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Dos barbas blancas

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Autor:Olga de León / Carlos A. Ponzio de León   |    Publicacion:16-06-2019

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La vida empieza cada mañana y termina cuando decidimos que no somos felices…

Hombres de negocios


Carlos A. Ponzio de León

Calzaba tenis rojo y llevaba pantalones guangos y una barba enorme, cana como su cabello; parecía ermitaño o fundador de una secta religiosa que anunciara el fin del mundo. Le incomodaba que la gente se le quedara viendo: le ponía muy nervioso. Escuchaba hablar a un hombre joven, calvo, que enfatizaba lo que decía con el dedo índice de su mano izquierda. Cualquiera que los observara, sabía que cada uno quería “dar atole con el dedo” al otro.
Cuando caminaban juntos, el viejo apoyaba su mano en el hombro de su sobrino. Salieron del café y su lugar fue ocupado por otros dos sujetos en traje: uno tenía cierto parecido al entrenador de la selección nacional de fútbol, y el otro aparentaba ser un científico social, profesor académico en traje sport claro de lana y camisa de botones, abierta hasta el pecho.


El aparente entrenador, quien llevaba corbata que le colgaba del cuello, sin anudar, de pronto se dirigió al baño. El académico, que se quedó solo, se levantó de su silla pues le dolían las rodillas luego de permanecer cierto tiempo sentado. Se acercó al atril con periódicos y vio la noticia: El FBI buscaba al líder de una secta religiosa que había sido acusado de cometer diversos delitos sexuales.


Y ahí estaba su foto: su imagen era idéntica a la del hombre barbudo que acababa de dejar la mesa cuando ellos la ocuparon. Esperó a su compañero con el periódico en la mano. Aquel volvía despacio, haciendo el nudo de la corbata. El aparente entrenador de fútbol también quedó atónito al ver la noticia: ¿Qué hacía aquel prófugo en México? “Huyendo”, pensó de inmediato”.


Ambos buscaron algún teléfono a dónde marcar para dar información. No encontraron nada, ni un correo electrónico. Pensaron que tal vez llamando al periódico sabrían qué hacer. Ahí les respondieron que se comunicaran con la embajada norteamericana.


Pronto descubrieron que, a través del teléfono, era difícil contactar a alguien que no fuera una máquina contestadora. Entonces decidieron ir a plantarse a una larga fila a la entrada de la embajada, la de quienes esperaban obtener una visa. Luego de dos horas, quedaron frente a la puerta, donde un “Marine” revisaba los papeles de la solicitud de visa.


“No venimos a eso”, le dijeron, “sino que tenemos información sobre un hombre que busca el FBI”, y le mostraron la página del periódico. “Esperen un momento”, les dijo el custodio, y se comunicó por radio con alguien más. “Pasen”, dijo luego de unos momentos, señalando por el pasillo a una mujer que ya los esperaba.


Descendieron por unas escalinatas que llevaron directamente a unos torniquetes. Ahí les pidieron identificaciones y llenaron un formulario con información personal y de trabajo. No sabían qué escribir que no reflejara que eran un par de vagos que vivían de sus rentas y pasaban el tiempo en los cafés. “Hombre de negocios”, escribió cada uno como ocupación.


Luego los pasaron a un cuarto interrogatorio que muy evidentemente era eso, un cuarto para interrogar personas. Frente a dos burócratas en traje y corbata, contaron la historia: que habían visto al líder religioso buscado por el FBI en el sur de la ciuudad, que iba a acompañado por un hombre calvo que tenía cierto parecido físico con él.


La noticia apareció dos semanas después. La leyeron en los periódicos. El viejo aquel había sido arrestado en el aeropuerto de Oaxaca, en un viaje que hacía desde la Ciudad de México. Ya había sido deportado para ser juzgado. Y había una recompensa por encontrar al viejo, que tanto el aparente entrenador como el académico, no tardaron en cobrar.

Albores de felicidad


Olga de León


Desde muy pequeña le enseñaron que la felicidad no llegaba ni gratis ni como efecto de algún milagro; que tenía que buscarla. Así que no fue una casualidad que se volviera una personita sumamente observadora, que se mantenía en estado de alerta, por lo que sea que pudiera pasar y no se diera cuenta de que allí estaba escondida la felicidad.


