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Alientos que dan vida

Alientos que dan vida


Publicación:16-10-2021
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Me gusta sentirme orfebre o artesana, ignoro si lo soy, pero sigo haciendo camino en este andar por las letras, las palabras, y manchando la página en blanco

Escribir es un oficio y un arte.

Me gusta sentirme orfebre o artesana, ignoro si lo soy, pero sigo haciendo camino en este andar por las letras, las palabras, y manchando la página en blanco, aunque seguro, no la mejoraré. Sé que la perfección es dejarla inmaculada; mas a mí, lo perfecto y sin mácula, no me dice nada.

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Y, he dejado para el final la parte poética de esta faena de escritora, pues si la muerte me alcanza, en mi intento por crear poesía, que al menos haya cumplido ya con la prosa.

Silbido de amor

Silbando me iba acercando a casa. …Y, ella respondía con otro silbido; así me enteraba de que sí, allí estaba. Era nuestra maña, cada día. Primero, al regresar de la escuela; después, cuando ya crecí y entré a trabajar a la fábrica para ayudar con mis gastos, el silbido siguió siendo nuestra señal personal de arribo y recibimiento. Significaba que estaba en casa salvo y feliz, y que todo afuera, en la calle y donde anduviera, había transcurrido sin problemas.

Comenzamos con esa costumbre, mi abuela y yo, misma que se volvió rutina cantarina y alegre. Desde que entraba a las propiedades de mis abuelos, caminando por el centro de los patios internos, especie de callecita apretada con balcones al frente en unas de las casas, en otras con ventanas hasta el piso de la banqueta, con fuertes barrotes de hierro forjado recubiertas, y postigos en la parte interna que cerraba la vista de los curiosos que por ahí teníamos qué pasar –porque vivíamos hasta el fondo- para llegar a la casa grande, la primera que se construyó, y en donde vivían los abuelos.

Cuatro niños, que quedaron huérfanos a muy temprana edad, se volvieron los hijos de su abuela, la madre de su madre; sus edades: de dos a siete años. Sí, la abuela sería -en realidad- dos veces madre. Y el dolor de haber visto morir al esposo de su hija, y luego a la hija tres años después, no tuvo cabida ni en su corazón ni en su pensamiento, no podía paralizarse. Nada había qué pensar: todo fue resuelto de inmediato. Esos niños no estarán solos. Me tienen a mí. Dijo la mujer, elevando su rostro al cielo.

Muerta mi madre, cuando yo, el segundo de los hijos apenas si tenía cinco años, el mayor siete y los menores, cuatro y tres, fuimos cobijados por el amoroso regazo de la abuela. Mujer de entereza y carácter que no tenía, pero se le fue forjando con las necesidades de nuestras vidas y manutención. Ella nunca se había casado, tuvo a su hija y años más tarde viviría junto a un hombre bueno que siempre vimos como el abuelo. Treinta y seis años compartieron sus vidas, hasta que uno y la otra murieron.

-       Pero, ¿por qué he recordado este pasaje de mi vida, frente a usted?, con todo respeto: una desconocida que, en esta fila de espera, es una más de nosotros, aunque no nos conozcamos de antes…

-       Lo sé.

La fila a las ocho con treinta minutos era larguísima. De más de doce metros desde el primer piso de la clínica, extendiéndose sobre toda la escalera que conducía al segundo piso y, seguía así plena de gente, casi cien metros más, donde hombres y mujeres ordenados se movían lentamente para continuar el recorrido dando giros tras las escaleras, hasta topar en ese piso y voltear a la derecha por cincuenta metros más, todavía. La gente en la fila serpenteaba entre las áreas diversas del piso, para finalmente llegar a las ventanillas de recepción con las solicitudes de sus exámenes clínicos en la mano.

Allí, en una de esas tres ventanillas asignaban la puerta que le correspondería a cada quien, treinta metros adelante, para con los tubitos de cristal, en mi caso cuatro (que me dieron), esperar a la química-bióloga que tomaría las muestras de cada análisis ordenado por la doctora, diez días atrás.

No tomarían mi sangre, yo solo hacía la fila. Así apoyaba a mi padre, para que él no se cansara estando tanto tiempo de pie. Entretanto, escuchaba la conversación entre el hombre de unos cuarenta años y la mujer con quien platicaba sin que él supiera que hablaba con una escritora de cuentos y fábulas que todo lo registraba y, a veces, to transformaba en una historia de ficción: yo la conocía muy bien, pero nada dije.

 El hombre joven seguía contando. Mi abuela fue nuestra madrecita santa. Ella que jamás había trabajado, se las ingenió para aprender un oficio sencillo y poner en su casita el negocio: así nos cuidaba y conseguía dinero para sostenernos a los cuatro y a ella misma. Su compañero, cuando ya lo tuvo, “el abuelo”, también puso su parte.

