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Dios permanece en nosotros

Dios permanece en nosotros


Publicación:28-08-2021
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Adquirido que el Dios verdadero es trascendente, persiste el problema de cómo alcanzarlo

“Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti” (Conf 1,1). Esta frase de San Agustín expresa bien el problema de todas las generaciones de hombres que han existido y que existirán. Nuestro corazón anhela a Dios, porque ha sido creado para gozar de Dios eternamente. Pero, ¿cómo podemos alcanzarlo?

Una respuesta falsa y que a nosotros nos parece burda es reducir a Dios a nuestro nivel, e incluso más bajo, para poder manipularlo. Esta es la idolatría. Es la respuesta que más comúnmente ha dado la humanidad. Reduce a Dios a un objeto manejable, a un ídolo, y así lo pone a nuestro alcance. Obviamente, un dios inferior al ser humano no nos satisface, no nos salva.

Contra esta respuesta falsa nos advierte la revelación bíblica. En efecto, ella es tajante en su condenación de la idolatría y en su afirmación de la trascendencia de Dios. Entre muchos textos, citemos sólo uno del profeta Isaías: “De cierto que tú eres un dios oculto, el Dios de Israel, Salvador. Quedarán abochornados, afrentados, marcharán con ignominia los fabricadores de ídolos. Israel será salvado por el Señor, con salvación perpetua... Pues así dice el Señor, creador de los cielos, él, que es Dios, plasmador de la tierra y su hacedor...: ‘Yo soy el Señor, no existe ningún otro... No saben nada los que llevan sus ídolos de madera, los que suplican a un dios que no puede salvar... Dios justo y salvador, no hay otro fuera de mí...’” (Is 45,15-22). Para salvaguardar esta verdad Israel tenía absolutamente prohibido hacer cualquier representación de Dios, pues Dios no se deja encerrar en ninguna imagen concebida por el hombre.

Adquirido que el Dios verdadero es trascendente, persiste el problema de cómo alcanzarlo, tanto más que este Dios responde al anhelo de Moisés, que nos representa a todos, diciéndole: “Mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo” (Ex 33,20).

El judaísmo del tiempo de Jesús había respondido diseñando un complicado sistema de separación de las realidades terrenas: los ritos de purificación. Para participar en el culto había que prescindir de ciertos alimentos considerados impuros, del matrimonio y del contacto con cadáveres, y había que hacer una serie de abluciones. Es lo que refleja el Evangelio de hoy. Jesús va a enseñar que esta respuesta al problema es falsa: “Este pueblo me da un culto externo, pero su corazón está lejos de mí (de Dios)”.

La respuesta verdadera es que este Dios trascendente, él mismo se acercó al hombre; y se acercó tanto, que se hizo hombre y, por eso, para alcanzarlo a él no hay que apartarse de nada verdaderamente humano, sino al revés. Jesús nos reveló la respuesta verdadera: a Dios sólo lo alcanzamos por medio del amor a los demás. Así formula San Juan el problema y lo resuelve: “A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros... Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,12.16). Por eso el elenco de cosas que según Jesús hacen im-puro al hombre –le impiden el contacto con Dios- son todos pecados contra el amor.



« Redacción »