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Morir no siempre es definitivo


Autor:Olga de León / Carlos A. Ponzio de León   |    Publicacion:17-11-2019

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Los segundos fueron como caída de plumas de ganso que no llegan al suelo, y las lágrimas rodaron sin parar. La visita no se quedó, solo se asomó

Visita inesperada


Olga de León

La señora llegó sin previo aviso, como casi siempre acostumbra hacerlo. Así hay muchas gentes, que se mueven por el mundo como si fueran dueños del destino del resto. Y se toman libertades.


No estaba completamente sola en casa, su perrita la acompañaba, y eso le daba cierta tranquilidad, quizás poco creíble para cualquiera que nunca ha contado con la compañía de un animalito, al que se le quiere más que como simple mascota.


No, su compañía era como la de un humano, o mejor que muchos que se presumen tales. Un perrito -especialmente de los que viven con sus dueños, en la misma casa- acompaña de un cuarto a otro, o está quieto al lado de quien le da amor, o en el lugar que tiene destinado para descansar y dormir. Los animales suelen ser agradecidos, también aquí he de añadir, más que algunos “humanos”.


Esa tarde, la que allí vivía no sospechó lo que pasaría unas horas después de que pensara que eran demasiados sus quejidos y lamentos por las dolencias que la aquejaban, y tomó el teléfono:


-M, hoy no iré. No soporto el dolor de mi hombro, brazo, mano y dedos del lado derecho. Prefiero tomar los medicamentos, aunque me harán dormir, pero me ayudarán a reposar lo necesario, y descansada ya, mañana repongo mis horas.


-Muy bien, Lic., cuídese. Entonces mañana la vemos.


-Sí, pues es el día que no voy, pero como hoy faltaré, mañana cubro la estancia de las horas que me corresponden. Además, lo de las revisiones y correcciones las llevo adelantadas. Para mayor tranquilidad me comunicaré con B, por si tiene alguna duda y le avisaré que estoy en casa para lo que se ofrezca.


-Muy bien…


-Gracias, hasta mañana.


Apenas colocó el auricular en su lugar, sintió un viento helado que recorría su cuerpo, tanto o más como que el que soplaba fuera de la casa y golpeaba las ventanas. ¡Tres grados centígrados!, se leía en el termómetro de la pantalla en la televisión, que tenía encendida solo como una compañía más y para saber si la temperatura iría subiendo, aunque fuera un poco. Fue por un cobertor de lana que tenía en la recámara, bastante viejito (de los eléctricos que ya no usaba conectado) y regalo de una de sus cuñadas que quería mucho, por eso, a pesar de haberlo encogido lavándolo en agua caliente hacía años, seguía conservándolo.


Ahora era del tamaño perfecto -doblado a la mitad- para cubrir la parte de la “King Size” donde ella dormía. A su esposo le incomodaba, con la sábana y el edredón menos grueso, con eso tenía. Ella, en cambio, aunque encendía la calefacción por algunas horas, requería de mucho calor: la mala circulación, el dolor del ciático, los calambres y otras linduras…


Con el cobertor de lana en mano se encaminó hacia la estancia donde decidió dormir un rato, pues el medicamento la obligaba, sabía que pasado el efecto, despertaría descansada y sin dolores, pero tenía que contar con una hora y media.


Durmió profundamente cincuenta minutos, y se despertó sin dolores, después de las tres y media de la tarde. Una extraña sensación de frío dentro de la casa, superior al de fuera, la invadió; la perrita sobre su camita portátil seguía dormida, hecha un ovillo como si sintiera frío a pesar del calentador que tenía muy cerca.


Un olor a flores diversas que le eran familiares, y cuyos nombres no recordaba, le impusieron cierto temor, sin saber por qué. Los olores, ¿pueden atemorizar?, se preguntó mientras el frío seguía pegado a su piel, al rostro, manos, brazos, pies y le calaba hasta los huesos.


Los cuartos próximos al calentador grande y el del recibidor, en donde había dormido plácidamente, y que lo tenía encendido, saliendo de la puertas corredizas de la sala, y estando ella cubierta con la cobija de lana, eran razón suficiente para que no se sintiera frío. Sin embargo… algo pasaba que hasta en el ambiente se presentía una presencia más allá de toda explicación racional: ¿una visita?


Ese olor… Por fin, supo a qué flores olía. Era el inconfundible perfume de nardos, azucenas, crisantemos: flores de ramos para velorios. Flores para muertos.


Recién tuvo estos pensamientos en mente, sacudió la cabeza, y se puso de pie. Salió de la pequeña estancia y se dijo: -¡qué tonterías! Mejor voy a buscar las sábanas de franela en la parte alta del clóset, para vestir la cama, sin ellas esta noche no podré dormir. Metió la escalera de tijera a la recámara.