La primera vez que se sintió real y verdaderamente feliz, fue la Navidad en que bajo el gran pino, encontró el regalo que les había encargado a sus padres, para que a su vez se lo pidieran al señor gordo vestido de rojo y con cinturón de charol negro, y de barbas y cabellos blancos, que aparecía en las tiendas de Brownsville durante las semanas previas al 24 de diciembre. Y, así, la niña de ocho años recibió una hermosa muñeca y una cuna mecedora de mimbre pintado de rosa.


Ya desde entonces se perfilaba su maternal sentimiento, el cual había empezado a desarrollar desde los cinco años, con sus hermanitos menores, a fuerza de ayudar a su madre con los pequeños, incluso, arrullándolos en su cuna después de que hubiesen comido y ya debieran dormir.


La vida en la frontera de Matamoros, Tamaulipas, por aquellos años, era complicada. A los niños, se los educaba desde pequeños para cuidarse de los extraños: no aceptar regalos de nadie y correr a casa y gritar papá o mamá en cuanto creyeran estar en riesgo de que alguien desconocido se les acercara y más aún si pretendía cargarlos o invitarlos a ir a cualquier parte.


No obstante, la niña recordaba muy bien que ella caminaba sola -todos los días- las cuadras que separaban al Colegio Don Bosco de su casa o de la oficina de su padre, a la salida de las clases. Por las mañanas la llevaban, pero el regreso lo hacía por su cuenta.


La felicidad no era privativa de unos cuantos, aunque ella creía que sí se les notaba más a algunos que a otros: ya había desarrollado para los ocho años esa cualidad de ver más allá de las apariencias: en los rostros de las gentes y no en sus ropas o propiedades.


Pero, ella no sabía si era o no feliz, le parecía una especie de fórmula complicada, pues se preocupaba de muchas cosas que los niños de su edad ni se ocupaban ni se ocupan ahora. Cómo ser feliz mientras a su alrededor veía el sufrimiento de la gente que en las esquinas, o a la entrada de la iglesia, estaba pidiendo limosna; o bien, cuando veía a alguien tirado sobre la banqueta con el rostro y las manos y pies (generalmente descalzos) sucios, y los cabellos hirsutos de tantos días sin aseo… ¡cómo!, ¿por qué nos proclamamos felices mientras nuestros semejantes no lo son?


Así, con esas y otras ideas, empezaría la más grande interrogante de su vida: ¿En dónde está dios?, ¿estará tan ocupado que no puede… o no quiere ayudar a esos…? Pasaron los años y la niña fue adolescente y las interrogantes crecieron y permanecieron sin respuesta. ¿Será verdad que venimos al mundo a ser felices, que esa debe ser nuestra única consigna? Yo seré feliz: soy feliz, y tú, ¡hazle como puedas! Hedonismo egoísta, individualismo aberrante.


Luego se volvió joven estudiante de Filosofía, y las preocupaciones tuvieron nombre de teorías que ofrecían distintas respuestas. Mas no halló consuelo ni respuesta en ellas. Lo que encontró fueron puntos de vista diversos que respondían a intereses también diversos. La felicidad no está en los libros por mucho que los amara, ni en las riquezas, ni en el poder ni el dominio sobre los otros o el mundo.


Hasta que un día se enfrentó a su propia adversidad, al dolor ante la muerte, al abandono no por voluntad propia de sus seres queridos, sino por el infortunio de las enfermedades o los accidentes. Tampoco entonces entendió que lo vivido antes de la muerte de sus seres más queridos, hubiese sido la felicidad, y que ahora viviría la infelicidad de la pérdida. No, porque en cada etapa, por dolorosa que fuera, había sido feliz. Y las chispas de felicidad vienen del interior, de la actitud.


La vida empieza cada mañana y termina cuando decidimos que no somos felices… Porque nos falta algo, porque esperamos serlo hasta que “X” o “Y” suceda. O, porque sencillamente ni siquiera sabemos en qué consiste, realmente, ser felices.


No te compares con nadie; no compares tu momento actual con el pasado, tampoco con el que esperas vivir… Vive, sencillamente vive haciendo feliz a alguien más y encontrarás la llave de tu propia felicidad. Quizás entonces, con suerte, estarás cada día ante los albores de la felicidad.


Como la niña que encontró bajo el árbol navideño su regalo. Uno que ya había visto encima del ropero de su madre, mientras esta se peinaba frente al espejo de la puerta central, y fingía no escuchar a la niña, preguntando: “…de quién es esa cunita, mamá”.



« Redacción »
Elizabeth         2019-06-25 21:55:53
Lindo leerlos
Qué buenos relatos ambos!!! Gracias
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