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Bajo las tumbas

Publicación:08-08-2021
TEMA: #Agora
La conexión
Carlos A. Ponzio de León
Abrió una cuenta en Facebook. Rocío comenzó a publicar fotografías de ella misma: frente a las piedras de la Gran Pirámide de Giza; o visitando la Acrópolis de Atenas; bajo los arcos de hierro de la Torre Eiffel; o en las vaporosas aguas de la Laguna Azul de Islandia. Súbitamente, había reaparecido entre nosotros con estas imágenes de sus viajes por todo el mundo y su cuerpo atlético, que totalmente contrastaba con el que le recordábamos: el de la adolescente talla extragrande de pantalones y tenis rotos que vivía en los condominios Plutarco, de muros deteriorados y con parque de juegos que era lugar de encuentro entre pandillas, y donde cada mañana, botellas de cerveza y colillas de cigarro aparecían regadas junto al metal de las resbaladillas de acero. Niños y adolescentes tenían prohibido rondar el parque con la caída de la tarde.
Rocío fue conectándose con cada uno de nosotros, enviando solicitudes de amistad a través de la red. Su cuenta de Instagram estaba repleta con fotografías de platillos de comida exquisita en restaurantes extranjeros. Hasta que un día, abrió en Facebook un grupo para que los excompañeros de secundaria estuviéramos en contacto. Y pronto nos organizó un viaje de fin de semana a su rancho de Allende.
Arribamos en las trocas, con pareja e hijos. Lo primero que podía admirarse era una gran constricción de caoba y otras maderas, con diez habitaciones. Atrás, dos albercas y un chapoteadero, más el área del jardín con una parrilla gigante. La carne asada la prepararon dos mayordomos, a quienes empleaba de tiempo completo entre semana para que arreglaran los jardines y mantuvieran el lugar en orden. Ella no solía pasar mucho tiempo ahí, tenía otro par de ranchos en Coahuila y uno más en Tamaulipas. Pero la mayor parte de su tiempo transcurría en viajes fuera del país: por motivo de negocios. Sus propios negocios.
Ya entrada la noche supimos que había heredado una fortuna de su segundo marido, con quien se había casado una década atrás, siendo ella treinta años menor que él. Meses antes de que el hombre falleciera, Rocío ya se hacía cargo de los comercios, despachando desde la oficina de aquel, al tiempo que el viejo se despedía del mundo desde su recámara, sufriendo de algún virus desconocido para los médicos. Curiosamente, de su primer marido también había enviudado. Y del tercero y del cuarto. En total, había contraído nupcias en cinco ocasiones, y a cada una de sus parejas, incluyendo la última, la había enterrado.
Por eso, cuando entre los sorbos que daba a su copa de coñac -iluminada bajo las luces ámbar de la palapa-, nos dijo, soltando una carcajada: “Voy por el sexto… por si alguien tiene algún candidato que presentarme”, nos quedamos quietos, con las cervezas heladas en las manos, escuchando el grito agudo de las chicharras y el tierno golpeteo de las hojas de los árboles, como si el caluroso cuchicheo del viento intentara secarle a ella alguna de las lágrimas que parecía que brotaban junto a las risotadas de su boca. Pero más bien: la humedad en sus mejillas era por gotas de sudor. Mi esposa pensó en decir algo gracioso, luego me diría, pero nada se le ocurrió en ese momento.
Segundos más tarde, el aire trajo un aroma a guayaba fresca, que en cuestión de un parpadeo se tornó en el olor a gavilanes muertos. Observé a mi mujer tratando de preguntarle con la mirada: si ella lo había notado. Realizó un par de movimientos con su nariz, respirando rápido, que me hicieron adivinar que sí. Luego se llevó una mano a los labios ocultando la risa que apenas y se le avecinaba: se trataría de alguno de esos chistes que solía contarse a sí misma en silencio, pensé yo. De las bocinas podía escucharse música interpretada por Pedro Infante. “Al hombre que le debo esto, le encantaban sus canciones”, nos dijo Rocío. “Gran cantante”, “muy buen actor”, “yo veía sus películas de niño” … y la conversación volvió a su rutina: Los asuntos de la cotidianidad pública.
Por la mañana regresamos a Monterrey. Algunos inventaron sus propias historias. Otros, no extrajeron conclusiones. Para la siguiente reunión del grupo, un año después, descubrimos que Rocío había hecho conexiones con nuestras amistades a través de las redes. Muchos fueron invitados a Allende. Algunos aceptaron. Pero solo uno logró colarse a la fila del Registro Civil.
