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Anhelos de realización y cambios

La felicidad de mexicanoLa felicidad de mexicano

Autor:Olga de León / Carlos Alejandro   |    Publicacion:10-06-2018

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¡Viva México!, gritó un catrín, que al fin y al cabo, cualquiera que llegue a presidente después del 2 de julio de 2018: no podrá cambiar mucho.

La espera de Ojitos Tomados


Carlos Alejandro


El linaje de los Calvos era una familia de hombres delgados que gustaba desayunar bagel con queso filadelfia y algo de mermelada. Una opción a la que la tribu tenía acceso desde que un supermercado había sido construido cerca de sus tierras, junto a la carretera. El linaje de los Calvos rapaba a sus niños y niñas desde temprana edad.


Frente a las tierras de los Calvos se encontraban las de los de Colita de Caballo, quienes además se dejaban crecer la barba. Parecían ser más viejos que los Calvos, pero no lo eran. Ambas tribus eran intelectuales que practicaban la lectura de los cielos y la meditación del humo.


Casi en ninguna familia había quien usara anteojos, excepto en una, la del linaje de los de Cabello Chino, a la que pertenecía “Ojitos Tomados”. Era un joven de estatura media, solitario, que disfrutaba de juegos mentales y de escribir poesía en su lengua nativa. Aunque con los problemas de sobrevivencia que venían acrecentándose entre las tribus, cada vez practicaba menos la escritura, pues parecía menos importante, ante las recientes propuestas de reforma por parte de los jefes para permitir la introducción de alumbrado público y electricidad en sus tierras, lo que traería consigo al televisor y el internet. Lo cual, a Ojitos Tomados le ilusionó por la cantidad de poesía que podría encontrar en una computadora.


La tribu de los de Colita de Caballo era muy arremangada de cuello y no tomaban a bien las actividades de Ojitos Tomados. Les parecía que gastaba su tiempo en nimiedades, como el sueño que tenía Ojitos Tomados de un día llegar a tocar algún instrumento musical de la sociedad civilizada, en lugar de los tambores y flautas nativas. Eso lo consideraban una invasión occidental a su cultura.


Ojitos Tomados pensaba en formar una orquesta de cámara en su tribu, quería aprender a leer notas de un pentagrama y volverse Maestro y Director de Música: un puesto que hasta el momento solo estaba reservado para el asistente del Chamán de la tribu. Pero a Ojitos Tomados no le interesaban la magia, ni el ocultismo; solo la música.


Sin embargo, el clan de los de Colita de Caballo, que eran quienes por generaciones habían proveído de Chamanes y de sus asistentes a todas las etnias, se negaba a cambiar la instrumentación musical durante los rituales, tampoco permitiría una separación entre chamanería y música. La tribu de los Calvos, por su parte, más bien le era indiferente lo que Ojitos Tomados soñaba, pues esta tribu estaba abierta a los cambios: eran quienes más inventos de la civilización empleaban dentro de sus costumbres, incluso maquillajes occidentales en sus rituales de matrimonio.


La tribu de los de Cabello Chino solo veía con cierta extrañeza a Ojitos Tomados; pero no se le oponían. Pensaban que las diferencias que provocaba entre las tribus se debían, en parte, a su uso de anteojos.


Un día, Ojitos Tomados fue hasta la carretera que cruzaba cerca de su pueblo y encontró un autobús de pasajeros detenido sobre el carril del acotamiento. Se trataba de una banda de músicos que solía viajar de ciudad en ciudad ofreciendo conciertos. Allí encontró gente que tocaba instrumentos de metal y de madera, así como guitarras y percusiones.


A Ojitos Tomados se le saltaron los ojos cuando los encontró. Su corazón resonó como la piel estirada de un tigre sobre un tambor. Se acercó a saludar. Al director le platicó de sus sueños y le pidió que lo llevara con él; a cambio, él tocaría los silbatos de su tribu y los ritmos fantásticos de su linaje. Al director musical le causó tanta gracia escuchar aquello que le regaló su batuta y le enseñó a contar el tiempo musical con ella.


Ojitos tomados regresó a su tierra y desde entonces, todas las mañanas, ensaya los movimientos de director contando compases de tres y cuatro tiempos, y de vez en cuando vuelve a la carretera para ver si el autobús con músicos, un día regresa por él.

¿Pueblo feliz o esclavo?


Olga de León

Tiempos difíciles siempre han existido. No obstante, frecuentemente vivimos sin plena conciencia de ello. Nos parece natural y lógico amanecer, salir de la cama, asearnos, tomar nuestros primeros alimentos y prepararnos para lo que cada día cumplimos como actos mecánicos o rutinarios, sea ir a trabajar fuera de casa o dentro de ella. Tampoco esto es siempre así, algunas ocasiones, no deseamos levantarnos o lo hacemos sin mucho entusiasmo y pueden pasar más de dos horas, durante las cuales un pie le pide permiso al otro para moverse primero, aunque ninguno quisiera hacerlo.


