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Amores y deseos: una trampa

Amores y deseos: una trampa


Publicación:12-03-2022
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No solo este hombre ya se lo sospechaba, sino que había tomado sus providencias: él la dejaría antes de que ella lo hiciera

Cuerpos encendidos

Carlos A. Ponzio de León

            Sobre la barra se encuentra el teléfono celular de él, con el que controlan el i-Pod del bar y la música que viene de las cinco bocinas colocadas a lo largo del pub. Cervezas, bebidas espirituosas, vinos tintos y blancos en el refrigerador. El piso de tablas atravesadas de madera, del otro lado del mostrador, se encuentra humeante en vapores encendidos del deseo. Los zumos frescos y licores suaves más usados están en sus lugares de resguardo, listos para el día siguiente. O quizás para ser absorbidos en la piel unos minutos más tarde. La puerta de vidrio y madera taciturna de la entrada se cerró hace media hora. Solo quedan ellos dos: El cantinero que deberá cerrar al final de la jornada el negocio y la chica que llegó al lugar a la una de la mañana, con su bolso pequeño color naranja, vestido rojo a las rodillas y tacones altos, pidiendo solo una cerveza: Stella Artois. Ahí están: Inmersos en el vacío que congelan las paredes del lugar, demandando un abrazo desnudo para domar sus deseos: Exigiendo una tonelada de plata para construir una ciudad entera y una nueva religión de amor: Un templo para sueños cobijados y besos húmedos saboreando el fuego proveniente de la carne de sus labios. Ella se levanta de su banco y acerca sus caderas a las piernas de él, como poderosas yeguas dispuestas a trepar hasta lo más alto de los montes.

      De las bocinas se escucha “Light My Fire” con The Doors. El solo del teclado ha pasado y ahora puede apreciarse el de la guitarra eléctrica. Arabescos de manos y dedos que trepan por las piernas hasta tocar la humedad del valle. Sus ojos se han vuelto luciérnagas voraces. Ella ha guardado su virginidad hasta ahora que su himen ha dado una flor, y que en la boca de él se deshace en savia. Él desea licuar la luna en pleno vuelo. Su amor quiere firmar en azul turquesa los pechos de ella, como la boca con el brote del madero que lleva guardado bajo la cintura.

      Ella no pregunta. Solo desea ser desatada de la furia de sus pechos. La sombra del vuelo de un pájaro atraviesa su espalda bajo la luz de la luna. Sus manos son ramas que se hunden bajo sus pieles de arena de amor y mar. Siembran la semilla de un relámpago que levanta polvo electrificado bajo la piel. Saliva que fermenta los pequeños tallos erguidos en los pechos rosas. El árbol que lleva dentro es enorme: como manantial de sueños infinitos que reverdecen incesantemente, ante cada lamida que limpia la humedad de la misma savia de la flor. Él le pide y ella sigue. Hunde sus rodillas en la alfombra de cobalto rojo y gris. Estira los dedos para arrastrarlos entre los erizos de la tela.

      Un charco de arena movediza ahoga el grito proveniente de la rama más alta, donde posa el ave que contempla. Revolotea sus plumas como el par de alas húmedas adentro de sus bocas. Serafines de estrellas se encienden en los estómagos. El deseo es pieza cumbre en la inmensidad del espacio cercano a la estratósfera. Desde ahí, los rumores de los gemidos y deseos le susurran a la luna. Piden más. Es un ascenso que desentierra los erguidos árboles sembrados a golpes dentro del bosque.

      Ella se desviste. Deja caer su vestido sobre el tembloroso piso de la alcoba. El deseo está fuera de control. Abre las piernas como el cauce de un río que se convierte en tempestad. El árbol siembra su compostura en la blanda tierra blanca de una provincia hasta entonces no explorada. Tierra húmeda flotando sobre el agua que fluye fuera del cauce, río erguido que penetra con la furia con que Dios rejuvenece eternamente cada día. Una implosión larga se traga las estrellas, las vuelve polvo húmedo y caliente… 

      Un brillo se filtra por la rendija de la única ventana. Los dos solos, recostados uno junto al otro, solos con sus soledades, brillando en sus decisiones de hambre y de memoria, de retablo de amistades olvidades, fabricación ahora de hachazos y murciélagos. El sol encamina su destino en el ascenso para abrirles paso: a una nueva despedida. Ella despierta totalmente desnuda bajo las cobijas. Alcanza a ver el brillo de su piel fermentada en semen, en opacos sueños de una gloria olvidada y casi nunca, alcanzada. Un fragmento de papel en blanco con un garabato incompleto, un segmento de estallido en sexo que por poco y no llega. Que ya se ha ido. Que ha escapado del presente para nunca más volver… 

Corazón incauto

Olga de León G.

