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El cuento que me contó mi abuelo


Autor:Olga de León   |    Publicacion:22-09-2019

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“No confundas mi personalidad con mi actitud… Mi personalidad es quien soy, mi actitud depende de quien seas tú.”

Para Lupita Salinas de Domínguez, mi querida prima, mujer extraordinaria y última heredera de la sabiduría de nuestros ancestros, que se ha llevado con ella sus secretos y conocimientos, dejándonos huérfanos de ellos (QEPD).

“No confundas mi personalidad con mi actitud… Mi personalidad es quien soy, mi actitud depende de quien seas tú.” (Tomado de GifsKete El Original en la página de Fb). No estoy muy segura de que sea una frase o pensamiento que me encante, menos que me identifique, pero no puedo negar su fuerza, tampoco cierta agresividad para con el otro y, al mismo tiempo, una cierta verdad implícita que puede acomodarse a distintos momentos en la vida de cualquier ser humano.


Cuántas veces habremos pasado por etapas en las que las ganas de externar nuestros más íntimos sentimientos, a alguien de nuestra confianza, terminan por ahogarse ante la duda de ser mal entendidos, juzgados con demasiada severidad, o sencillamente que se tergiverse aquello que dijimos o quisimos decir, porque también es cierto que no siempre solemos ser absolutamente claros. ¡Muchas!, probablemente; al menos eso es así para quienes somos más sinceros y honestos que diplomáticos, “polite” o hipócritas.


Siempre me sorprende la gente demasiado discreta, artificialmente almidonada y dueña de su silencio, o que eso cree. Desconfío mucho más de la ecuanimidad psicológicamente manejada, que de la agresividad de quien grita, porque si no lo hace, en ello le va la vida propia o la de sus seres más queridos. Pero, no todos pensamos igual. Y eso es maravilloso, el mundo sería aburridísimo si todos actuáramos como robots, o muñecos hechos a escala: “Made in Japan”… Germany… USA…


Y, sin embargo, sigo fiel a mi instinto, la discreción no siempre es señal de buenos sentimientos, pero siempre lo es de mentes sagaces, sean bondadosas, manipuladoras o perversas. He aquí el “Quid” del asunto. Cómo distinguir a unos seres de otros: no lo sé. Si lo supiera no estaría tratando de contagiar a mis lectores con esta duda, planteando situaciones comunes o cuentos de todos los días.


Preámbulo extenso para la ficción que ahora iré creando o dejando salir.


Dice la gente, la más común del mundo, la gente que poco o nada sabe de academia, pero sí mucho por la herencia transmitida de ancianos a maduros y de estos a jóvenes y niños, que: “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Y, no obstante, casi nadie lo tomamos en serio cuando aún no llegamos a la edad en que puede tenérsenos por viejos. ¿Por qué tardamos tanto en aprender?, tampoco lo sé. Es tan pobre mi conocimiento de la vida, a pesar de las millas recorridas… Quizás -pensarán algunos- porque has andado por veredas y caminos cortos, no has cruzado el mundo en trasatlánticos ni volado por todo el universo, ni te has ilustrado a través del horizonte que ofrece una estabilidad y comodidad más que abundante y millonaria, relajada y exuberante. ¿Será? Algo más que no sé, pero tampoco creo que así sea.


Pues bien, he aquí mi cuento para hoy.


Cierto día, cuya fecha me reservo para otra ocasión, tuve un encuentro involuntario, menos aún planeado, con un viejecito que entonces creí haber visto en alguna parte, en más de una ocasión, pues me resultó familiar su presencia. Su vestimenta era sencilla, de manta o percal, sus huaraches de gruesa piel cruda sin tratar, su sombrero era entre el de Van Gogh y algún campesino del noreste de México, por allá de algún rancho del Castillo o San Bartolo, en Cadereyta, Nuevo León y sus ojos azules, tanto o más que el cielo en pleno mayo al final del mes, cuando las lluvias se han ido y la limpidez del horizonte semeja un cuadro no realista ni expresionista, sino de una realidad y al mismo tiempo fantasía increíbles: mejor no puedo describirlo, me faltan las palabras y las imágenes literarias se me escapan ante el deseo de querer ser muy exacta, honesta y real.


