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Cuentos fraguados en sueños y citas

Cuentos fraguados en sueños y citas


Publicación:27-11-2021
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A las chicas no nos gusta esperar, sino ser esperadas

    La desconocida

     Olga de León G.

      Todos los domingos acompañábamos a mi madre a misa. O, ella nos llevaba a oír misa dominical. A mí, me parece que la aclaración está de más; se sobrentiende. Más aún si digo que éramos unos niños, de siete años ella y ocho, yo. Mi hermana se volvió una purista de la lengua y perfeccionista de la sintaxis, la claridad y la precisión del léxico. Por eso, ella ha sido mi correctora personal. Pero hoy, no la quiero a mi lado, podría insistir en corregirme la plana y en que cambie tal o cual cosa. Y no, eso no será necesario. Menos ahora, cuando estamos en diferentes coordenadas y tiempos distintos. A un mundo de distancia. Me asustaría encontrármela por aquí.

      Ese domingo, de hace muchos años, no fue diferente a otros, por lo menos no durante las primeras horas del día y parte de la tarde. Después de la misa fuimos a comer a un restaurante, papá ya nos esperaba a la salida de la Iglesia, había pasado a su oficina por unos documentos que necesitaba revisar en casa, para darles opinión a sus clientes, el lunes.

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      A mí me gustaban mucho los domingos, creo que a mi hermana también, incluso a mamá, pues era el día de la semana que salíamos todos juntos.

      Llegamos al lugar que a nuestros padres les gustaba ir a comer. Ya adulto, supe que los dueños del restaurante eran polacos, y siempre salíamos con un litro de jocoque estilo griego, que a papá y mamá les encantaba como lo preparaban. Mamá decía que de ahí separaba al final un poco, para que fuera “la madre” del que ella prepararía para el resto de la semana. A mí nunca me gustó, pero a mi hermana sí, desde niña y hasta la fecha… eso creo.

      Ese domingo, mientras estuvimos en misa, al salir e ir hacia el coche y al llegar al restaurante, vi que una mujer parecía seguirnos, pues en donde quiera que andábamos, ahí estaba. Nunca antes la había visto, era una desconocida. Cuando llegamos a casa, encontramos la puerta de la cochera abierta y la reja de la cocina sin picaporte. Todo estaba revuelto, desde la entrada hasta el cuartito que papá tenía como oficina allí en la casa… Inclusive, este era el más revuelto, había un verdadero desorden: papeles tirados por donde quiera, el archivero metálico había sido violado, todos sus cajones estaban vacíos y los documentos que ahí guardaba nuestro padre estaban tirados, pisoteados o simplemente desparramados por el piso y sobre sillones y escritorio.

      Papá dijo: pero, no encontraron lo que buscaban, porque apenas lo traigo aquí. Eran los papeles que fue a buscar a su oficina en el trabajo. Al parecer, nada de valor se habían llevado; solo escuchamos que papá con carcajada, entre nervioso y muy molesto, exclamó: ¡borrachos!, se llevaron el mejor Wiski. Entonces, de pronto, mamá salió de la recámara con los ojos llorosos y dijo: se robaron mi alhajerito completo, Ricardo. Fue entonces cuando papá tomó el teléfono e hizo varias llamadas.

      Hasta allí las cosas: ese domingo nos marcó a todos. A partir de ese día, papá llevaba un arma en la guantera del auto; mamá no volvió a salir sola ni al mercado… y, nosotros debíamos estar siempre alertas de cualquier desconocido o desconocida que se nos quisiera acercar. 

      Pasaron los años, nos cambiamos de casa, por lo menos en dos o tres ocasiones y de ciudad y estado dos veces… por razones del trabajo de papá. 

      Un día, cincuenta años más tarde, yendo a visitar la tumba de mi madre volví a ver a la desconocida, justo frente al monumento mortuorio: era la misma persona del día del robo, solo que tenía el cabello gris, caminaba con cierta dificultad y sonreía viéndome fijamente a los ojos. De pronto, arrojó un pequeño envoltorio a mis pies, y en lo que instintivamente me agaché a recogerlo, a la que reconocí como la desconocida de hacía años, desapareció, se esfumó. Eran las joyitas de mi madre, ella las tomó y no los ladrones.

      ¿Sería un fantasma, cuando se me apareció siendo yo un niño, aquel domingo al salir de la iglesia? Nunca lo sabré... solo Dios.

