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De estrellas y diamantes

Publicación:14-08-2021
TEMA: #Agora
El cielo estaba más oscuro que de costumbre a esa hora
El corazón en las estrellas
Carlos A. Ponzio de León
Blanca despertó dos horas más tarde de lo que solía hacer: a las dos de la tarde. Batalló para abrir los ojos, como si para lograrlo, tuviera que levantar el Cerro de la Silla con sus párpados. Amaneció con dolor de cabeza, aunque no había probado gota de alcohol la noche anterior. Solía servirse en la madrugada, de regreso del bar donde trabajaba, cinco o seis vasos de whiskey con agua mineral. Luego, destapaba dos o tres botellas de cerveza alemana. Era su premio por trabajar seis tardes y seis noches a la semana, incluyendo sábados y domingos. Lleva quince años así. Cuando despierta, a veces lo único que desea es poder dejar de tomar; pero no puede, en la noche vuelve su deseo incontrolable de beber. En su día libre: ya sea lunes o martes, no encuentra tiempo ni oportunidades para divertirse, solo la necesidad de lavar la ropa, ir al súper y hacer la limpieza de su departamento. Frecuenta cada vez menos el parque para correr, y poco a poco ha ido perdiendo su figura esbelta. Se lo ha hecho notar el capitán de meseros: “Cuida el estómago. Las condiciones para trabajar en este lugar no han cambiado”.
Ha sido costumbre para ella dejar la cama sin tender, y preocuparse cada vez menos por mantener limpia la mesa con su lámpara, donde se acumulan pedazos de papel y cotonetes. Diariamente, sale del cuarto sin sacudir las sábanas, para dirigirse a la cocina, donde suele prepararse un huevo con una salchicha de pavo, cocinando en aceite de coco. Come de pie. Al terminar, suelta el plato sucio en el fregadero, con un golpe que parece a punto de romper la vajilla: encima de los acumulados durante las mañanas anteriores. Acción que repite hasta el lunes o martes. No le interesa limpiar el sartén. Cada día se prepara lo mismo, encima de la freidera sucia, tomándola como la ha dejado el día anterior. Luego enciende el boiler y toma un baño largo, sintiendo el agua que le calienta la espalda, como si eso la protegiera. Piensa en el temazcal que conoció a los diez años, en un viaje con su padre a Tepoztlán. Y eso le hace olvidar si ya se ha enjabonado. Vuelve a comenzar el ritual.
Alguna vez, había soñado con ser actriz. La Salma Hayek de ojos azules, cabello rubio y uno setenta de estatura. Protagonizaría mujeres fatales, villanas que al final de la cinta se transformarían en heroínas que entregan todo por salvar al mundo. Pero ahora que se acerca a los cuarenta años, sus sueños se han convertido en polvorín dentro de su cuerpo, y se inflaman engordándola como saco vocal de una rana.
Tal vez, ahora, lo mejor sea que se quede quieta bajo la toalla, que vuelva a la cama, sintiendo el peso del Cerro de la Silla en su espalda, dejándose atrapar entre cobijas, impedida para ir a trabajar. ¿Le daría gusto al gerente del bar, despedirla para dejarle su puesto a una chica más joven? Tal vez sea un trabajo para alguien que aún conserve la esperanza de un día, atender frente a la barra a algún famoso director de cine. Quizás conseguir otro trabajo sería un cobijo: frío y amargo, pero sólido como el acero.
Se levanta para alistarse. Playera tipo Polo, jeans y el mandil en la bolsa. Sale a tomar el camión urbano que la deja a una cuadra del bar. Media hora más tarde, cruza el umbral de la puerta. “Vienes tarde y eres una mesera, no una diva”, le dice su jefe. En la barra hay un sujeto esperando. “Hola, soy Blanca, ¿qué vas a tomar hoy?” Se quedan mirando el uno al otro. Parecen reconocerse. “Solías venir aquí, ¿verdad?”. El hombre sonríe, sus dedos se mueven para girar una moneda de diez pesos, haciendo sonar la madera de la barra. Luego responde: “Hace ocho años que dejé de beber. Vine porque quiero saber si aún extraño este lugar. Déjame pensar qué te pido”.
