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Publicacion:08-09-2019

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La literatura no es un tratado moral: Rogelio Guedea 

El recién incorporado a la Academia Mexicana de la Lengua habla de la reedición de la novela que inició su trilogía policiaca, misma que presentó en la Feria Internacional del Libro del IPN, festival de las letras que finaliza mañana.

 

México.— El narrador y ensayista Rogelio Guedea (Colima, 1974) presentó, en la XXXVIII edición de la Feria Internacional del Libro del Instituto Politécnico Nacional —que mañana finaliza sus actividades en el campus Zacatenco—, la reedición de su novela Conducir un tráiler (Fondo de Cultura Económica, 2019) con la cual inició su trilogía constituida por 41 (Mondadori, 2010) y El crimen de los Tepames (Mondadori, 2013), que también serán reeditadas próximamente por el sello del Estado mexicano.

      Para hablar de literatura y de la reedición de su novela el escritor —merecedor en 2009 del Premio Memorial Silverio Cañada de Gijón justamente por Conducir un tráiler— conversa con Notimex.

      —La literatura no juzga, sino describe, expresa, inventa, pero no culpa. Al menos esa impresión produce la lectura de Conducir un tráiler. A once años de distancia, ¿qué lo impulsó a contar la historia, cómo fue su creación y cómo la encuentra hoy?

      —Así es. La literatura expone y, en la exposición, hace todo lo que comentas: interroga pero no interroga, critica pero no critica, resuelve enigmas pero en realidad sólo se los plantea. La literatura no es un tratado moral, pero también mueve la conciencia moral de los lectores. En mis novelas policiacas, en particular en Conducir un tráiler, he querido precisamente exponer ciertos temas que me interesaban, entre ellos el tema de la degradación del tejido social mexicano a causa de la exacerbada corrupción de nuestro sistema político, que ha acabado con nuestro estado de bienestar, si es que alguna vez lo tuvimos. La novela la empecé a gestar durante el tiempo que viví en Nueva Zelanda, a donde llegué en 2005. Yo venía a México cada año y paraba en un pueblito de Nayarit. Mi contacto con ese pueblo rodeado de sembradíos de tabaco hizo aflorar en mí los recuerdos de mi vida en el rancho de mi abuelo paterno, donde yo ordeñaba vacas, pastoreaba chivas, hacía pelear gallos, montaba a caballo. A esto se unieron mis años en el Ministerio Público: duros, en más de un sentido desquiciantes. Y a esto se unió el asesinato de un tío, hermano de mi padre, que trabajaba en el Ministerio Público, lo que fue el detonante de la novela.

      “Empecé a escribir esta novela en Colima y la terminé en Nueva Zelanda. Fue una escritura enfebrecida, me llevaron no más de tres meses concluirla. Ahora que he regresado a ella, luego de once años de publicada, la encuentro todavía fresca, todavía vital, todavía potente. Es mi primera novela y sigo sintiendo la garra que puse en ella al escribirla”.

 

 

Trato indigno

—Al pasar por una iglesia de pueblo, el protagonista se pregunta si ahí hay pedófilos o sátiros. Lo mismo ocurre con la insensibilidad de los médicos ante el dolor ajeno y una serie de violencia, actos machistas, mujeres devaluadas…

      —Durante el tiempo en que trabajé en el Ministerio Público conocí la indiferencia humana, la falta de sensibilidad, la maldad incluso del ser humano y, en especial, del mexicano. Pero también la he visto fuera del Ministerio Público. He sido víctima de una sociedad sin valores en muchos sentidos, con sus grandes excepciones, como siempre. Una sociedad en la que cada vez es más difícil encontrar la solidaridad, la compasión, la generosidad. No digo que no existan, pero sí digo que son virtudes que no parecen permearnos de manera cotidiana, más bien lo contrario. Yo quería reflejar eso e, incluso, la impotencia y la rabia que eso genera en las víctimas que lo sufren. Hay una escena en la novela donde precisamente el personaje está comprando unos boletos y se da cuenta de la indiferencia de la boletera, a la que se imagina que la va arrastrando a golpes por el piso, del coraje que le da su actitud. Yo creo que muchos tenemos ese mismo sentimiento cuando vamos a alguna dependencia de gobierno y recibimos un trato terrible, no el que se merece cualquier ciudadano que paga sus impuestos y que, por lo tanto, tiene el derecho de recibir un trato digno, eficaz y expedito.