      

      

Piernas largas

Carlos A. Ponzio de León

      

      A las chicas no nos gusta esperar, sino ser esperadas. Estuve a punto de irme luego de veinte minutos. Sin ordenar más que un vaso de agua, revisaba mi celular, sentada frente a una mesa para dos, en un restaurante de Santa Fe. El lugar lo había sugerido yo. En su foto de perfil, aparecía muy atractivo: Como de uno ochenta de altura, cuerpo delgado y garrudo, con una banda en la frente que le recogía su cabello lacio y dejaba ver su rostro blanco y angular, como el de quien conquista en la vida todo lo que se propone. Cercano a los cuarenta, unos cuatro a cinco años mayor que yo. En otra imagen, las cuerdas de su raqueta brillaban por la luz del sol, mientras golpeaban la pelota verde como si fuera a reventar la red de la cancha de tenis. Cuando me envió un saludo a través de la plataforma, inmediatamente me imaginé junto a él, bronceando nuestros cuerpos en alguna isla del caribe, mientras él aplicaba crema solar a mi espalda. Nos vi en el mismo cuarto de hotel, hidratándome la cara. Cerré la aplicación cuando recibí su mensaje: “Ya estoy a tres minutos.”

      Rodeó la mesa para saludarme y me levanté ligeramente: noté que no era: ni tan alto, ni tan fornido: ¡Y de hecho era más viejo: seguro pasaba los cincuenta! Había comenzado nuestra plática sobre el tráfico y el frío, cuando le pregunté: ¿De cuándo son las fotografías de su Instagram? “Hace mucho que no lo uso”, me dijo, “pero ahora que me metí, vi un comentario tuyo en la publicación de un amigo y me latió escribirte.” Llevaba una camiseta blanca de cuello redondo que se le dejaba ver: debajo del suéter verde oscuro pálido que llevaba encima. Luego: una chamarra desgastada color naranja que no le combinaba. No tenía demasiadas arrugas en los ojos; pero sí muchísimas en la frente. Cuando se sacó la chaqueta, el engaño fue evidente: brazos debiluchos y un estómago abultado.

      Luego de unos segundos de silencio, le pregunté con mi voz más dulce: “¿Hace cuánto que no haces ejercicio?”. “Como tres años, desde que trabajo de nueve a nueve de la noche”, me dijo. ¿Cómo?, pensé. Yo no voy a salir con alguien que no tiene tiempo para mí. Yo de plano ando buscando a alguien con dinero, pero no para engañarlo. Además, me gusta viajar seguido, tomarme mis días libres entre semana, pasar de pronto dos semanas en España, y otras dos en Argentina. Las lenguas extrajeras me ponen nerviosa, por eso no voy a Estados Unidos, ni a Francia, pero me encantan Buenos Aires y Madrid y Barcelona, y tantas otras ciudades hermosas en las que se habla el español.

      El suéter le quedaba guango. A este tipo no le importa su cuerpo, pensé. Debí haber aceptado la invitación a comer tacos de mi coach en el gimnasio, o haber invitado al fornido que me encuentro ahí. Mi exmarido se había vuelto odioso porque ni siquiera los viernes podía salir temprano del trabajo, mucho menos se levantaba para ir al gimnasio. Hubo una época, recién casados, cuando agarró la costumbre de correr y fortaleció las piernas, pero la panza siempre estuvo ahí, pegada a su cuerpo.

      No digo que nuestra separación se hubiera debido a eso; hubo muchas cosas. Él trabajaba en el gobierno y luego se quedaba sin empleo durante mucho tiempo. Y aunque había oportunidad para realizar cualquier viaje que quisiéramos, no había dinero, o el que se tenía no se podía gastar por la incertidumbre sobre cuándo regresaría una chamba. Comenzó a entender a sus jefes: más astutos que él. Hacían sus guardaditos, se compraban casas. En efectivo, claro, y luego las rentaban. Sobrevivían sus largas temporadas sin trabajo. Algunos pasaban hasta veinte o treinta años, o el resto de sus vidas, sin tener que afectar sus patrones de lujo. Algo sobre lo que debo decir, soy muy exigente. Por eso mi admiración por esos hombres que llegan a los setenta con treinta casas, habiendo trabajado tan solo seis años en sus vidas. Bien trabajados. Quizás dinero mal habido, pero ganado con esfuerzo. 

      Así es que, cuando el tipejo que me había invitado a comer salió con que se la pasaba trabajando, que tenía panza y le faltaba músculo, me dije: No. Agarré mi celular y le escribí a una amiga: “Sácame de aquí”. 

      A los pocos minutos marcó. Estaba muerta de la risa. “¿Está pelón o es un asesino serial?”, me preguntó. Yo: callada. De pronto, un “ajá” por aquí y otro por allá. Colgamos. Con una sonrisa tensa, le dije al hombre: mi amiga sufre de neofobia y necesita ayuda urgente en ese momento. “¿Quieres que te acompañe?”, me preguntó. “Yo puedo sola”. Me levanté de la mesa extendiéndole la mano. Algo dijo, pero yo ya no escuché mientras me alejaba dando largos pasos con mis pernas largas.

      



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