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Cuentos entrelazados

Cuentos entrelazados


Publicación:28-08-2022
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Me fui sin que nadie me hubiera visto ni antes ni ahora. Creo que no fui un personaje real

Historias de una vida de ensueño

Carlos A. Ponzio de León

Estoy paralizado, recostado sobre un cuerpo muerto, fingiendo que yo mismo también estoy muerto. Fuimos secuestrados por narcotraficantes que ahora han decidido deshacerse de nosotros. Recibieron una parte de la paga, pero el hombre debajo de mí, y yo mismo, alcanzamos a ver el rostro del líder de la banda y decidieron liquidarnos. Se dan a la fuga precipitadamente. El ruido de una sirena a lo lejos desvió la mirada del hombre que me disparó y me ha dejado aquí sin darse cuenta de que baleó solo mi pierna. Quieto, respirando despacito, escucho a los tres desgraciados cargar la camioneta con sus pertenencias. El grito constante de “¡Apúrenle!” se escucha desde adentro de la troca, del lado del piloto que ahora enciende el motor, y ahora se escucha el golpe de su puerta que se cierra. Siguen aventando cosas en la cajuela. Silencio. Parece que los otros dos suben. La puerta del copiloto ha quedado cerrada. Arrancan quemando llanta. Sigo quieto. 

Diez minutos y no se ha escuchado un solo ruido. ¿Podré levantarme? Me mantengo quieto aquí, más tiempo. Alcanzo a ver la mandíbula del hombre debajo de mí, desecha. Un ojo lo trae echo un agujero. Fue al primero a quien le disparó el sicario. Cuatro balas le soltaron al pobre. Jaime se llamaba. Luego, el sicario volteó apuntando hacia mí, que aún me mantenía sentado en el piso, sin camisa. Agaché la cabeza tratando de proteger algo de mi cuerpo, y de pronto se escuchó la sirena a lo lejos, al tiempo que me soltaba su balazo. “¡Vámonos!”, gritó mientras comenzaba a correr. “¡Ya no hagas ruido con eso!”, le gritó el jefe. Me dejé caer de lado sobre Jaime, con los ojos abiertos, mirando el horizonte seco y la tierra agrietada, sedienta de sangre.

Veinte minutos. Sigo quieto. Jaime alcanzó a contarme que él estudió hasta primaria. Se graduó y se puso a trabajar en el negocio de su padre, quien vendía plantas y flores. Luego, se fue a ayudar al taller de mecánica de un tío. Arreglaba carros con facilidad y le aprendió mucho al negocio. Luego fue a situarse con su herramienta en la calle, cerca de la casa de sus padres. Cuando su tío murió, se quedó con el negocio. Lo hizo crecer y luego hasta otra sucursal abrió en Gonzalitos, además de la de Cumbres que ya tenía el familiar. Así hizo su dinero. Jaime estaba casado.

Me lo imagino bien peinado, en su juventud, yendo a visitar a su novia con un ramo de flores. Lo veo tocar a la puerta con cierta ansiedad. Los imagino a ambos caminando en la Macroplaza un domingo por la tarde, luego de haber ido al cine. Me imagino la sonrisa de Jaime cuando les brotó el primer retoño. Jaime cargando a su niña para tomarse una fotografía: El primer cumpleaños con piñata. El inicio de clases y su sorpresa al saber de las buenas calificaciones de su hija. Imagino el día en que él y su mujer abrieron la puerta de su casa propia. La pareja teniendo como invitados en las fiestas a los amigos, preparándoles carne asada en el patio, con cervezas y un ventilador, a las diez de la noche, para sofocar el calor del verano en Monterrey.

Me imagino a Jaime preocupado cuando las ventas del taller declinaron. Su respuesta cuando comenzaron a aparecer otros talleres, más nuevos, cerca del suyo. Los desvelos por hacer rendir el dinero del negocio cuando adquiría préstamos. Me lo imagino conduciendo en la carretera rumbo a la Presa de la Boca en fin de semana, con toda la familia. Me lo imagino disfrutando el sabor de un whiskey en agua mineral y con hielos. Puedo imaginar el orgullo que sintió al ver a su hija graduada de la universidad, como si él mismo fuera quien estuviese obteniendo el título de ingeniero.

No sé si alguna vez pensó que moriría de esta manera tan violenta. Supongo que no. Nadie imaginamos eso. Todos soñamos con morir dormidos, una muerte tranquila como el silencio, como el vacío del universo entre roca y roca, como el espacio tranquilo que hay entre estas grietas de tierra sobre las que estamos tirados. Este es el polvo en el que Jaime, a partir de hoy, se convertirá, y yo también y todos nosotros algún día.

