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Caminar para salvarnos

Caminar para salvarnos


Publicación:27-11-2022
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No hay que recuperar el paseo como medicina, no, sino como un consciente acto de resistencia. ¿Cuántos senderos siguen aguardándonos?

"Voy a estirar las piernas", decían nuestros padres sin necesidad de mejor excusa para salir de casa. Era una frase adulta, una manera de estar en el mundo que nos producía cierta admiración. El hombre salía a dar una vuelta y airearse tras horas de trabajo, mientras que la mujer se limitaba al paseo y el vermut del domingo, del que participábamos los críos, muertos de aburrimiento. En la infancia andar cansa. Se camina ­corriendo, saltando, arrastrando los pies porque se quiere llegar a destino sin contemplaciones. Y en la juventud, hacerlo demasiado significaba perder el tiempo, a no ser que se tratara de una ciudad extranjera.

La posmodernidad abandonó el paisaje, lo desembelleció y dejó los bosques animados para Hockney, harto de las piscinas. Porque el placer –fuera en forma­ de música, sexo, cine o fiesta– se convocaba en lugares cerrados, y su máximo encanto radicaba en esa idea de privacidad. Las parejas recién enamoradas, en cambio, recuperan el paseo orgullosamente enlazadas, a fin de confirmar su vínculo, hasta que se hace insulso al mermar en palabras y capacidad de asombro.

Hoy, hombres y mujeres de todas las edades caminan para salvarse. Para cuidar su salud mental, además de la física. Pasos sin destino que acumulamos y contabilizamos como un modo de luchar contra la incertidumbre. Y de sacudirnos esa melancolía que Freud describía como una falta de reconocimiento de la pérdida de cualquier tipo: una negación sostenida de modo inconsciente. Judith Butler –premio Princesa de Asturias– se pregunta en ¿Qué mundo es este? (Arcadia Editorial) cómo hacer para que la vida sea digna de ser vivida. Ante la crisis climática y sus desafíos, el colapso de la sanidad pública y la crueldad que significa postergar pruebas y cuidados para los enfermos, o la dificultad de acceder a una vivienda digna, Butler apela al reconocimiento de la interdependencia, a la implicación de unos y otros, y a formalizar un compromiso firme con el planeta para tejer un mundo común más habitable.

Durante la pandemia nos convencimos de que salir a la calle es una de las pocas religiones universales, no solo para atrapar la imprescindible melatonina, sino para hablar con extraños, que a menudo alivian más que los viejos conocidos. Tras aquellos meses confinados, volvimos a sentir la ráfaga del perfume cítrico de la vecina, vimos a niños sentados en una escalera, moviendo las piernas con las manos bajo el trasero, y pisamos la hojarasca. Resucitó la noción de paisaje, y la urgencia del paseo supuró por las cuatro paredes. “Andar hace que saquemos lo mejor de nosotras”, escribe Vivian Gornick en Apegos feroces (Sexto Piso), y recuerda que, en las caminatas por Manhattan con su madre, a menudo se pelean, e incluso a veces no se quieren, pero siguen paseando.

El espacio exterior nos interpela: pasamos el 80% de nuestros días resguardados en interiores desconectados del paso del tiempo, de la luz cambiante. “La gran conversación de la naturaleza con el hombre se ha roto, ya solo hablamos entre nosotros”, escribe Marta D. Riezu en su delicioso Agua y jabón (Anagrama), que también exalta la cultura de los jardines, “hoy refugio de románticos y rebeldes (de acción, no de boquilla)”, señala la autora, temiendo que en donde hoy florecen rosales y madreselvas llegue pronto un Starbucks con patinetes eléctricos a su puerta. No hay que recuperar el paseo como medicina, no, sino como un consciente acto de resistencia. ¿Cuántos senderos siguen aguardándonos?



« Redacción »