Muchos años después, yo con más de veinte y cinco años, silbé como siempre lo hacía. Hasta que después de cinco días de seguir con mi costumbre, silbando al regresar del trabajo, para avisar que estaba por entrar, me percaté de que nadie me contestaba, mi silbido se perdió entre las paredes del caserío del vecindario y el callejón, como vientecito que se le escapa a un fantasma y, por ello, nadie pudo escucharlo.

A la mañana siguiente, uno de mis hermanos menores, quien seguía soltero y también vivía aún conmigo y la abuela, me dijo: Ella murió hace casi una semana, lo sabes, pero a ti no se te ha ido la costumbre de silbar al llegar a casa, ¿verdad?

Así fue como “me cayó el veinte”. No había aceptado su partida, y pretendía autoengañarme, creyendo que alguien contestaría a mi particular sonido salido de la garganta por entre los dientes y con los labios muy juntos, casi sin abrir la boca: así era mi silbido para la abuela adorable, que un día aceptó ser nuestra madre.

Poesía bajo las nubes

-muy negras y muy gordas-

 

El cielo, incesante, lloró esa noche

como ninguna otra por mí antes vista.

Con su llanto inundó calles y plazas

Entró a las casas y dejó tristezas

También dejó bendiciones,

en algunos rincones, escondidas…

Y alguien, no sé si bueno o malo,

 las descubrió, también llorando.

Lavó las almas de los pecadores.

cubrió de esperanzas e ilusiones

los corazones de hierro y azadones

de campesinos humildes y pobres.

La tierra bañó en su aroma al viento

y este, se fue colando por doquier:

De allí nació la frase: “huele a tierra mojada”,

¡El mundo supo cuánto lloró el cielo!

La otra noche, la que mis ojos vieron,

Fue una noche triste, y una noche alegre.

Los pobres corrían desesperados

Iban de un lado a otro, con tinas

y más tinas, capturando las gotas

que sus techos dejaban pasar.

La noche parecía eterna…

Mas, hasta el dolor y la muerte se acaban.

Poesía sin nombre

 Poesía, qué sí y qué no, es

la poesía.

Vamos por el mundo haciendo y creando

O, creyendo que hacemos y creamos,

poesía.

Poesía es la vida, poesía es la muerte.

Poesía es el amor de los enamorados

…y las mentiras que nos inventamos

Para seguir en el engaño:

diciendo que somos poetas.

Porque si el sol brilla y nos muestra

la verdad de nuestra vida,

el entorno que nos rodea,

los pesares que llevamos a cuesta,

la alegría poca que nos arropa…

Y deja desnudas nuestras almas:

Seguiremos gimiendo por lo bajo,

y también, por lo muy alto,

que somos poetas,

que fuimos poetas

y seremos por siempre,

poetas.

Que el mundo lo sepa,

aunque nosotros lo ignoremos,

a ratos…

¿Qué es poesía, qué es un poema?

¡Un trozo del alma!

Que se nos ha escapado

para convertirse mañana

en lágrima, sonrisa… O nada.

No importa que hoy sea ignorado.

Otro día… Cien años después,

 será al fin descubierto.

Y, entonces, tendrá un nombre:

Poesía.

Se habrá olvidado o perdido

el nombre del poeta.

Qué importa quién lo dijo

o quién lo escribió,

se recordará por siempre

la letra, la palabra, su armonía

o su arritmia.

La cadencia de los sonidos,

los silencios estratégicos

Y los ruidos que el poeta

dejó,

para los amorosos

y los decantados de la rutina,

 de las reglas y los modelos.

Para los que anhelan lo diferente,

la novedad y la contradicción

Que qué es la poesía:

Poesía eres tú, Margarita,

ya lo dijo un poeta.

Y todas las mujeres.

Y las madres solteras,

como las casadas, enamoradas

del amor:

que la ilusión es también un engaño.

Poesía es un niño de cara chorreada,

Una niña que perdió la inocencia

y, una que nunca tuvo muñecas.

Poesía es la tierra mojada.

Y de mi patria en el desierto,

la arena y la ventisca en febrero.

El mar embravecido, la alta marea,

las olas en calma en las playas.

Una puesta del sol,

una luna redonda

o un pedacito de uña

que quiebra las nubes

y se asoma cada mes.

Poesía es mi pueblo

de mil colores y aromas dulces y salados.

Poesía son esos caseríos

que a lo lejos miro y parecen bellos.

Poesía, son: cerros y montañas

que ciñen mi patria adorada.

Poesía es el intento del poeta

Por dejar no una huella

Sino la clave de su canto

Y las ámpulas en la página.

 



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