Opinion Columna


Del pesebre… ¡al consumismo!

Cristóbal Elizondo


Autor: Cristóbal Elizondo | Publicacion:07-12-2018
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Cuenta la historia que hace más de 2000 años, tras un largo peregrinar de José y María, una noche, Jesús nació en Belén en un pesebre; su nacimiento cambió la historia del mundo, al ofrecer la salvación y perdón de los pecados -para quienes profesan y creen en ello-, de allí la importancia de celebrar la Natividad.

Con el paso de los siglos esta celebración ha ido tomando diferentes matices, hasta llegar a lo que hoy conocemos como la “Navidad”, una época cargada de fiestas, comida, adornos y un ambiente propicio para celebrar y regalar.

Hay para quienes representa felicidad, reencuentros, fiesta, ilusión, esperanza, regalos y una larga lista de sensaciones y emociones positivas, pero hay a quienes les remueve sentimientos tristes, amargos, de frustración, o dolor por la ausencia de un ser querido, o algún suceso traumático vivido por estas fechas.

Algunos ven esta época como el cierre de un ciclo, la oportunidad para reflexionar y hacer ajustes en su vida, para hacer un recuento de los logros o fracasos del año, para planear y definir nuevos proyectos.

Esta temporada puede tener un significado diferente según quien lo viva; lo que es innegable, ya sea por tradición o por factores inducidos, es una época en que las emociones y sentimientos están a flor de piel.

Los comercios chicos, grandes, formales e informales aprovechan y promueven el consumo en esta época: para ellos representa una de las temporadas de mayor ingreso, así que hacen hasta lo imposible por captar la atención de los consumidores, valiéndose de cualquier recurso, ya sea emocional o visual, generando el deseo y “necesidad” por el bien o servicio ofertado.

Los medios de comunicación son parte importante de esta industria en torno a la Navidad, pues a su vez ellos ganan por la saturación de publicidad incitando a la compra de regalos, para vivir la “satisfacción” de dar y recibir costosos obsequios. Lanzan sus campañas, promociones y ofertas tan atractivas, que no caer en la tentación es casi imposible para quienes se enganchan de esta “felicidad”.

Es curioso ver el comportamiento de la gente en general: en todo el año no hay época en la que no haya una queja generalizada del excesivo costo de la vida, el aumento de la gasolina, el transporte, los alimentos, las colegiaturas de los hijos, los uniformes, la ropa, los servicios básicos, todo ello sumado a los bajos salarios, de manera que no hay oportunidad que no sea aprovechada para poner sobre la mesa las frustraciones en relación a ingresos y gasto.

¿Pero qué pasa en Navidad?, como por arte de magia, esas limitaciones económicas de las cuales nos quejamos durante todo el año, desaparecen al mismo tiempo que se llenan los aparadores con adornos y luces coloridas anunciando la llegada de esta época. Los centros comerciales, calles y mercados se saturan al borde del caos de ansiosos consumidores desesperados por adquirir todo aquello que necesitan para celebrar.

El impulso que genera la mercadotecnia -instrumento favorito del capitalismo- provoca e invita a muchos a endeudarse sin medir las consecuencias; gastar todos sus ahorros y a derrochar en los regalos, la ropa para celebrar, y que no falte lo necesario para tener las mesas llenas de comida y bebida, que generalmente hasta se desperdicia.

La palabra rebajas en esta temporada se vuelve más común que la misma palabra Navidad; los centros comerciales, físicos y virtuales, se envuelven de etiquetas para enganchar a los consumidores a adquirir sus productos a un precio “irresistible” y que en muchos de los casos, son sólo estrategias para hacer creer al comprador que está llevando un artículo a menor precio, cuando en realidad, está pagando el costo real, e incluso hasta más caro.

La motivación principal a gastar en esta época es demostrar el amor y afecto a los seres queridos por medio de regalos, cuando en realidad lo que se está haciendo al caer en el juego y trampa del consumismo es condicionando a que el amor sea percibido a través de objetos, no por detalles o momentos.

Paradójicamente, mientras que esta época para muchos trae una felicidad asociada y condicionada a los regalos, fiestas y comida, para muchas otras personas, su visión de la Navidad está muy alejada de esto, por vivir en una situación extrema, donde muchas veces no aspiran ni siquiera a una cena especial, mucho menos a recibir o dar un regalo. Mientras hay quienes derrochan su dinero gastando en cosas no tan necesarias para celebrar la Navidad, otras sólo quisieran un techo donde vivir o que no les falte alimento.

Desde hace algunos años las celebraciones familiares y tradiciones de otras épocas han ido desapareciendo dando pie al consumismo en su máxima expresión. No se trata tampoco de privarse de un gusto para darlo y repartirlo entre los que menos tienen, de vez en cuando vale la pena hacerlo -y no solo en Navidad- pues en el dar, también podemos encontrar un tipo de felicidad y satisfacción realmente duraderas.

El consumismo en que se ha convertido la celebración de la Navidad nos bombardea con la idea de “Si no compras... No eres feliz”, llegando al punto de que muchas personas limitadas económicamente, se sienten deprimidas, por no poder participar “activamente” de la celebración. Muchos padres de familia se sienten presionados a demostrar su amor a través de costosos regalos, mientras que otros llegan frustrados a sus casas por no poder comprarle un regalo a sus hijos. Hay niños tristes y confundidos que no comprenden por qué el señor del traje rojo sí les regala a algunos niños y a ellos no.

La esencia de la Navidad, se ha ido alejando de celebrar el nacimiento de Jesús en familia; con el paso de los años se ha ido convirtiendo en el momento más importante para el consumismo. Las familias gastan y derrochan hasta lo que no tienen, debido a que se ha arraigado la idea de que para celebrar la Navidad se debe forzosamente ir de compras.

Cada quien decide cómo quiere celebrar, o qué significado le quiere dar a la Navidad, pero independientemente de ello, debemos fomentar entre nuestros seres queridos que el mejor regalo que podemos dar o recibir es el amor y cariño, y que por encima de las limitaciones económicas, lo importante es el estar juntos. No olvidemos que lo mejor de la Navidad está precisamente en lo que no se puede comprar. Regala afecto... ¡No lo compres!

Twitter: @cristobelizondo
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