y un amigo pensaron en escabullirse, pero los perros empezaron a ladrar: los cazarían como a conejos asustados. Así que se resignaron, y encomendaron su alma a Dios. Nunca más supieron de ellos sus familias. Si vivieron algunos años o murieron pronto, no se supo.

      Pero, compadre, ¿de cuándo es esta historia que me está contando usted? Ya es medio vieja, ¿no? Porque ahora las cosas ya han cambiado bastante. El gobierno de ahora es bueno con el pueblo... y ya no se permiten tales crímenes ni hurtos, ni...

      ¡Ojalá!, así fuera compadrito. Pero el mal no se acaba, ni se acabará nunca.

      Lo que le he contado, sucedió apenas hace unos días, allá por el rumbo del sur... Cerca de... Un estruendo ensordecedor calló las palabras del que hablaba. La tierra estaba temblando, las calles se abrían en múltiples grietas y los autos quedaban a medio enterrarse o atorados en los cortes del suelo. Los edificios se tambaleaban y la gente gritaba y lloraba sin parar: el mundo desaparecería y con él la humanidad.

      ¡Compadre!, ¿dónde está, a dónde se fue? No me diga que esto es real, que está pasando ahora... No, por favor, dígame que estamos soñando y que aún seguimos en los tiempos tranquilos, tiempos de la Pandemia, de corruptos y narcos: La vida es mil veces mejor que nuestras pesadillas o sus cuentos horrorosos de asesinatos, hurtos y temblores...

      ¡Ya no juegue a los buenos y los malos!, compadre. Seamos realistas, despertemos de esta pesadilla. Nadie respondió. El hombre ensimismado en sus pensamientos hacía casi una hora, ya no estaba allí. Nadie más había alrededor del que reclamaba o suplicaba por una vida más tranquila. Y, ni siquiera poseía un peso en sus bolsillos para llevar al menos un mendrugo de pan a sus hijos y a su mujer. Nada había cambiado. Todo seguía igual: el pobre, igual o peor de pobre; el rico seguía siendo rico. Los malos no abandonaban sus costumbres y los buenos...

      Los buenos iban desapareciendo, la tierra se los tragaba, Como que no siempre el que la hace, la paga. Ni quien mal actúa recibirá su merecido castigo: anhelos subliminales de los buenos.

  

Como un boomerang

Carlos A. Ponzio de León

      

      Mire, Raúl no previó que su propio equipo de trabajo aprendería de sus provocaciones, y que ellos las aplicarían contra él. Su búsqueda constante de defectos físicos en la gente, para luego hacerlos notar en público y humillar, para poder dominar e imponer sus puntos de vista, en el fondo, siempre le hicieron sentir como un gusano, como un ciempiés alargado, parado sobre sus dos últimas patitas.

      Su accidente no solo le dejó un brazo inservible, sino un brazo que se le ha vuelto un estorbo y que de pronto quisiera no tener. Piensa que los demás se burlan de él. ¿Qué clase de negocios ilegales se trae entre manos? No lo sé, tal vez... varios. Pero se convirtió en la persona detestable que es, hasta los cuarenta. La vida no le está cobrando pecados de juventud.

      Es cierto, su accidente fue planeado. Sus propios empleados se organizaron y le arruinaron los frenos del auto. Soportaron su actitud durante un año, desde que lo dejé regresar a los negocios. Cada día se comportaba más violento, envalentonado por el apoyo de su pequeño grupo cercano. Yo no estaba al tanto de ello.

      Yo lo conocí hace muchísimos años, por mi marido, quien falleció recientemente de una enfermedad terrible, incurable como la amargura del café. Mi esposo fue su socio; invirtió en sus negocios. Por ello, yo comencé a trabajar en el conglomerado de las empresas de Raúl. Mi marido no confiaba del todo en él, y me pidió que lo vigilara, que estuviera al pendiente de las auditorías y de cualquier detalle. Yo estaba indecisa de aceptar, no muy segura de querer volver a trabajar en el encierro de una oficina. Pero lo hice y al final, Raúl nos traicionó.

      Desperdigó dinero de las empresas y financió campañas. De los mismos contratos que firmaba con el gobierno, le regresaba el veinte por ciento a los funcionarios corrompidos. Enviaba a su gente de mayor confianza, con torres de billetes envueltos en plástico, dentro de maletas enormes. Armaba viajes de dos semanas en una playa del Caribe; poniéndoles a disposición un piloto y el avión privado. Lo que ellos no sabían, era que Raúl los grababa; documentaba todo el viaje. Y cuando se encontraba en problemas, los extorsionaba mostrándoles sus vídeos.

      Mire, yo no sé por qué su propia hija lo denunció. No tengo idea de qué gane ella de todo esto; ignoro si Raúl puso a su nombre todo el dinero. Cuando él perdió las empresas durante la última crisis económica, su esposa lo abandonó. Dicen que se fue para San Diego y allá perdió toda razón. La hija de Raúl podrá informarle mejor que yo. Pero ahora, aquí en la cárcel, Raúl encontrará que su violencia tiene un camino de regreso, como un boomerang...  como un boomerang.



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