La tristeza, el desgano, una cierta depresión ha ido invadiendo al mundo, tanto de los jóvenes, como adultos y adultos mayores o definitivamente ancianos. Quizás estos últimos tengan razones para sentir el desánimo, la falta de vitalidad en sus cuerpos, aunque su mente es el motor que los impulsa a seguir buscando la felicidad.


Sí, este es el fin último que todos anhelamos. Y es una aspiración legítima. Incluso, deberían existir cursos sobre qué es y cómo se logra la felicidad, desde la enseñanza primaria hasta en las universidades. De hecho, en algunas ya hace años que el tema de la felicidad es motivo de investigación. En Harvard algunos profesores han realizado experimentos sobre ello con sus alumnos.


Y han encontrado que estar por encima de ciertos estándares es más satisfactorio, aunque lo que gane monetariamente en la actualidad le permita comprar menos que antes. El síndrome de la competencia parece ser importante para ser feliz, más que el mismo dinero o lo que con él se pueda comprar.


Me pregunto, ¿estaremos sobreestimando el concepto? ¿Desde cuándo las personas se preocupan por saber si son o no felices y cómo serlo, en caso de que se consideren infelices? Aunque nací después de la II Guerra Mundial, no haberla vivido no implica necesariamente ser ignorante respecto de lo sucedido. Por eso, pienso que en aquellos tiempos aciagos, la gente no se preocupaba por alcanzar la felicidad, no en la acepción que ahora puede tener para muchos. Seguramente su felicidad fue sobrevivir. Para algunos, amanecer cada día, soportar los sufrimientos infames, o poder dormir algunas horas; en eso podía consistir su felicidad. Para otros, saber que su familia estaba a salvo; o quizás otros serían felices con tener algo qué comer o alimento suficiente (por precario que fuera) para sus hijos.


¿Qué entienden por felicidad los habitantes de países como México? Obviamente dista muchísimo el entendimiento y la vivencia de la felicidad para los que tienen en demasía, de lo que lo es para aquellos que de casi todo carecen. Y, a pesar de esto, no podría asegurar que sean más felices los millonarios, que quienes no tienen más de mil pesos en el banco, una casa de ochenta o cien metros cuadrados y un auto viejo, tan viejo que bien puede ser de veinte años atrás: ¡pero los transporta! Y quienes carecen de todo, viven en la calle y de limosnas: ¿son felices?
Seguro hay quienes dirán: sí; y añadan: “¿de qué se quejan los pobres, si pueden ser felices en la miseria? Mas esta que escribe ni es corta de ideas, ni convencional ni políticamente correcta, para pensar como ellos, solo porque dona lo que no le sirve a los pobres de la iglesia o a asociaciones dedicadas a la caridad.


No, mis estimados lectores, pienso que la felicidad también deberá democratizarse, aunque a algunos les costará entender el concepto. Empecemos por indagar qué pueblos pueden ser realmente democráticos y en consecuencia, felices. No podemos hablar de democracia si las mayorías carecen de instrucción superior y de salarios suficientes para vivir con dignidad, por aquí empecemos.


Así que el que es demasiado pobre o miserable, no conoce la felicidad. No la de un vestido limpio y decente; tres comidas al día; educación para sus hijos y para ellos la continuidad o un oficio técnico, o por qué no, una oportunidad para llegar a la universidad: esto sería ser feliz o, por lo menos, estar en la posibilidad y el camino de llegar a serlo.


Pero, ¿querrán todos que esto suceda?: ¡No! Por supuesto que el “Status Quo” que tenemos es lo que los millonarios y algunos ricos que no poseen más de tres millones en el banco, una casa de diez, y dos o tres autos del año, tampoco ellos quieren que todo el mundo viva mejor. Si eso sucediera, ¿quiénes serían sus sirvientes?


Son los mismos que se atreven a juzgar que: “- si los pobres son fiesteros y parranderos, gozan los placeres de la carne, entonces, son felices”. O bien, que si no tienen dinero es porque son arrastrados, no estudiaron, se llenaron de hijos y el dinero de la semana se lo gastan en alcohol”: así piensan los que no tienen conciencia, pero se creen con derecho divino a ser felices.


¡Viva México!, gritó un catrín, que al fin y al cabo, cualquiera que llegue a presidente después del 2 de julio de 2018: no podrá cambiar mucho. ¡Esta es la cruz del pueblo, cada sexenio!



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