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Publicación:12-01-2025
TEMA: #Agora
Carta a Efraím
Carlos A. Ponzio de León
Querido Efraim: Mi dolor físico es inmenso como las estrellas que forman las sales del mar, hiriente como espada que parte en dos al macho, ardiente como la lluvia que destruye el bosque, arrebatándolo todo. Te repito, mi dolor es inmenso. También es emocional y mental. Yo te perdono, Efraím. Y voy a liberarte porque ya no puedo soportar este sufrimiento que cargo por tus pecados. Te libero a tu suerte y con ello me libero a mí mismo. Descanso, finalmente; porque he sufrido tanto tiempo. Eres libre de mí y yo te perdono. Nada me debes. Nada te debo.
Querido Efraím: Aquí está la historia que durante dos mil años has querido conocer. Su cuerpo fue robado por tres Apóstoles, (Bartolomé, nombrado en el libro de Mateo, y Sebastián y Lucas, desconocidos). Lo hicieron con la ayuda de Dios, pues Él durmió profundamente a los guardias. Robaron su cuerpo muerto, totalmente inerte. Lo trasladaron a Gaza, donde cortaron su cabeza e incineraron el cuerpo. Las cenizas fueron al mar. Después trasladaron su cabeza en barca, en un viaje prolongado de días, hasta la isla griega de Citera, (Kythira, Cythera, Cerigo). Ahí enterraron la cabeza, en lugar que abajo revelo.
Querido Efraím: Los mil años mencionados en el libro del Apocalipsis de la Biblia Cristiana, en realidad son tres mil. Los primeros mil, van del año trescientos trece (Edicto de Milán), al mil noventa y seis después de Cristo (masacre de Rhineland y Primera Cruzada). Los segundos mil, van del año mil noventa y nueve (Conquista Cruzada de Jerusalén), al 2033 (a dos mil años, aproximados, del asesinato injustificado), los terceros mil, no los revelo.
Querido Efraím: Te digo el sitio donde fue enterrada su cabeza. En el túnel con vistas a Santa Sofía. Ahí está. El que entienda, entienda. Lugar sagrado. Querido Efraím: Me compadezco de ti, tanto como de mí. Siento mucho que no hubieses creído. He decidido perdonarte a ti y perdonar a Dios. Perdono a todos los que me han envidiado, a todos los que me han hecho daño, a todos los que sienten rencor hacia mí. Con eso me libero de ellos y ellos de mí. Ahí está mi misericordia. Querido Efraím: He podido salvar a tus mujeres. Te urge arreglar tus asuntos con tu Dios.
Tres Corderos son mencionados en la Biblia: El Cordero que fue inmolado desde que fue creado el mundo, que es el mismo que el de la “Ira del Cordero”, (Dios). El Cordero de Dios, (Jesús de Nazareth), y el que se casa. Conozco a muchos que han contraído matrimonio. Les pido Amor y Paz.
Querido Efraím: El libro de memoria del que habla el profeta Malaquías ha sido escrito. Los que saben, no solo saben, sino que también han sido liberados.
A todos los que leen: Solo una manera hay de salvar la vida; repito, la vida. Demostrar que no se ama nada, que no se tiene apego alguno, a absolutamente nada, ni nadie, más que a Dios. Lo demás es insalvable.
Querido Efraím, así dice tu Dios: “Oportunidad tuviste de ser misericordioso y no lo fuiste; oportunidad tuviste de ser humilde y no lo fuiste; oportunidad tuviste de amar y no amaste”.
Te repito lo que sabes y escribió tu Señor: En lengua de tartamudos hablaré a este pueblo y no entenderá.
Te perdono como la amapola olvida el aroma del desierto; te perdono como alcatraz sin aliento; te perdono como solo yo te puedo perdonar.
Querido Efraím: Viste, oliste, tocaste, escuchaste y saboreaste; y, sin embargo, no creíste. No te reprocho nada. Te urge arreglarte con tu Dios.
Clamo y lamento con dolor de espada, con furor maldito lamento mi suerte y lloro. No puedo con esta carga. Llevo la espalda clavada. La angustia no cesa. Con el estrépito en el corazón, pido y ruego de rodillas, suplico que mi dolor se detenga. No hay anestesia que calme el tormento. Clamo y lamento sin fatiga y vuelvo a llorar y me deshago en dolores de parto sin anestesia, con el dolor de la espada maldita que abre mi boca. Lamento y clamo con toda mi fuerza. Y estoy cansado y te perdono y perdono a Dios, y te libero porque ya no puedo sostenerte entre mis manos. Mi sufrimiento es inhumano. Te libero, Efraím, a tu suerte. Nada me debes. Ve con Dios. Ve con tu Señor, encuentra lo que estás buscando. Te dejo para que arregles tus asuntos con quien debes.
Escrito fue: se fue con las nubes, (el humo se alza). Escrito fue: volvería con las nubes, (llegó con lluvia). Regresa hecho de la misma energía divina, en otro cuerpo, con otro nombre. Descendencia de dos familias bíblicas inmensamente poderosas. Amén.
