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Cuando la comida es el problema

Cuando la comida es el problema


Publicación:06-11-2022
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Entonces, qué puedo hacer para bajar de peso: ¡comer o no comer!: “He aquí el dilema”

Rocas que brillan cuando se hunden

Carlos A. Ponzio de León

      Sentado sobre el tapete de yoga, primero erguido y con las piernas estiradas, Leonardo intentaba alcanzar la punta de sus pies con las manos; pero los nudos musculares en la espalda le impedían lograrlo. Había estado esperando toda la mañana a que el repartidor de DHL timbrara a la puerta, por lo que tenía un oído atento a cualquier toquido y el otro pendiente de la clase que observaba a través de YouTube, en su laptop sobre una silla del comedor. El papelito que esperaba recibir era su título universitario de ingeniero en sistemas, el cual le permitirá dar clases a partir del siguiente enero. En ningún trabajo se lo habían solicitado, él simplemente llegaba a cada oficina después de ser contratado, a programar en su computadora, por lo que siempre lo mantuvo arrumbado en un clóset en casa de sus padres, en Saltillo. Y ahora, para enseñar en una universidad de la Ciudad de México era requisito indispensable mostrarlo. No podía entregar una copia digitalizada, sino llevar físicamente el pedazo de cuero de marrano firmado por el secretario de educación de Coahuila, al director de recursos humanos de la universidad. 

      Le habían anunciado los horarios en que impartiría clases: martes y jueves de nueve de la mañana a una de la tarde. Aparecieron los nudos musculares. Ocho meses antes, había renunciado a su trabajo de once de la mañana a once de la noche en una empresa transnacional que hacía todo tipo de software. Detestaba su trabajo como quien llega a los ochenta años haciendo la misma labor diaria desde los veinte. Aunque él, a sus treinta y cinco y luego de un accidente vial que por poco lo deja sin vida, tuvo que reflexionar sobre sus propósitos existenciales. Llegó a la conclusión de que era momento de perseguir su verdadero sueño: ser escritor. En los talleres literarios le advirtieron: de esto no se puede vivir y necesitarás dos años para aprender el oficio. Lo que lograba muy bien era emborracharse en las tertulias literarias e impregnarse la ropa de todo tipo de humo: de vaporizadores afrutados hasta marihuana, pasando por los aromas del tabaco de cigarrillos y puros.

      Luego de seis meses comenzó a preocuparle que se le agotaría el dinero y cada vez escribía menos; pero le vino la idea que solucionaría su problema: emprender su propia consultora de software. ¿Cómo se instala un negocio? A once cuadras del lugar donde vivía encontró una incubadora. ¿El siguiente inicio de cursos? Enero. Los martes y jueves de nueve de la mañana a una de la tarde. Exactamente el mismo horario que le encontraron disponible para enseñar en la universidad. El salario universitario, por si fuera poco, no le sería suficiente: más de la mitad se le iría en pagar la renta del cuarto donde vivía. Seguiría comiéndose sus ahorros hasta desaparecerlos por completo. Literalmente se irían al caño. 

      Y aún le quedaba el auto, que podía vender. Pero su decisión de dejar su trabajo para ponerse a escribir simplemente iba hundiéndose como roca bajo el mar. Empantanado en preocupaciones, cada vez que encendía su computadora para escribir un poema o una historia, el tiempo se le iba en observar la página digital brillante, en blanco, mientras una lágrima le recordaba que, en ese estado, la mente no producía nada, excepto miedo que lo congelaba bajo el estrecho de Bering. Se levantaba para caminar por el departamento que compartía con una señora de setenta años, a quien le robaba un poco de comida del refrigerador para no gastar, buscando ideas y las ideas solo le estremecían repitiéndole la misma frase de distintas formas: se quedaría sin un centavo, hasta no contar con recursos para pagar la renta, ni comer.

      Comenzó a hacer cuentas. “Tengo que lograr vivir con tres mil quinientos pesos al mes”. Encendió su computadora. Se puso a programar en Python: Una aplicación que, cada vez que hiciera un gasto, le recordaría cuánto le quedaba en su saldo. Al día siguiente tuvo un prototipo. “¿Y si empleo un software de inteligencia artificial que me recomiende qué comer cuando lo alimento con los precios del supermercado?” Comenzó a comer una, en lugar de dos quesadillas en el puesto de la esquina. Dejó de comprar quesos. Dejó de comprar jamón. Comenzó a alimentarse con lechuga y jitomate por las noches y a prepararse un smoothie de chayote, plátano y jugo de limón por las mañanas. “¿Y si vendo este software?”