Treinta minutos. Los puedo contar en el reloj de la plaza central que está a unas cuadras de aquí, en este pueblo solitario al que los sicarios nos trajeron. Escucho un ruido. Son gritos. “¡Ahí!”, alcanzo a distinguir que dicen las voces que se acercan. Me levanto. La herida en mi pierna no se ve bien. Tú tampoco te ves bien, Jaime. Espero no haber sido mala compañía en estos últimos días, en los que nos secuestraron. Yo me regreso a mi vida sin esposa, sin hijos, ni casa, ni auto. No sé con quién demonios me confundieron estos desgraciados; pero gracias, Jaime, por tus historias que me han hecho vivir una vida que nunca viví.

Historia de un préstamo tomado del hijo

Olga de León G.

Cuando lo vi tirado en el suelo, recostado junto al cuerpo inerte de otro joven, para mí desconocido, no me paralicé, antes bien, la adrenalina apareció a flor de piel, habiendo recorrido todo mi cuerpo de los pies a la cabeza. Y, quise acercarme para ver si él, mi hijo, aún respiraba. Un sexto sentido me contuvo y antes bien, me seguí de largo retirada de los dos bultos humanos que comprendí acababan de ser agredidos por otros que se fueron, ahuyentados por el sonar de las sirenas que venían hacia donde estaban, mi hijo y el otro joven, tirados en la calle sin pavimento, una calle enterregada.

Era una calle en la que solo había contenedores de basura y uno que otro perro flaco deambulando por ella. Yo pasé por allí, llevada por un rumor del vecindario: alguien decía que habían visto a mi hijo, secuestrado hacía tres semanas, por esa calle oscura y abandonada.

Caminé muy despacio y medio arrastrando una pierna, por si me veían que creyeran que no podía ver ni caminar muy bien.

Mi instinto y el sonido de las patrullas lo salvamos. Me senté recargada sobre uno de los contenedores de basura con la mirada fija en las sombras de los bultos humanos tirados a unos treinta metros, rezando un padre nuestro e implorando por la vida de mi hijo y el descanso en paz del otro joven, sobre del cual había quedado mi hijo, y de quien yo estaba segura que seguía con vida.

Adentro del tambo seguramente había basura y algunas ratas estarían comiendo allí: comencé a sentir como golpes y, que se movía cada vez más. Me levanté algo nerviosa y, con miedo de que fuera a saltarme a la cara algún ratón, de retiradito, me asomé dentro del tambo.

Lo que vi, primero, me paralizó; luego, un impulso natural me dominó, olvidé mis miedos, olvidé que podían regresar los asesinos e introduje mis brazos por completo hasta donde más no se podía y saqué aquel pequeño bulto envuelto en un trapo o sábana pequeña que luchaba por sobrevivir. Era un bebé de menos de un mes, tal vez de quince días de nacido; no me importó ensuciarme, lo abracé y acurruqué contra mi pecho. El bebé parecía no ver ni escuchar nada… solo sentía, sí, sintió calor maternal y se aquietó.

Habían pasado tal vez diez minutos desde que reconocí a mi hijo herido de una pierna. Me acerqué a él, con el bebé en brazos y le susurré al oído: ¿podrás levantarte, hijo? Me miró con la mirada iluminada de esperanza, y con mucho amor.

Ni siquiera reparó en el bebé que llevaba conmigo, cargando en un brazo; con el otro, ayudé a mi hijo a ponerse en pie. Caminamos hasta donde había dejado estacionado el auto: mi hijo subió del lado del copiloto, cerré su puerta di la vuelta por detrás del coche y acomodé al bebé en el asiento trasero; me puse al volante, y me dirigí al hospital más próximo al lugar. De inmediato nos atendieron. Llamaron a las autoridades para reportar los hechos.

Mi hijo declaró lo que vivió mientras estuvo secuestrado junto con el otro joven a quien solo conoció allí en la casa que los mantuvieron encerrados, hasta que los sacaron; y ya cobrado el rescate, fueron a esa calle oscura y apartada, para matarlos. Mi hijo sobrevivió de milagro.

Refirió que todo el tiempo que estuvo tirado, recostado de lado sobre el cadáver del joven que sí mataron, para no sentir miedo de que volvieran a dispararle al darse cuenta de que no estaba muerto, en silencio, solo y con la mente alerta, empezó a fraguar en su pensamiento historias sobre la vida del pobre muchacho muerto… 

Alcancé a escuchar que decía: “Una señora, quizás loquita, me dijo que era mi madre e iba a salvarme”. 

Me fui sin que nadie me hubiera visto ni antes ni ahora. Creo que no fui un personaje real. ¿Habré sido un ser imaginario, mera tinta en el papel? Tampoco al bebé nadie lo vio en el nosocomio en ningún momento. Y, sin embargo, se quedó un trapo blanco enmugrecido, tirado a la entrada del hospital.  

“Creo que llegué hasta aquí de la mano de alguien… O, ¿llegaría yo solo?” Concluyó diciendo en su declaración, el joven.



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