Y… de pronto, se vio desde fuera de su propio cuerpo, y se dio lástima. Un cielo intensamente azul, casi negro, cuajado de minúsculas estrellas o lucecitas brillantes, le iluminaba el rostro. Estaba acostada sobre el mármol, de espaldas, y con los cabellos ensangrentados. Un grito de “Nooo” salió de su garganta… le siguió una frase: “No me quiero morir…” y una plegaria mutilada: “No Señor, por favor, aún no…”


Los segundos fueron como caída de plumas de ganso que no llegan al suelo, y las lágrimas rodaron sin parar. La visita no se quedó, solo se asomó.


Don Filiberto y su cuchillo.


Carlos A. Ponzio de León

Don Filiberto tenía un compromiso con su tarea. Contaba con un puesto en una calle que casi hacía esquina con avenida Insurgentes, en la Ciudad de México. Vendía jugos y sus vasos con fruta. Pasaba todo el día atendiendo clientes, y solo en ocasiones era sustituido por su mujer, cuando él debía dar alguna vuelta al banco o realizar algún otro trámite. Él y su mujer tenían dos hijos, de veinticinco y treinta años.


Don Filiberto se concentraba en sus preparativos, cuando le ordenaban un cóctel de frutas, como el tirador del arco de un circo que debe atinarle a la manzana situada encima de la cabeza de su amada. Cortaba con su cuchillo filoso, lo que fuera: una sandía, un melón o un plátano. Se levantaba todos los días a las cinco de la mañana para bañarse, preparar su carrito de frutas y caminar con él quince cuadras hasta su lugar de trabajo, para estar ahí, en su puesto de la calle, puntual a las siete de la mañana, hasta las ocho de la noche.


Su esposa iba al mercado por las mañanas, a comprar la fruta que su marido necesitaría al día siguiente. También llevaba a la escuela a los niños y los recogía, para traerlos de regreso en camión a casa después del mediodía. Luego, a veces, los dejaba solos toda la tarde, mientras ella acudía a algún lugar que nadie sabía, ni qué hacía, ni con quién se veía.


Hasta que una mañana, alguien le dijo a Don Filiberto: “He visto a tu mujer con otro hombre”. Y Don Filiberto sintió que le partían el corazón con su propio cuchillo filoso, como si lo apuñalaran una vez tras otra, hasta llenarle de hoyos el estómago y el pecho y el rostro. Don Filiberto pidió detalles. Para entonces, los rumores ya andaban en boca de todos los amigos: En tal y cual lugar, a tal hora, todos los jueves.


Don Filiberto no tenía las fuerzas para enfrentarlo. No quería sorprender a su mujer in fraganti. Creyó al pie de la letra lo que se le dijo, lo cual era la purita verdad.


Le quemaba el estar vivo, quería sacarse los ojos, enterrarse su cuchillo él solo, beber el veneno más amargo y dejar de existir, dejar de sentir su dolor. No pensaba en sus hijos, ni en su mujer, solo en el dolor puntiagudo que lo atravesaba y no lo dejaba respirar. Nadie quiso tener compasión de él; nadie quería matarlo.


Sin saber qué hacer, pensaba si atravesarse en las vías del tren, o lanzarse de un puente contra los autos; quería algo que le llevara a una muerte rápida que lo salvara del dolor, el cual apretaba hasta asfixiarlo, lo estrangulaba a pesar de que, con su propia mano, deseaba quitarse el yugo, pero para ello, había que dejar de vivir.


Don Filiberto tapó el carrito de sus frutas y lo dejó en la calle. En una bolsa de plástico cargó con el cuchillo y tomó un camión en dirección a Ex-Hacienda. “¿Me puede bajar en Torre Mayor?”, le preguntó al chofer. “Yo voy para allá, le digo dónde es”, escuchó decir a una señora que iba sentada en la primera fila. “Siéntese aquí a mi lado”, continuó ella. “¿Usted es divorciada?”, preguntó Don Filiberto. “Soy viuda”.


Y Don Filiberto se sentó junto a ella, escuchando las historias que su compañera le platicaba. A los treinta minutos, Don Filiberto comenzó a platicar sobre lo que le había sucedido, y cómo pensaba quitarse la vida. “¡No haga eso! Usted y yo hacemos muy bonita pareja”, le dijo Doña Helena. Y Don Filiberto sonrió, como no lo había hecho en muchos años.


Y esa noche, los nuevos amigos cenaron pan y café con leche en un restaurante del centro de la ciudad. Y a partir de ese momento, la vida de Don Filiberto cambió para siempre.



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