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Explosión-implosión

BrangelinaBrangelina

Autor:Joana Bonet   |    Publicacion:15-04-2018

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Sus acompañantes son sus 6 hijos; el negro, su color oficial.

Brad tuvo una juventud rubia, de mecha californiana y mirada matadora, con un sesgo de cachorro herido y a la vez de habitante de las Grandes Llanuras. Con Jennifer Aniston encarnaron a los novios de la América del nuevo milenio. Chispeantes e inmaduros, juntando sus cabezas doradas que inspirarían tanto a la estética del amor líquido como a los peluqueros de norte y sur. Representaban el éxito y la vida ligera que relucía en sus paseos por Malibú. Y le ponían humor al asunto, ella con sus muecas apayasadas, él con sus guiños y sus cortes de manga.

Después de la serendipia de “Thelma&Louise”, Brad fue elevado a mito erótico, soberbio y canalla, por el público femenino –siempre corto de catálogo–, y luego se propuso demostrar que también podía ser buen actor. Se alistó en las filas de la mirada introspectiva, más serio y barbudo, despeinado y chulo, simbiosis de Brando y James Dean, y, como ellos, artista sin red. Y llegó el rodaje ese thriller tontuno, “El Sr. y la Sra. Smith”. Jolie estaba sola, Pitt casado. Se fascinaron y se fundieron. Se tatuaron. Su carrera –no solo profesional, también la vital– está marcada por dos números de poderosa mística. El 7 –según Pitágoras el número perfecto– y el 12, asociado a la completud y la armonía. Él ha rodado “Seven”, “Simbad. La leyenda de los siete mares” y “Siete años en el Tibet”, así como “Doce monos”, “Ocean's Twelve” y “12 años de esclavitud”, y su relación con Angelina –la más larga de cuantas ha tenido– duró no once, como afirman las crónicas oficiales, sino doce años. Los Brangelina se convirtieron en una gran empresa de Hollywood y en estandartes de la nueva familia interracial y transgénero. Hasta que se les rompió el amor. Y, mientras Brad seguía levantando Nueva Orleans cada vez más desaliñado, con melena y gafas de pasta, Angelina daba discursos en la ONU. El cuento terminó abrupto. Alcohol y porros, malos prontos, rehabilitaciones, silencios, caos familiar y niños mimados. Brad, con el macuto a cuestas, se apoyó en otro paradigma de la masculinidad, George Clooney –que intentó rejuntarlo con Jen– y en la arquitectura (disciplina de la que, entre rodajes y descansos, obtuvo una licenciatura). Desde hace unas semanas se le relaciona con la arquitecta activista Neri Oxman. A los cincuenta anunció Chanel número 5, y le declaró a su amigo Guy Ritchie sentirse “puñeteramente sólido”. Cinco años después, parece haber recogido los pedazos de su espejo roto. En silencio.

“Yo era bastante anti política de joven. Empecé a colaborar en causas relacionadas con los derechos humanos y a reunirme con refugiados y víctimas de conflictos principalmente porque quería aprender. También porque tenía la romántica idea de que para ser una activista humanitaria no hace falta más que calzarse unas botas. Pero llega el momento en que te das cuenta de que eso no es suficiente: tienes que llegar al fondo del problema. Y eso te lleva, la mayoría de las veces, a la política y las leyes”. Habla Angelina Jolie, y se lo cuenta a John Kerry, ex secretario de estado norteamericano, al que impuso como interlocutor para una entrevista con la revista Elle USA. La segunda condición: que no hubiese fotógrafos y asistentes, estilistas ni redactores durante su conversación, centrada en la lucha contra la violencia sobre las mujeres, el medio ambiente y las crisis migratorias. Con Kerry se garantizaba escapar de la frivolidad. Y de su vida sentimental. Porque la leyenda acerca del control de la información respecto a ella no tiene precedentes. Contratos propios de una diosa antes de conceder una entrevista. Filtros de orfebrería. La editora Bonnie Fuller dijo hace diez años que “ella es miedo inteligente”, y señaló su “habilidad increíble, quizás más que cualquier otra estrella, para saber cómo dar forma a una imagen pública”.

El caso es que Jolie ha completado un cambio de piel, pasando en diez años de estrenar cinco películas en una temporada a firmar documentales para Netflix sobre el terror de los Jemeres Rojos en Camboya. Se ha convertido en Embajadora de ACNUR, profesora invitada en la London School of Economics y coautora, con Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, de manifiestos como el publicado en The Guardian. Hoy es más fácil encontrarla en cumbres y viajes oficiales que rodando o sobre la alfombra roja. Hay pocos casos como el suyo. Exótica y torva, bisexual y explosiva, cambió el vestido de sirena por la pashmina. Pasea un aura mística, casi de Santa Angelina. Después de Brad, ha acusado su proceso de beatificación. Sus acompañantes son sus 6 hijos; el negro, su color oficial. En su mirada brilla la melancolía de la experiencia, y sus labios, cada vez más borrados, solo se abren para dar su voz a los invisibles. Parece que se rompe, pero pocas celebridades han podido escapar de su máscara y utilizar su fama para que el agua llegue a un campo de refugiados.



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