      —El Chori, por ejemplo, es un personaje que bien pudiera ser el perfil del mexicano medio que vive el día a día con cierta gracia y a la vez impotencia, escupiendo el cazo donde prepara la barbacoa.

      —¿Existe como tal o es un ser que usted ha creado para inmortalizarlo en la literatura?

      —El Chori es un personaje tomado de la realidad. Lo puse ahí, precisamente, porque quería mostrar eso justamente que acabas de decir: mexicanos que viven al día, sin conciencia del futuro, y tal vez porque saben que todo es tan incierto que pensar en el porvenir es ocioso. Hay muchos mexicanos que viven así, con, por supuesto, las consecuencias que esto tiene.

 

El poder de unos cuantos

—Tal como lo evidencia su novela, la violencia no es un tema de hoy sino de siempre. Los problemas en Conducir un tráiler comienzan por cuestiones de territorio entre machos. Usted también es abogado, ¿cuál es su apreciación del sistema de justicia mexicano?. ¿puede en ese estado la cultura contrarrestar la violencia?

      —El gran problema de la justicia mexicana es que el poder político siempre está por encima del poder de la ley. Esto es, el poder de unos cuantos gobierna sobre el resto. Mientras no demos la vuelta a eso, jamás tendremos un estado justo y, por tanto, la impunidad será nuestro mayor caldo de cultivo. Por otro lado, para mí la educación y la cultura (como una vía para sensibilizarnos más hacia los otros) es la única vía real (y lo he visto en Nueva Zelanda) para salir de esta barbarie en la que vivimos consuetudinariamente. Si no invertimos en eso, todo lo que invirtamos en prevención del delito y en persecución del delito será letra muerta. Puede haber un policía en cada esquina, pero si seguimos con una sociedad infraeducada, como decía Bauman, de nada servirá.

      —En su novela usted plasma la riqueza lingüística de las locaciones y tengo entendido que han traducido su trilogía al francés y al inglés. ¿Qué le han parecido las versiones en esos idiomas?

      —Sí, yo soy un enamorado de los regionalismos, sobre todo de las hablas rurales. En verdad es algo que me apasiona. Debo reconocer que he sido consciente de la dificultad que esto conlleva a la hora de traducir las obras, pero francamente he corrido el riesgo. La versión al inglés, idioma que es el que conozco más, fue magníficamente bien hecha por Peter Broad, mi traductor. Incluso en ocasiones creo que se oye mejor que en español. De los otros idiomas nunca podré tomarle el pulso con precisión. Sin embargo, no es algo que me preocupe. En realidad me interesa seguir explorando ese ámbito de la realidad lingüística mexicana.

      —“… que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,/ pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,/ ligero, siempre ligero”, asoma León Felipe en un libro olvidado en el autobús que lleva a Abel Corona a cumplir ese destino suyo y del que quisiera acallar al poeta por maricón y lengua suelta. Usted es poeta, toca la guitarra, le gustan los boleros, ¿qué le gusta a Rogelio Guedea de Abel Corona y qué le disgusta?

      —Antes de contestar, debo decir que en la novela quise hacerle un homenaje al gran poeta español Léon Felipe, que yo leí con devoción cuando tenía 13 años de edad. De hecho, me aprendí de memoria muchas de sus poesías y gané con ellas concursos de declamación, como con ese bello poema intitulado “Qué lástima”. De Abel Corona cada vez me gusta más todo, en realidad. Porque Abel Corona tiene mucho de mí. Aunque ya no soy el mismo, puedo decir que siento nostalgia por el que fui, y de ese que fui tiene mucho Abel Corona. Al momento no me disgusta nada de él, pero sí me gusta algo que sigo conservando: esa manera apasionada de vivir la vida y esa inocencia que encuentra en todo lo que ve y siente, cosa que siempre pido no perder, porque en eso crepita la poesía.

      —¿Cuál es su concepción de la literatura?

      —Para mí la literatura ha significado un asunto de vida o muerte. Es en serio. La lectura me salvó de tomar caminos que quizá me hubieran llevado a paraderos terribles. La escritura me ha salvado de no perder la cabeza, pues padezco de una dura ansiedad. Escribir y leer, pues, son literalmente mis tablas de salvación.

      —Finalmente, ¿cómo se siente tras haber sido nombrado este año miembro de la Academia Mexicana de la Lengua en Colima?

      —¡Muy feliz! No me lo esperaba, pero la verdad es que es muy estimulante. Quisiera realmente contribuir en ese ámbito también de mi carrera académica, no menos importante en mi vida.



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