Banner Edicion Impresa

Cultural Más Cultural


Dios nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo

Dios nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo


Publicación:22-10-2023
++--

Fuimos creados por Dios y para Dios. Y para este fin no hay más camino que Cristo, como lo dice San Pablo

En los domingos pasados, siguiendo la lectura del Evangelio de Mateo, hemos visto cómo responde Jesús a los Sumos Sacerdotes y ancianos del pueblo a la pregunta sobre su autoridad para enseñar en el templo. Hemos visto que Jesús responde, por medio de parábolas, reivindicando su condición de Hijo de Dios y dejando a quienes niegan su autoridad en la situación de quienes rechaza a los enviados de Dios. En el último de esos cuestionamientos se incluyen también los fariseos. En este Domingo XXIX del tiempo ordinario leemos la primera de una serie de preguntas que hacen a Jesús con la intención de hacerlo caer en error y, de esa manera, desprestigiarlo ante el pueblo o ponerlo en dificultad ante la autoridad romana.

«Entonces los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre el modo de ponerle una trampa en sus palabras». Podemos imaginar a los fariseos deliberando y luego felicitandose por lo bien logrado de su plan. Dado que la pregunta que deciden hacer a Jesús tiene una dimensión política, involucran también a los herodianos, que forman el partido de los que se benefician con la dominación romana y la apoyan. Podemos suponer que de este partido era el autor de este Evangelio -San Mateo- antes de que Jesús lo llamara y lo eligiera para integrar el grupo de los Doce. En efecto, cuando Jesús lo llamó, él estaba en su oficio de «publicano» (cf. Mt 9,9-10; 10,3)), es decir, tenía el cargo dado por Roma de recaudar los impuestos que los judíos debían pagar al imperio. Para los fariseos, el imperio era el símbolo del paganismo; para ellos «publicano» es sinónimo de «pecador». Los fariseos y los herodianos en nada están de acuerdo, excepto en la intención de perder a Jesús. En este objetivo logran acuerdo: «Los fariseos envían a sus discípulos, junto con los herodianos, a decir a Jesús...».

Antes de formular la capciosa pregunta, en presencia de la multitud, mientras Jesús enseñaba en el templo, hacen una introducción que oculta su verdadera intención: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con verdad y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas». Según esto, que ellos dicen «saber», Jesús es lo opuesto a lo que hoy llamamos «políticamente correcto», que no mira a la verdad, sino a complacer a las personas para ganarse su favor. Respecto de Jesús, repiten dos veces el concepto de «verdad»: «Eres veraz y enseñas el camino de Dios con verdad». Desgraciadamente, ellos lo están diciendo sin verdad, porque no es lo que piensan; lo dicen para ganar a su favor a los que están presentes, que eran judíos, y adular -si esto fuera posible- a Jesús. En su alabanza de la verdad, que es Jesús, ellos están siendo falsos.

¿Qué se entiende por «el camino de Dios»? Los judíos llaman así a la Ley de Dios. La llaman «camino», porque debía llevarlos a la unión con Dios. El profeta Isaías anunciaba para el futuro la revelación de ese camino: «Con tus ojos verás al que te enseña, y con tus oídos oirás detrás de ti estas palabras: "Ese es el camino, caminen por él"» (Is 30,20-21). Jesús enseña esa camino, no solo con su palabra, sino con también con toda su Persona, porque Él es ese camino: «Yo soy el camino», y lo enseña con verdad, porque es el único camino que conduce a la meta: «Nadie va a Padre, sino por mí». Por eso, declara: «Yo soy la Verdad». Él es también la meta: «Yo soy la vida» (Cf. Jn 14,6). Nada de esto creen los que vienen donde Él con intención de hacerlo caer en una trampa.

«Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar impuesto al César o no?». Pagar impuestos es lícito, porque ese dinero lo destina la autoridad a mejorar las condiciones de vida de la población. El problema es que los judíos debían pagarlos «al César», que, como hemos dicho, era el símbolo del paganismo y se consideraba que, de esa manera, favorecían el culto a dioses falsos. Quieren forzar a Jesús a responder: «No es lícito». Pero, entonces, los herodianos lo habrían acusado de subversivo y habrían logrado el objetivo de perder a Jesús.

Jesús comprende la intención de la pregunta y antes de responder, dice: «"Hipócritas, ¿por qué me tientan? Muestrenme la moneda del impuesto". Ellos le presentaron un denario». Tenían en el bolsillo esa moneda romana, aprovechando así las ventajas de la dominación romana en la vida diaria. Jesús, entonces, pregunta: «¿De quién es esa imagen y esa inscripción?». Antes de revisar su respuesta, debemos decir que han caído en su propia trampa. No pueden escapar, porque todos los presentes sabían lo mismo que sabemos nosotros como resultado de hallazgos arqueológicos: el denario tiene por un lado la inscripción: «Tiberio César, Augusto, hijo del divino Augusto»; y por el reverso una figura sentada con estas letras: «Pontífice máximo». La ley judía prohibía hacerse imágenes para no reducir a Dios a algo manejable y ellos llevaban consigo una imagen de quien era venerado como dios. ¡Están en pecado! Jesús, por tanto, manda deshacerse de esa imagen diciendo: «Devuelvan al César lo que es del César». Esta orden tiene una doble interpretación: 1) deshaganse de ese objeto idolátrico, que representa la dominación sobre Israel de un pueblo pagano, y 2) devolviendolo al César, estarán pagando el impuesto el impuesto. No pueden acusarlo de connivencia con Roma y tampoco de llamar a evadir el pago del impuesto. Fue, sin embargo, inútil, porque como sabemos, esta fue una de las acusaciones que llevaron contra él ante Pilato: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar impuestos al César y diciendo que Él es Cristo Rey» (Lc 23,4).

La moneda del impuesto tenía la imagen del César y, por tanto, Jesús manda devolverla a él: «Den a César lo que es del César». Pero agrega una orden paralela: «Y den a Dios lo que es de Dios». Insinúa que hay alguna realidad en la cual se encuentra la imagen de Dios y esa debe ser dada a Él. La imagen de Dios no se encuentra sino en el ser humano, que fue creado con esta deliberación de Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra... Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (Gen 1,26.27). El ser humano, hombre y mujer, se debe enteramente a Dios. Fuimos creados por Dios y para Dios. Y para este fin no hay más camino que Cristo, como lo dice San Pablo: «Dios nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29).



« Felipe Bacarreza Rodríguez »