Jamás había pedido dinero o cosa alguna prestada a nadie, ni a ningún Banco o Institución de préstamo. ¿Por qué empezar a hacerlo ahora, a sus casi treinta y cinco años? Pero, la idea la asaltaba… y ya eran muchas las veces que en eso pensaba. Sería necesidad o solo el deseo de tener lo que nunca antes, como un amor verdadero solo para ella, que tampoco había tenido, ¡nunca!

Renata cavilaba sobre esa idea, cansada de solo desear y nunca alcanzar a disfrutar lo que ella pensaba que se merecía. 

      La belleza de sus curvas suaves, de su cuerpo de piel blanca y tersa, de sus piernas largas, sus glúteos firmes y sus senos erguidos señalando hacia la barbilla y la frente despejada, eran sus mejores justificaciones para sentir que se merecía mucho más de lo que por ahora tenía y disfrutaba: ropa nueva -aunque no de marca ni del mejor gusto y estilo, del que ella carecía, nadie la había instruido-  muchos zapatos, sandalias, botas, botines de los más diversos… tantos que ya no cabían en su armario.

      Cierto, el armario, la recámara y toda su casa no eran muy grandes, ni estaban en algún barrio elegante, más bien de bajo perfil, pero en un espacio grande y con jardín para sus flores y plantas exóticas… Su casa estaba como escondida, cerrada con portón de fierro fundido sin rendijas, no fuera a pasar algún disparo de los que frecuentemente por esas colonias eran el pan de todos los días y, las noches. Así lucían la mayoría de las casas familiares por ese rumbo de la ciudad.

      Sus amores habían sido sus clientes del mercado, de su tienda de herbolaria y sexo, hombres de diversas edades, la mayoría casados, uno que otro viudo o divorciado, pero todos mayores. 

      Solo tuvo, por algún tiempo, un novio mayor tan solo diez años. El mismo que luego quedaría como su amigo, y manejador de su agenda de incautos: un padrote, pero no independiente, sino al contrario, al servicio de ella, a cambio de uno que otro fin de semana de cachondeo; los demás novios habían sido todos de más de sesenta años. 

      Reía con sus hermanas y madre, cuando comentaba que otro delfín viejo había caído en sus redes… que ese le dejaría por lo menos la cuenta de cheques más gorda, ya tenía pensado cómo sacarle el dinero.

      Pero, Renata tenía su corazoncito y no podía explotarlos demasiado, se condolía de las cornudas esposas y más, de los hijos que los viejos tenían. Por eso nunca llegó en realidad a quitarles propiedades o sacarles una casa: solo un auto de medio uso le dejó uno de ellos, agradecido por decirle la verdad: 

      -Ramón, yo no te quiero… te he hecho el favor de fingirte amor cuando tenemos relaciones, pero ni me entusiasmas ni enciendes verdaderamente mi pasión. Lo siento, regresa con tu mujer, a tus hijos les haces falta, a mí no. Cuando necesites alguna pócima afrodisiaca, algún aceite para la pasión, sabes dónde encontrarme, para ti serán al costo. Y, Ramón fue agradecido...

      Ahora, ella estaba en la encrucijada de seguir aguantando las necedades del amante en turno, este era menos viejo, de cuarenta y cinco. Y con un perfil que ningún otro había tenido: nivel cultural e inteligencia. Pero, este, Ricardo, ya la cansaba con sus celos y sus intenciones de transformarla, pulirla, educarla… para hacerla más como él. 

      No lo dejaba porque aún no le había quitado lo suficiente para compensar el tiempo que le había dedicado y seguía dedicándole: Pero, ¿cómo hacerlo?, sin que sospechara sobre su alejamiento, pues temía que, si Ricardo lo percibía, reaccionara brutalmente. ¡Qué poco lo había conocido!, en casi dos años: No solo este hombre ya se lo sospechaba, sino que había tomado sus providencias: él la dejaría antes de que ella lo hiciera. 

      Así, ese día que les tocaba verse, él nunca llegó. Pero, sí fue cortés: le mandó con un conocido de “Didi”, el carro de sitio que contrataba casi siempre, un cheque al portador, que llevaba una leyenda al reverso: Cóbralo mañana, hoy no tengo dinero, me asaltaron en mi departamento: por si se te olvidó robarte algo más, que mi incauto corazón…

      



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