Ese día mi alma o mi espíritu, o como se llame lo que nos da aliento, ilusión, alegría o tristeza y desolación, andaba algo decaída, con poco o nulo entusiasmo. Como suele suceder cuando alguien a quien mucho amamos nos manifiesta distancia, separación y hasta ninguneo… ¡y, sin merecerlo!, o eso creemos. Pero la vida, Dios, la naturaleza o el espíritu del universo nunca nos abandona del todo y nos ofrece amor, de quienes menos lo esperamos porque no nos conocen, pero adivinan nuestra tristeza en el cuerpo que trastabilla, en la espalda corva o la mirada cabizbaja y perdida.


El viejecito apareció sentado en un rincón de aquella sala inmensa en la que los pacientes esperaban por los resultados de exámenes químicos o físicos. El anciano de cabellos completamente blancos parecía lejos de todo y de todos. Con nadie hablaba, era dueño de su silencio y de su estilo de vida… o, así me lo pareció ese día. De pronto se levantó de la rústica silla en la que estaba sentado, de madera y con esas características de las sillas de rancho, la única que había en toda la sala. Lentamente, y como flotando ligeramente sobre el piso que parecía no tocaba con sus huaraches, se me acercó y me dijo: “-Nada es lo que parece”. Ten fe hija, todo será como tiene que ser, y no de la forma que tú temes o como los demás piensan que será. La vida es un misterio, sí, pero desentrañable, no tan complicada como la hacen ustedes los humanos que viven en este mundo de oropel y fantasía.


Déjame te cuento una historia que se repite mucho, y a la que no le presta atención la mayoría de la gente. Tu seguramente habrás escuchado algunos refranes y dichos populares muy viejos, desde que eras una niña, lo sé porque te conocí entonces, cuando recién naciste y seguí tu historia muy de cerca hasta los tres años… Después, la vida te alejó, o la muerte nos separó… pero te conozco, mi niña de caireles tostados al sol y sacudidos por el viento y la brisa del mar.


Hasta antes de su última frase nada me había puesto sobre alerta, ni me había causado ningún sentimiento parecido al miedo o el desconcierto… Pero, ahora sí… ¿Cómo supo ese anciano que de niña viví junto al mar, en un puerto?


No me fue posible continuar con el hilo de mi pensamiento, porque me ganó la vivacidad e interés con que inició su relato.


Antes, mucho antes de que el mundo fuera el mundo que conoces, existieron solo los cielos, las estrellas, las nubes, la lluvia, el viento, la luna, el sol y la circunferencia imperfecta de la tierra con sus mares, ríos, montañas, cordilleras, picos muy altos, árboles inmensos con pájaros de todas clases en sus ramas; en la tierra, la arena, los desiertos y regiones tropicales o selváticas, donde abundaban animales de múltiples especies… Pues bien, si tú examinas lo poco que te he enumerado, verás que son seres que se oponen, no solo son diferentes, sino hasta contrarios: humedad en abundancia, aridez extendida a lo ancho y largo, animales pequeños que se salvan de los ataque de los más grandes por sus alas y su ágil vuelo; existía y existen la noche y el día, el frío y el calor; lo enorme y alto como las montañas, y lo pequeño e insignificante dentro de la grandeza del desierto o las playas, que son los granos de arena, sin los cuales su universo no sería, no existirían playas ni desiertos, ni dunas…


…Y, todo se acomodó para que el mundo fuera el mundo habitable que la gente buena, la gente sin complicaciones, la menos ambiciosa y al mismo tiempo la más sabia, disfruta sin necesidad de tener sino de ser: vivir y existir son los requisitos para ser felices, pero algunos lo olvidan y entonces comienzan a luchar por hacer notar que son dueños de su vida y su destino: no es así, nada les pertenece, todo lo tienen en calidad de préstamo.
Pero tú mi niña de caireles castaños y ojos con la melancolía en sus pupilas, eres dueña de un tesoro invaluable: eres madre. Y las madres han venido a este Valle de lágrimas a redimir los pecados del mundo y su vanidad de vanidades.


En ese instante, en el que el anciano mencionó la palabra vanidad, la mujer protagonista de este cuento, entendió el mensaje, la importancia de su ser y su personalidad no estaban en cómo la veían o trataban los demás, sino en su esencia trashumana e intocable: era la madre. Y, una leve sonrisa iluminó su rostro cansado, sus ojeras de desvelo y la hizo enderezar espalda y cuerpo.


Entonces, buscó el rostro del anciano, sus ojos azules y sus blancos cabellos entre la gente… ya no estaba, tampoco la silla de madera, pero un olor a huizache y a leña perduró algunos instantes, antes de que ella saliera también de aquella sala de espera…



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