Cultural Más Cultural


Cuando la respuesta es: la huida

Cuando la respuesta es: la huida


Publicación:09-01-2021
++--

Esa tarde de otoño, cuando dos días atrás había cumplido quince años y nadie se acordó de felicitarme, la idea de irme se aferró en mí...

...me volví fantasma

Olga de León G.

      A veces pienso que no pertenezco a la casa ni a la familia con quienes he vivido siempre, que es en donde me encuentro ahora, mientras tomo la decisión más difícil de toda mi vida.

      Nací en el seno de una familia cuyos padres realmente se amaban, y querían mucho a sus niños, a su manera. Yo era la de en medio de cinco hijos. Dos hombres mayores que yo y dos hermanas menores. Cuando tenía diez años, el mayor tenía catorce y la menor seis. 

      Creo que desde los ocho soñaba con que me iba de casa o me cambiaba de familia, solo que no escogía con quién vivir, era solo una idea fantástica con la que jugaba cuando más sola me sentía. A nadie le contaba de mis ideas.

      Lo cierto es que fui creciendo y la soledad se me fue anidando en el pecho y en la cabeza. Por más que estaba justo en medio de los cuatro hermanos restantes, y que lo que hacían los mayores o las menores, siempre me afectaba de alguna forma.

      Por ejemplo, si mis hermanos jugaban a los vaqueros y pistoleros, yo sería a la se robaban los malos, un par de vecinos un poco mayores que mis hermanos. Y me jaloneaban y golpeaban y me llevaban a lugares oscuros del patio entre los árboles...

      Si las que jugaban eran mis hermanas menores, a mi me escogían para que fuera la madrastra, y aunque yo me negara, ellas me obligaban diciéndome que le dirían a mis padres sobre los juegos rudos con los niños.

      ¿Te parece eso suficiente, para entender mis razones sobre la soledad que se fue anidando en mi alma desde pequeña?  Así que nunca me sentí realmente parte de la familia, a veces pensaba si no sería hija de mis padres, o por qué ellos nunca se percataban de mi situación real.   

      Esa tarde de otoño, cuando dos días atrás había cumplido quince años y nadie se acordó de felicitarme, la idea de irme se aferró en mí...

      Salí de esa casa a la que terminé por creer que no pertenecía, un día último de octubre. Llevé conmigo pocas cosas: un lío de ropa que puse en una bolsa grande, de las que usaban en casa para la basura...No la llené ni a la mitad, y la doblé para poder cargarla con un solo brazo.

      No tenía idea de a dónde iría, solo sabía que me iba y no volvería. Esperé la hora en que todos estaban ocupados o en otras partes, a eso de las seis de la tarde... y me fui. Caminé sin volver el rostro hacia atrás. Caminé mucho, hasta que me alcanzó la noche cuando estaba ya cansada. Llegué bajo un puente y allí me quedé hasta la mañana siguiente.

      Dormí entre sentada y recargada en una columna y tapada con una cobija que no era mía. Alguien me la echó encima. Nadie me había cobijado una sola vez en mi vida, no que yo recordara. Al despertarme con los primeros rayos del sol y el ruido de los automóviles, descubrí que todas mis cosas estaban conmigo, las había puesto bajo mi cuerpo y algunas de almohada.

      Nadie preguntó qué estaba haciendo allí. Los demás durmientes bajo el puente, se levantaron y algunos siguieron su camino, otros empezaron a acomodar sus mercancías: era hora de trabajar. Yo, luego de un buen rato, comencé a ver quiénes eran, por si había algún conocido. No. Nadie.

      Recogí mis cosas y decidí que era hora de: seguir caminando, o regresar a casa. En el fondo de mi conciencia tuve la sospecha de que quizás yo me había equivocado y mi familia estaría preocupada por mi ausencia.

      Desandé lo recorrido, y regresé a casa. Era más del medio día y nada indicaba que me hubiesen extrañado. Entré hasta mi cuarto,  todo seguía igual.

En casa, nadie se percató de mi ausencia. Eso me asustó tanto, que me llevó a irme definitivamente... Así fue como me convertí en un fantasma: entraba y salía de mi casa, sin que nadie lo notara.

 El Rosario

Carlos A. Ponzio de León

      La primera vez que desaparecí de mi hogar, fue hace cerca de diez años. Se volvió una historia de terror para mi familia inmediatamente. Pero volví a las dos semanas, con la misma ropa, con los pantalones mojados y sin asear. Primero me recibieron con lágrimas y veladoras. Pero mi presencia en casa no fue tan bienvenida por todos. Algunos hermanos se molestaban porque yo pasaba días frente al televisor, sin hacer nada más que comer y dormir, sin saber que yo me comunicaba desde entonces con Dios. Tampoco yo me sentía a gusto en casa. Mis desapariciones se repitieron, hasta que dejaron de ser noticia en la familia. Iba y venía por semanas. Hasta que un día, ya no regresé. 

