Opinion Columna


Que de ellos sea el miedo


Autor: Alejandro Encinas | Publicacion:11-01-2017
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El gasolinazo y sus inevitables efectos en la precarización de la calidad de vida de los mexicanos y su nimio ingreso familiar ha encendido la mecha

 

“Nosotros no nos sometemos al terror. Nosotros creamos el terror”, con este diálogo entre Claire y Frank Underwood, personajes de la serie norteamericana House of cards, concluye su última temporada, cuando discuten la innoble estrategia para mantenerse en el poder. No se trata de una frase más de un guión televisivo, es la síntesis de toda una concepción del ejercicio del poder en sus momentos de mayor debilidad.


El incremento sustancial en el precio de las gasolinas detonó un brote generalizado de descontento y hartazgo social que, tras las primeras manifestaciones de inconformidad, fueron seguidas de acciones de vandalismo y saqueo en decenas de comercios, acompañadas de una profusa campaña de rumores en las redes sociales y en los medios de comunicación que alentaron confusión, psicosis y miedo social.


Estas acciones tuvieron como común denominador el mismo modus operandi: grupos de saqueadores, identificados con las bandas delictivas locales, contaron con un lapso de hasta 15 minutos para que sin violencia ni resistencia alguna realizaran el saqueo y burlaran la acción de la policía, la cual, una vez evadidos los organizadores, intervenía para detener a la población que se había sumado a esta actividad ilícita y, en algunos casos, a repartirse el botín.


El gasolinazo y sus inevitables efectos en la precarización de la calidad de vida de los mexicanos y su nimio ingreso familiar ha encendido la mecha de inconformidad ante el descontento social, al que se suman amplios sectores de la clase media.


Por lo que no es casual que resurjan prácticas gubernamentales que pretenden desarticular la organización social y criminalizar la protesta social, promoviendo actos vandálicos o delictivos para generar miedo, configurando un escenario favorable al endurecimiento e incluso a la represión.


El rumor, como se pudo constatar en días pasados, es un arma que busca la manipulación, el desconcierto y la rápida propagación de incertidumbre en la opinión pública. Durante el gobierno de Luis Echeverría, por ejemplo, la estrategia del rumor apegada al Manual del Perfecto Rumor a través de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales, promovía campañas de desinformación, para inventar un enemigo o una amenaza a la estabilidad de las instituciones de la República. Hoy, los rumores circulan a gran velocidad a través de cuentas anónimas en redes sociales, donde se reproduce información falsa con alcances impredecibles, a las que contribuyen los sectores más críticos de las mismas instituciones.


Como ha señalado Stanley Cohen: el sentido no es informar o desinformar comportamientos antisociales, es orientar a la población a que acepten medidas que rebasen los límites legales de la autoridad. Lo que coincide con Naomi Klein, quien afirma que las catástrofes surten impactos severos en la psicología social, ya que la conmoción colectiva es aprovechada para implementar políticas drásticas e impopulares que sólo se pueden aplicar mientras la ventana de la crisis se encuentra abierta.


Jenaro Villamil resume bien algunos rasgos del pánico social: preocupación ante una amenaza o peligro, real o ficticio, sobredimensionado. Hostilidad ante la diferencia, la crítica o la disidencia. Consenso creciente a favor de conservar el estado de las cosas, aún a costa de violentar los derechos ciudadanos más elementales y eliminar la idea de una oposición legítima. Desproporción entre la realidad y el imaginario colectivo inducido por la constante mención de esa amenaza. Virulencia verbal y simbólica que anteceden a las medidas de orden y mano firme que pretenden eliminar el pánico moral contra un mal prefabricado y sembrado.


Quienes se benefician del miedo colectivo suelen seguir un mismo patrón: inventar un peligro o amenaza. Presentarse como la única fuerza capaz de erradicarlo. Justificar ideológicamente las medidas de orden y mano firme e inducir a la sociedad a acotar sus garantías individuales en aras de sentirse segura.


Cada día son más las conciencias que alertan sobre los riesgos de volver a las penumbras autoritarias. La asignatura pendiente es, como apunta Juan Carlos Monedero, cambiar el miedo de bando. Lograr que el esfuerzo de indignación se convierta en voluntad política de cambio.



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