Algo más que un cuento
Olga de León G.
Nada fue igual desde entonces. El patio de la casa en la colonia Anzaldúa, en Reynosa, no era ni demasiado grande ni pequeño. Lo interesante de su tamaño o extensión, era lo que en él podía caber, fuera del área que estrictamente podía considerarse patio. Había un espacio más expuesto hacia al exterior, junto a la calle por donde entrábamos llegando en coche a casa y por donde circulaban solo los autos que iban a sus respectivos hogares, o al de algún vecino que los hubiese invitado a comer o cenar. Por uno de los lados, el derecho, vista de frente la casa, existía un gran portón que conducía directamente a la entrada por la cocina y también al fondo del patio, en donde estaba una especie de cabaña que servía para terminar de preparar el venado o jabalí que hubiese traído mi padre, producto de la cacería. Generalmente lo destazaban los rancheros que trabajaban para el dueño del rancho a donde iba a cazar en invierno, en San Fernando.
Eran los años cuando la cacería, con “todas las de la ley”, (no matar hembras, ni venados pequeños, ni con luces en la frente que segaran al animal, entre otras), era vista casi como un deporte y no como un acto criminal. Papá también se modernizó y acató los cambios, con el tiempo: dejó de ir de cacería.
Pues bien, entre la cabaña y la cocina de la casa, la extensión era bastante grande como para que un buen día, cayera allí un mini aerolito, el cual produjo una gran cavidad en el suelo y dejó seco el pasto a su alrededor.
Esa media noche, todos dormíamos en casa, no obstante, el estruendo y la iluminación en el cielo nos despertó a los mayores, a mamá y a María, la mujer que ayudaba con los quehaceres de la casa. Papá no estaba, andaba en la capital, en Cd. Victoria. Nuestra madre, que a la sazón tendría poco más de treinta y cinco años, siempre tenía a la mano una carabina .22 que papá le dejaba por si alguien quisiera pasarse de listo y pretendiera meterse a la casa mientras dormíamos. Por esos años, no había tantos malhechores, o la economía no era muy mala en las fronteras, pues recuerdo que dormíamos en el piso de la sala con nuestras almohadas y cobertores, pegados a la puerta lateral abierta, solo con la de reja cerrada con una aldaba o pasador, ya que el calor era muy fuerte, pero refrescaba en la madrugada. Y, solo la recámara de nuestros padres tenía clima o lo que llamábamos aire acondicionado.
Mamá se dejó venir de inmediato a la sala, gritando: “¿Quién anda ahí? Váyase o le disparo”. Era una mujer muy valiente, que ofrecida la ocasión, sabía defender a sus hijos. Silencio del otro lado. Hasta que al encender las luces de afuera, pudimos ver la enorme piedra medio enterrada en el patio. Y al mismo tiempo, vecinos que igual se percataron del fenómeno ocurrido y quienes, con cautela, se fueron acercando hasta el gran portón que les permitiría entrar a ver lo ocurrido.
Mamá salió a platicar con algunos de los vecinos, quienes le decían que debía reportar lo acontecido a las autoridades… Pues háganlo ustedes, por favor, yo no tengo manera de hacerlo, y no voy a dejar a mis niños solos.
El licenciado Queratrie se ofreció de muy buena gana, tenía influencias. Cuando todos -tras pasado el susto y la novedad- se fueron, mamá decidió venirse a dormir con nosotros, no quiso dejarnos solos.
Y qué bueno que así lo hizo, pues en el patio, apareció una sombra rondando al aerolito que no dejaba de mirar hacia la puerta de tela de alambre. El tipo no estaba cuando mamá amenazó con dispararle a quien pretendiera meterse, así que examinó la situación y le dio media vuelta a la casa, para quedar justo del otro lado, donde había una cochera pequeña, solo para un auto y que tenía puerta de acceso directo al comedor.
Era la cochera a donde por lo general llegaba papá, cuando venía a comer, a las dos de la tarde. Luego regresaba a su oficina, tras una siesta, se iba de nuevo al trabajo a las cuatro de la tarde.
Esa noche, recuerdo como si fuera ayer, no pude dormir. Estuve despierta, alerta a los movimientos de la sombra que rondaba nuestra casa. Por eso, pude ver perfectamente que no era un humano quien daba vueltas, no sé si buscando cómo entrar. Solo recuerdo que de pronto, se detuvo y volvió a donde estaba medio enterrada la piedra aquella o aerolito. Y no sé cómo pasó, pero pude ver también que tocó con sus largos dedos un pequeño orificio de la piedra, y solo con eso, esta quedó expuesta sobre el pasto, la cavidad se cerró totalmente y él desapareció como por arte de magia junto con aquello que finalmente no supe si fue un aerolito o nave espacial.
…O la ensoñación de una niña de diez años, a quien ya le gustaba inventarse historias, jugando con lo irreal y lo fantástico.
« El Porvenir / Alberto Cantú »