      Sé que no me extrañaron. Y aunque no volví, un día, alguien que parecía uno de mis hermanos, me encontró en la calle, frente a la catedral, con los brazos abiertos, cerca de casa de nuestra hermana Azucena. Imagino que él se dirigía a la reunión que, por el fin de año, realizaban siempre los hermanos. ¡Ramiro!, me gritó desde la otra acera, mientras yo bajaba los brazos y merodeaba en la calle, en busca de una moneda perdida, o de algo de valor en los basureros que pudiera vender. Ya vivía en libertad absoluta y con todos mis poderes.

      No estaba seguro de que aquella persona, en la camioneta, fuera mi hermano. Podía tratarse de un agente especial, o de un demonio, de los que pueden leer la mente y extraer los pensamientos. Yo puedo hacerlo. Durante mi última estancia en casa, llegué con un casco de transistores que había fabricado. Le demostré a una sobrina que, a través de él, podía leer la mente de las personas, incluso de los animales. No me costó trabajo convencerla. Hicimos una prueba con la Mostaza, su perrita salchicha.

      Pero nadie más comprendió el poder que había yo logrado con ese casco. Desde entonces la CIA me busca. Represento un peligro porque: no soy un aliado de los Estados Unidos; pero tampoco de Rusia. Más bien soy un agente libre, del lado de los más oprimidos. Y somos tantos. Un día encontré en la calle un rosario de madera que también tiene poderes. He intentado hablar con el deán de la catedral para que la guarden en alguna caja fuerte, o para que se la envíen al Papa. Debe valer una fortuna. No hablo de ella con nadie. Algún compañero de calle podría robármela. Me ha hecho descubrir que no soy victimario, sino una víctima.

      Otro día, escuché a un par de hombres conversar. Bebían café, sentados en la banca de un parque. Yo aún no me decidía a acercarme. Eso hago, merodeo la calle y pido dinero y limpio parabrisas y jardines. No me gusta acercarme demasiado porque la gente huye cuando lo hago. Sienten el poder de Dios, que me protege a través del rosario de madera que llevo colgado.

      Hablaban a un volumen alto. Uno le explicaba al otro que: ni él, ni sus hermanos, sabían nada del hermano mayor de la familia. Conocían que vivía en la calle, pero que estaba perdido. No podían asegurar que se encontrara vivo, ni muerto. Se trataba del hermano más problemático en la familia: había abusado de un consanguíneo menor, cuando niños. Naturalmente, hablaban sin saber nada sobre el poder de Dios, que lo perdona todo.

      El hombre llevaba barba oscura y cabello corto. Podía ser un traga años, porque su voz aterciopelada revelaba que sobrepasaba los sesenta. Pude leer en su mente que tenía sesenta y cinco. Pensé que podía ser del mes de octubre. Había rasgos en él que yo reconocía en mí. Sus labios delgados, como los de mamá. Sus ojos tristes, como los de mamá. 

      Mamá sufrió desde niña. Nadie entendía sus cambios de humor. Ni sus golpes, ni sus gritos. Ni siquiera papá. Supongo que yo se lo heredé a ella. Pero la nariz aguileña, la saqué de papá, tan parecida a la del hombre que hablaba en el parque, recordando a su hermano sin emoción, sin extrañarlo. Fríamente, pude leer en su mente y en su corazón cierta melancolía y, detrás de ella, un asomo de odio.

      Así era mamá. Se le abultaban las emociones en el pecho como olla exprés que luego se destapaba para estallar en gritos de violencia, golpeándonos a los hermanos. Lanzando cazuelas y platos contra el piso, y luego ordenándonos recoger los escombros. Así aprendí a buscar en la calle, a mirar con cuidado en el piso, para no dejar un vidrio que pudiera enterrársenos en las plantas del pie.

      No quise acercarme al par de hombres. Había tanto parecido entre el hombre que hablaba y mi hermano Luis. Comprendí que podía tratarse de una trampa, que yo corría peligro. Quizás se trataba de un plan astuto planeado por la CIA o el FBI, o por el mismo Vaticano, para atraparme o despojarme del poderoso rosario que llevaba yo en mi pecho. Salí huyendo, con la tempestad rezando entre los pies.



« El Porvenir »