Blanca se dirigió a la comanda para introducir su clave y tomar nota de las cuentas abiertas. Revisó la cantidad de cervezas en la hielera, el lavador de platos y la tarja. Los cepillos estaban en su lugar. Volvió con el sujeto y luego de una sonrisa, escuchó. “Te encargo una limonada en agua mineral, sin azúcar”. Blanca se alejó y a los cinco minutos volvió con la bebida, más un plato de papas a la francesa. “Cortesía de la casa”. “Mis favoritas”. Se quedó quieta, mirando las tablas del piso, haciendo una mueca. “¿Te puedo preguntar algo? ¿Cómo lograste dejar de tomar?”
Entre ambos comenzó una plática larga que, a lo lejos, parecía soltar vapor de aguas termales. Ella escuchó con atención: como si un guía espiritual de una civilización antigua estuviese instruyéndola en el camino a la sabiduría. Al final de la jornada, Blanca realizó su cierre, lavó instrumentos, tiró garnituras y al concluir, colocó sus manos sobre la barra, esperando. Cuando su jefe apareció por el salón, se dirigió a él. “Volveré a ponerme en forma”, le dijo, “y no se repetirá el que llegue tarde. Te dejé mi mandil en la barra”. Y luego de unos segundos, le dijo: “Por cierto, nunca pudiste llegar a mi corazón”. Blanca cruzó la puerta: con la mirada puesta en el cielo y el corazón en alguna estrella y su nuevo futuro.
Contando las estrellas
Olga de León G.
El cielo estaba más oscuro que de costumbre a esa hora, cuando él regresaba cansado de una jornada más de trabajo. Había empezado a trabajar en el turno de la noche pensando en que sería transitorio, que no duraría mucho, solo mientras los pagos de la casa se regularizaban. Terminó de pagar la casa, y luego hubo necesidad de un auto más, así que continuó con el doble turno. Su mujer no podía quedarse sin tener mueble en qué llevar a los niños al colegio y para ir al Súper, al médico y realizar todos los pagos de servicios y demás.
Detuvo la marcha de su mini tráiler a un lado del camino, en un paraje que de día ofrecía la vista más hermosa de la región: las imponentes montañas, los elevados abetos y pinos diversos, el lago con patos y cisnes que de noche dormían afuera de él, sobre el pasto… Pero, de noche, su belleza se coronaba con los millones de estrellas que iluminaban el cielo a esa hora y el aura que anunciaba el amanecer: tres de la madrugada.
Mirando al horizonte, observó que a lo lejos no había ninguna estrella; en cambio, sobre su cabeza, encima del capacete de su vehículo, había un resplandor maravilloso, era como si millones de diamantes flotaran en el cielo, justo allí. ¿Son estrellas!, se dijo en silencio. Las contaré, por lo menos este gran montoncito que tengo encima. Bajó del auto y a simple vista, protegido con sus lentes solares, comenzó la hazaña de contar estrellas.
Pero, se quedó dormido, de pie y con los ojos bien abiertos. Pasaron quizás unos tres minutos a lo sumo, y se despertó por completo: su camioneta tenía la caja repleta de diamantes. Asustado por no saber cómo era que esos diamantes habían llegado hasta allí, a su transporte del trabajo, miró en todas las direcciones, incluidos el cielo y el piso de terracería, y nada le explicaba ese hecho.
No se le ocurrió otra cosa que subirse, ponerse frente al volante y manejar a la mayor velocidad posible, dada la carga que llevaba, rumbo a su casa. Pero, se detuvo cuando le asaltó la gran duda: ¿Qué explicación daría a su mujer de esa carga? Entonces, en su desesperación porque no lo fueran a acusar de ladrón, decidió vaciar la caja de la camioneta volteándola sobre el lago que tenía enfrente. Era el Lago más profundo y grande de todo el país. Así que pensó, aquí bien cabe un millón de diamantes.
Se estacionó de reversa hasta la orilla del lago, separó las dos partes del vehículo, y fácilmente cayó el brillante cargamento en el lago. Luego, manejó hasta su casa, que ya estaba cerca.
Al despertar, escuchó gran alboroto en casa y fuera de ella: la caja de su camioneta brillaba intensamente, sin explicación alguna. Y, en el televisor, las noticias, informaban de un espectacular fenómeno ocurrido durante la madrugada: miles o millones de mini asteroides, del tamaño de una nuez o castaña habían caído sobre el Lago más grande y profundo del país.
Lo maravilloso de eso, era que estaban totalmente fríos y eran blancos, cristalinos como brillantes pulidos con sus veinticuatro puntas o caras. Todo mundo se acercó al lugar para tomar algunos. Ese día, todos empezaron a contar diamantes… Diamantes sacados del lago, como estrellas caídas del cielo.
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