      El éxito comercial de su idea ya es historia. Leonardo escribe despreocupadamente frente a un ventanal que mira a un jardín de bambús. Mientras tanto, su software genera ingresos suficientes para que él cuente historias sobre los aspectos más triviales… pero a la vez, los más hermosos de la vida.

¿Comer o no comer, he aquí el dilema?

Olga de León G.

Seguramente muchos de vosotros, los menos afortunados para mantener su cuerpo en un peso estable, habrán escuchados muchas opiniones y recomendaciones para adelgazar, para perder los quilos de más que cargamos no solo en la espalda, no, ¡qué va!, en el abdomen, en las piernas, en las pantorrillas, en los brazos… ¡Vaya!, hasta bajo la barbilla, formando esa despreciable papada y en las mejillas, que se pierden y la gente nos las llama “cachetes”. Sí, la gente presumida, la que tiene un excelente metabolismo y nunca ha sabido lo que se sufre por ser o estar “gordo o gordito”.

Sobre este tema, el otro día, estando en casa de sus padres, el hijo empezó a disertar:

- ¡No, mami!, así nunca podrás bajar de peso. La comida engorda, toda; lo que sea que comas te engordará. Necesitas dejar de comer… por lo menos en la noche: ¡No cenes!

- ¿Ni lechuga con pepino, oliva y limón? - No, ni eso; ¡nada! 

(Alguna vez, había escuchado a un médico decirle, si no toma agua, hasta la lechuga la engordará)

Luego, otro día, la hija, viendo que me negaba a cenar, me dijo:

- Necesitas hacer tus tres comidas principales, según la dieta que te dio la Nutrióloga y las dos colaciones. Tus tres comidas principales deben incluir proteína, carbohidrato, fruta y verduras. No dejes pasar ni una sola comida: ¡si no comes, engordarás!

El refrigerador luce generalmente con una o dos hojas impresas, o cartoncillos con dietas vs. el hipotiroidismo. Y ella, la que necesita tumbarse unos diez o doce quilos de encima, por lo menos, sabe bien lo que debe y no debe comer. Por lo general su dieta es buena y balanceada. Pero… -sí hay uno o dos “peros”-, se le olvida tomar agua. Puede vivir, sin importar la época del año, con medio vasito de agua o máximo medio litro… Y, eso, ya en la noche… porque como de día olvidó tomar agua, se acuerda antes de irse a dormir, y toma… unos cuantos tragos con las pastillas de rutina; ¡adivinó usted, estimado lector!: no llega a ingerir ni medio litro.

Y, los que no comen porque no tienen qué comer… Cómo desprecio la posibilidad cuando la tengo enfrente… Acaso deberé repartir mis alimentos con los que menos tienen… No sería una mala idea… Y si luego se acostumbran y vienen a diario a que les dé mi comida… Y si agarran confianza y se traen a sus vecinos y parientes… 

      ¡No! Ya tengo pesadillas con eso. Debo encontrar otra solución: ¿Volverme menos autosuficiente, más pobre, comprar menos comida o prescindir totalmente de la comida chatarra y los antojitos engordadores? Sí, ¡eso es! …

      Y, la mujer, entre dormida y somnolienta, empezó a dilucidar que estaba escribiendo un cuento, cuando la tortura de su obesidad le cayó sobre su consciencia medio adormilada. ¡Qué bueno!, que ya me desperté: iré a poner unas palomitas en el micro, para despabilarme aún más y seguir escribiendo…

      Así pasa con quienes tienen un poco de conciencia sobre lo que está bien y lo que no. Volvió al escritorio con un gran bol de bambú rebosante de palomitas de maíz, y un vaso de agua de flor de jamaica sin azúcar: ¡eso se llama, balancear! O, ¿no? 

  No tengo remedio, se decía para sí misma, sin soltar aún las palomitas; pero, estas serán las últimas… Me lo juro a mí misma, o me llamaré “Pánfila”.

Tenía una hada de la conciencia que cuando leía sus pensamientos, y justamente, algunos como estos, soltaba la carcajada y le decía: -Pero, si Pánfila ya te llamas desde hace mucho, como que nunca te cumples tus propias promesas. Ella se molestaba, pero no podía replicarle nada. Sabía bien que su hada de la conciencia, tenía razón de sobra.

- Entonces, qué puedo hacer para bajar de peso: ¡comer o no comer!: “He aquí el dilema”.



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