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Cristo, sabiduría de Dios

Cristo, sabiduría de Dios


Publicación:01-11-2020
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"Bienaventurado el que sufre con Cristo, porque resucitará con Cristo y tendrá parte en su gloria". Por esto, ¡feliz él!

En su primera carta a los Corintios, San Pablo explica por qué el mensaje cristiano que él anuncia no es comprendido por los hombres: "Hablamos de sabiduría..., pero no de sabiduría de este mundo ni de los jefes de este mundo...; sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los jefes de este mundo" (1Cor 2,6-8). ¿Cuál es esa sabiduría de Dios? El mismo apóstol ya lo había dicho en términos más concretos: "Nosotros predicamos a Cristo crucificado,... que es para los llamados... fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1Cor 1,23.24).

En el Evangelio de hoy Jesús proclama bienaventurado al que es pobre de espíritu, es decir, al que es manso de corazón, al que llora ante la maldad, al que tiene hambre y sed de justicia, al que es misericordioso, al que es limpio de corazón, porque es incapaz de pensar mal del prójimo, al que trabaja por la paz, al que es perseguido por causa de la justicia. Pero todo esto es como un fiel retrato de Cristo crucificado. Por eso Jesús las resume todas en esta última: "Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa".

Si miramos con atención cada una de las bienaventuranzas observamos que todas ellas encuentran su cumplimiento más pleno en Cristo crucificado. Ellas son entonces una expresión concreta de esa sabiduría de Dios, que "no es de este mundo ni de los jefes de este mundo". Por eso no nos debe extrañar que, no obstante su claridad literal y la belleza de su expresión literaria, las bienaventuranzas sigan siendo una enseñanza oculta, "desconocida a los jefes de este mundo" y sólo revelada a "los llamados". Esta enseñanza "está destinada por Dios para gloria nuestra -dice San Pablo- desde antes de los siglos", es decir, desde antes de la creación del mundo.

Todos sabemos que "la sabiduría del mundo y de los jefes de este mundo" tiene sus propias bienaventuranzas, que son diametralmente opuestas a las del Evangelio. La sabiduría del mundo proclama felices a los ricos, a los que mandan, a los que ríen, a los que comen, beben y se divierten. Todo esto se resume hoy día con la expresión "pasarlo bien", que es el mandamiento supremo de esa sabiduría mundana.

Al considerar este domingo las bienaventuranzas de Cristo, no las del mundo, debemos examinarnos para verificar si Dios nos ha dado "su sabiduría", es decir, si somos capaces de comprenderlas, si estamos de acuerdo con Cristo, que las formuló. Debemos tener en cuenta que ellas rigen para nuestra vida en esta tierra, porque el desenlace final está más allá; está en la gloria celestial: "De ellos es el Reino de los Cielos". Ya dijimos que San Pablo las entendió bien; él las expresa así: "Anhelo tener comunión con los padecimientos de Cristo, ser hecho semejante a él en su muerte, para tener comunión con él en su resurrección" (Fil 3,10-11). Es como decir: "Bienaventurado el que sufre con Cristo, porque resucitará con Cristo y tendrá parte en su gloria". Por esto, ¡feliz él!



« Redacción »