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Destino infalible

Destino infalible


Publicación:05-03-2022
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Solo había que esperar al impostergable lunes para realizar una llamada telefónica a sus bancos, uno en busca del otro

¡San Diego!

Carlos A. Ponzio de León

      

      “Creo que la distancia estresa”, dijo Erika. “No te preocupes, se trata de estar tranquilos. Y ya de por sí, con nuestro trabajo y todo… pero fue un gusto”, dijo Gabriel. “Igualmente”, respondió ella. Y se despidieron con un saludo de mano. Cada uno subió a su auto y condujo a su propia casa, con su comprobante para la reparación del auto que les entregó el seguro. La culpa había sido de un tercer auto, una Ram 1500 Limited color negro, que primero chocó el auto de Gabriel, un Jaguar XJR azul oscuro, y lo empujó hasta golpear el de Erika: Un Mercedes-Maybach amarillo. Entre Erika y Gabriel hubo un pequeño pellizco en el corazón que les hizo prestarse la totalidad de su atención. Ella era atractiva, 1.68 de altura, delgada y de una cintura exquisita como la curva de un río que fluye sin sosiego. Él era amante de los gimnasios que abren a las seis de la mañana, decidido a completar su rutina deportiva en hora y media y luego de tomar un baño, sumergir las mejillas y el cuello en una botella de loción Hugo Boss. Luego de orillarse, realizar las respectivas llamadas al seguro y bajar de los autos para medir la intensidad de los golpes, cada uno pensó, cuando se encontraron de frente: ¡Yo te he visto en alguna parte! ¿Dónde?

      Había sido diez años atrás. En una convención de la Asociación Nacional de Analistas Financieros celebrada en 2011 en San Diego. Viajaron en avión: Ella desde Florida; él desde Nueva York. Pero ambos eran mexicanos que habían estudiado Maestrías en Negocios, uno en Chicago y la otra en Boston. También tuvieron trabajos en Paris y Bruselas, en Bancos de Inversión. Pero no volvieron a encontrarse hasta que regresaron a la Ciudad de México y ocurrió el accidente, justo el viernes pasado en el tráfico de Avenida Reforma, hacia Las Lomas.

      En San Diego, diez años atrás, habían vivido un romance de un fin de semana. Atendieron las conferencias y llamaron a sus respectivas familias para avisar que extenderían sus estadías el fin de semana. Quedaron flechados como alambres cocidos por el fuego. Todo fue imprevisto. como tormenta de nieve en pleno mayo. Se prometieron hablarse, pero la distancia hizo su justicia: sufrieron extrañándose durante semanas, con el dolor del secreto que no puede contársele a nadie. En el rincón de sus corazones, pegado al pecho, se formó un coágulo amargo que constantemente corría el riesgo de extendérseles por todo el cuerpo. Al hacer el amor con sus respectivas parejas, pensaban más bien en el encuentro de San Diego. El tiempo también cobró su parte. Poco a poco, la indiferencia emergió del inconsciente e hizo de las suyas, y Erika y Gabriel comenzaron a mostrarlas hacia sus propias parejas, la cual habría de ser correspondida en los meses siguientes, hasta que, finalmente, cada uno de los matrimonios fue arrancado desde sus raíces.

      Acostumbrados a la frialdad de los rendimientos de inversión, a los largos y cortos plazos, a los movimientos macroeconómicos de tasas de intereses y tipos de cambio, durante doce horas al día, sin entender que las herramientas que ahora necesitaban no las encontrarían en los números, sino en sus propios corazones, terminaron por cometer errores que les costaron sus trabajos. Rebajados en 2016 y 2018, encontraron empleo en Europa sin saber que ahora estaban más cerca, el uno del otro. Los despidos ocasionados por la crisis de la pandemia de Covid los obligó a reubicarse en las respectivas oficinas para Latinoamérica, dentro de sus bancos. Así llegaron ambos a la Ciudad de México. Cada uno a vivir a una orilla de la ciudad.

      Con cuarenta años de trayecto, conduciendo bajo la tranquilidad de que un accidente automovilístico como el sucedido no mermaba su patrimonio, ni su felicidad, tuvieron el flashazo durante el camino de regreso: ¡San Diego!, exclamó cada uno, silenciando la música en sus autos, recordando el único orgasmo simultáneo que habían tenido durante sus vidas. Un bombazo mental abrió sus esperanzas. La frontera desértica se volvió manantial. El insight para reubicar tropas Texanas a la costa de China porque el dragón aún estaba dormido. Ambos eran traidores que se debían un favor: Una deuda que ahora podía ser pagada con todo e intereses acumulados. ¿Qué buscaba ella, diez años después? ¿Lo mismo que entonces? Recordaron al instante sus nombres que habían llevado grabados durante 10 años. Erika de la Paz y Gabriel Saucedo. Ese viernes por la noche, sabían cómo reencontrarse. Solo había que esperar al impostergable lunes para realizar una llamada telefónica a sus bancos, uno en busca del otro.