Han transcurrido dos meses. Y todos estamos a la espera.
Alma sin aura
Olga de León G.
Algunas personas la llamaban Aura, a pesar de que sabían que su nombre era Alma. Eran solo aquellas muy cercanas a ella o a su familia, y uno que otro que gustaba de jugar con el comparativo, por lo que de ella conocían.
Era una joven de apariencia pulcra y comportamiento igual, transparente, sin subterfugios. Nos habíamos conocido por allá de los nueve o diez años, en cuarto grado de primaria. Coincidimos aún en la secundaria. Durante el bachillerato dejamos de vernos no solo los años de esa escolaridad, sino toda la carrera, hicimos estudios universitarios diferentes; no estoy segura de que ella terminara alguna carrera.
Habrían de pasar más de treinta y cinco años para que volviera a saber de ella; debo decir, para que ella me encontrara. No por medios electrónicos, fue por una búsqueda que realizó a través de otras amistades. Un día dio con alguien que me conocía y, según me contaría, fue como si un milagro la hubiese ayudado a dar conmigo. Por qué un milagro, ¿qué querría de mí?... apenas si modesta escritora de ficciones y relatos breves.
Entonces, no entendí por qué quiso buscarme o quisiera pensar que no lo sé ni lo entenderé nunca: eso quisiera yo, hoy que me he enterado de su vida. y de su muerte a través de la amiga que la condujo hasta mí. Y tres años después, supe que murió en prisión, víctima de envenenamiento.
Alma, Almita como yo la llamaba, fue una niña dulce y muy compasiva con todo aquel que estaba por debajo de su condición económica, social e incluso moralmente debajo de sus principios. Siempre pensé que un día me enteraría de que había ingresado a algún convento… Y, por allí me la toparía vestida de religiosa.
No fue así. Nuestra amiga mutua me platicó su vida hasta donde la conoció. Se había casado en dos ocasiones, del primer esposo enviudó a los ocho años de casados, ella muy joven, de treinta años, y él murió de cuarenta y cinco: infarto fulminante… eso fue lo que se dijo; le dejó, amén de una cuantiosa suma de dinero en acciones y efectivo en el banco, dos propiedades en la misma ciudad y una en el extranjero; también se quedó con un niño de siete años. Del segundo, solo pudo decirme que ella, Alma, sufrió terriblemente por los celos del marido, veinticinco años mayor que ella. Pero, también dejó entrever que algo había de verdad en cuanto a las razones de los celos de este esposo: -Aura tenía un amorío escondido y extraño, con el amigo de toda su vida, el que le presentó a su segundo esposo. No era la misma que conocimos de niña; -me contaría nuestra mutua amiga: -solo eso me dijo.
Pero, había añadido un par de frases que me inquietaron, y quise investigar para luego escribir esta historia. “Las muy bonitas y muy buenas, pero más bonitas que buenas, a veces resultan oscuras y de alma gris”. “Todo depende de cómo las trató la vida, o qué pretenden ellas sacar de provecho a su vida futura”.
Alma no se volvió a casar después del segundo marido, del que también enviudó, pero más pronto que del otro, a los cuatro años, y sin hijos de él; este era estéril por voluntad propia.
Descubrí algo raro en su relación con la madre: parecía adorarla y odiarla, al mismo tiempo. Las autoridades empezaron a sospechar de la muerte del segundo esposo, con los antecedentes contradictorios sobre el infarto del primero. De lo que ella no se dio cuenta sino muy tarde.
Por eso, se decidió a no buscar una tercera víctima, ya era inmensamente rica; las vidas de su único hijo y los nietos que pudiera tener de él, estaban a su vez aseguradas, hasta por tres generaciones más, solo manejando sus acciones e inversiones, propiedades y ranchos con mesurada inteligencia, ni siquiera necesitaban ser muy audaces para que el capital siguiera creciendo.
Finalmente, un día descubro la historia completa de su infancia… Allí estaban las razones o sin razón de su verdadero carácter por tanto tiempo disimulado; y del interior de su espíritu: del aura que no tenía. En cambio, había una brújula que movía sus instintos, era una sed insaciable de venganza por lo que la madre había sufrido con el abandono de su padre: ella creció odiando a los hombres.
Tal vez, esto era lo que ella quería, que yo la liberara de su carga moral, al darle un sentido a sus actos.
Su madre la bautizó con el nombre de Alma, a sabiendas de que ella se encargaría de que no tuviera alma, pues solo la proveería de: ambición y sed de venganza: sería una Alma sin aura. Y así murió.
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