Nunca digas: ¡hoy no!

Olga de León G.

El invierno se estaba despidiendo con un cielo medio nublado y un vientecillo que llevaba de un lado a otro las hojas secas, mientras en el árbol de al lado de la casa, los duraznos anunciaban el arribo de la primavera, con una nube de florecillas en color liliáceo que cubrían todas sus ramas: su dueño había hecho buen trabajo: cuidando sus árboles y regándolos durante las tardes al caer el sol o muy temprano, por las mañanas: pronto vería retribuidos sus esfuerzos.

Nidia había salido muy temprano, a las nueve de la mañana. A esa hora, regularmente estaba preparando el café para tomarlo veinte minutos después, luego se ducharía y calaría unos pants o jeans, los de costumbre y un pullover o jersey muy ligero, no hacía frío, pero tampoco estaba como para salir en mangas cortas. Todo lo cual había hecho ese día antes de las ocho; a las nueve, ya salía de casa y subía a su auto.

Manejó las primeras cuadras todavía dentro de la colonia, como autómata, exactamente así se lo dijo en su mente y reaccionó, para tomar conciencia de que ya iba en camino, no habría vuelta atrás… 

      Repitió, ahora en voz baja, “Autómata”, y recordó la pintura con ese mismo nombre de Edward Hopper: ¡cómo le gustaban las obras de Hopper!, se identificaba con su simbolismo, su significado, no con los personajes. A pesar de que veces le habría gustado parecérseles: ser reservada, callada, mantenerse en silencio, observar, mirar solo hacia un punto cualquiera y nada decir: “No podía”, nunca había podido ser tan discreta que nada ni nadie la impeliera a abrir su boca y dejar escapar las palabras sin más filtro que el de su conciencia: tampoco deseaba lastimar a nadie.

      Ella estaba ya tan dañada, y no era que el mundo o la vida hubiesen sido crueles con ella. No. Nidia había sido feliz mucho tiempo, siempre encontró con quienes compartir, con quién hablar de sus cosas y sabía escuchar cuando se lo requería el momento, o la gente. Pero mucho cambió su vida y su personalidad desde que él la había abandonado sin explicación alguna, sin decirle por qué. Un día, el hombre simplemente se fue, salió por esa misma puerta que ahora ella había salido y, no regresó.

      Hoy, anhelaba ser otra, reconstruirse para olvidar. Por eso, esa mañana que Edward surgió en su pensamiento, Nidia quiso ser un personaje dentro de cualquiera de las pinturas de Hopper, pero, cómo: no lo sabía.

      Regresó sobre su conciencia del momento, y manejó cuidadosamente, el trayecto no sería ya mucho, pero aún faltaban varios kilómetros y más de media hora.

      La visita de ayer, en su interior, todo le había removido. Se vio de niña en la casa paterna, ayudando a su madre a cocinar, más bien, aprendiendo. Se vio también rodeada de niños, entre ellos sus hermanos menores y algunos vecinitos, contándoles historias; todos muy atentos a sus invenciones salpicadas de cuentos clásicos que disfrazaba con sus tejidos multicolores, o en sepia o blanco y negro: Le encantaba verlos atentos, siguiendo su voz y sus ademanes: entonces no sabía que eso sería parte de su vida, por siempre.

      Hasta ese día. En el que ella sola, sin la participación de nadie más, tomó la decisión: también se marcharía. 

      De pronto, dio un vuelco su corazón junto con su auto, que giró en trescientos sesenta grados y se detuvo, intempestivo, parando justo delante del tronco de un enorme árbol que estaba casi a media calle. No hubo destrozos, ni externos ni dentro del auto. Ella salió ilesa, no había llegado a colisionar realmente con el robusto tronco. Fue como si Dios y su Ángel de la Guarda se hubiesen puesto ante el parachoques o defensa delantera, y detuvieran el auto diez centímetros antes del impacto que parecía inminente. 

      Se repuso del susto, y estando el motor apagado, abrió la portezuela de su lado y bajó. Miró en derredor, nadie estaba en la calle, ni nadie pareció que hubiese escuchado nada. Aliviada de no ser el centro de un evento tal, regresó al auto y lo echó un poco en reversa y continuó manejando, ahora con más calma.

      Cinco o seis minutos después, llegó a su destino. Su familia -todos felices y sonrientes- la esperaba a la puerta del cielo con un anuncio en sus manos, que decía: “Nunca digas: ¡hoy no!”



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